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Opinión | LiterNatura

Quién es el loco

Hay un cúmulo de personas que han decidido remar a contra corriente y dejar de lado el mandato del deber ser

El escritor leonés Julio Llamazares, autor de ‘La lluvia amarilla’.

El escritor leonés Julio Llamazares, autor de ‘La lluvia amarilla’. / José Carlos Cordovilla

No es lo que algo te da, sino, más bien, cuánto tienes que dejar a cambio. No es la soledad del abandonado, sino la decisión del lúcido. En este último tiempo descubrí gente peculiar en este espacio al que casi nadie mira y muchos llaman la España vacía o vaciada, aunque yo prefiera decirle olvidada, porque de ahí, de la falta de memoria, se puede salir. Del vacío es más difícil y, además, es inexacto. En este territorio no hay vacío sino un cúmulo de personas que han decidido remar contra la corriente y dejar de lado el mandato del deber ser. No hay ningún vacío ahí sino todo lo contrario: hay una sustancia tan rica que casi nadie la llega a comprender del todo.

Uno me dijo que vivía solo, ahí arriba, en un pueblito cerca del Teleno en el que no tenía agua caliente, ni siquiera en invierno, y este es un dato importante: las temperaturas bajo cero son frecuentes en esta zona de León. Solo tenía varios perros, de distintas razas, y su gran misión, sentía él, consistía ya en guardar el pueblo, su memoria. No pude evitar que aquel hombre que me hablaba mientras yo tomaba un café en uno de los bares de otro pueblo cercano se me pareciese cada vez más y más al protagonista de aquella primera novela de Julio Llamazares, 'La lluvia amarilla', en la que se retrata al último que allí queda, al que resiste.

'Los últimos. Voces de la Laponia española' también fue el título que eligió Paco Cerdà para referirse a esos habitantes extraños que se negaban a abandonar zonas de pleno desierto demográfico e insistían, muchas veces, en razones de lo más estrafalarias: que aquí no hace falta tanto el dinero, que aquí lo importante es la vida misma. Qué locura decir tales cosas.

Otro vivía en una autocaravana con su pareja y, cuando los invité a venir algún día a mi casa, me respondió que vale, pero que no quería mi habitación de invitados, que él prefería su colchón. Prefería la brisa en la cara cuando le diera la gana, el fuego por la noche a los pies de las ruedas y las placas solares que le otorgaban luz. Que la libertad que tenía, decía, no se negociaba. Que sí, que se iba a trabajar cada mañana de lunes a viernes, pero que la vida pasaba, en realidad, por todo lo que no entregaba, por lo que se quedaba dentro de sus manos y de su pecho. Y no pude rebatirle casi nada.

En este tiempo en el que me crucé con estos locos tan cuerdos cayó en mis manos aquel best seller de la francesa Amélie Nothomb titulado 'Cosmética del enemigo'. En él se perpetra el desdoble entre un hombre común, tal vez, y su propio fantasma, ante la mirada atónita de la sociedad, del grupo de humanos que, acostumbrados a la cordura, se inquietan ante los cabezazos que el protagonista se acaba dando contra un muro.

Me pregunto tanto y tantas veces cuánto tiempo más la sociedad entera seguirá empecinada en destrozarse, en acumularse en espacios angostos e hipercaros en los que no hay espacio de tierra que les pueda dar sustento, ni brisa que les toque la cara, ni tiempo para la música y la poesía, que es lo que realmente nos hace humanos. Lo decía hace poco el antropólogo chino Xiang Biao, que la vida suprema es ser poeta, cantar, ser artista. Lo demás, entonces, es escoria, añado yo. Y sin embargo, nos rebozamos en ella en vez de buscar qué es lo que menos nos roba para poder ser, verdaderamente, aquello que desearíamos. Y dedicar la vida a ello: ganarle la partida al tiempo.