Opinión | CUADERNO DE NOTAS

Escritor
El espíritu es el sistema nervioso
Estoy rodeado de libros por todos lados en esta biblioteca personal que ocupa muros, mesas, sillas, sofás y el suelo de baldosas de barro; la mayoría son viejos o de ocasión

Puesto de libros de segunda mano en el mercado dominical de Sant Antoni, en Barcelona. / Ferran Nadeu / FERRAN NADEU
OCEANOGRAFÍA VOLANDERA. Dentro de la placidez de una tarde de verano, he decidido que solo quiero utilizar pensamientos de arena que llevo en la mano derecha y que arrojo poco a poco de camino a la misma playa. El único artista es el tiempo, que trabaja muy lentamente. Y el traductor es el que debe hacerlo largo para escribir y golpear letras con el fin de inventar la escultura de estos instantes, lejos de toneladas de ruidos atronadores y falsos. Y lo esencial está aquí, muy cercano y extremadamente simple: un tintineo, un aliento, un gusto, casi nada.
¿Por qué evitamos la proximidad? De todas formas, es allí donde se encuentra el más grande, el más rico, este nosotros mismos que no queremos, ignorado por nosotros mismos. Es ahí que la poesía toca el extremo. Cuando las frases son como una corriente de agua y anuncian con dulzura y serenidad el flujo del tiempo que va a contracorriente de la muerte. ¿Te gustaría, lectora fiel, que hubiera empezado así estas digresiones que son un largo comunicado de evasión?
ESCRIBO. Escribo contra la locura, contra el ruido, contra la estupidez, contra el resentimiento, contra la melancolía, contra la desesperación, contra el necrocapitalismo, contra el rechazo, contra el veneno, contra la prohibición, contra el absurdo, contra el aburrimiento, contra el dolor, contra la angustiosa masacre de los inocentes, contra el gemido organizado, contra la culpabilidad impuesta, contra el asesinato de mujeres, contra las humillaciones militantes, contra la propaganda...
CÓMO SI FUERA UNA AUTOFICCIÓN. Te puedo asegurar, lectora de los mil y un sexos del espíritu, que estoy rodeado de libros por todos lados en esta biblioteca personal que ocupa muros, mesas, sillas, sofás y el suelo mismo de baldosas de barro. Pero añadiré un detalle muy esencial, muy importante y muy ligado a esta feria de los libros prodigiosos de todos los linajes. Si pudiera mirar una por una cada una de las obras, cada uno de estos ejemplares librescos, vería que más de la mitad no son libros nuevos, actuales, comprados en las librerías modernas.
No, hay una infinidad de libros viejos, libros antiguos, libros de ocasión, libros descatalogados, libros conseguidos en una búsqueda de toda la vida por librerías de viejo, por subastas, por mercados de libros usados, por almonedistas con mesas de libros en las calles de Palma, de Barcelona, de Madrid, de Nueva York e incluso de Nueva Delhi.
¿Y de dónde sale todo este bosque de árboles de papel? Ante todo, de mamá, de Paulina Amengual Payeras, una maestra de escuela, feminista 'avant la lettre', que quería ser escritora y que me enseñó a leer y a escribir, y que me guió por el paraíso de la biblioteca.
Todo empezó con la poesía. Ella arropaba mis sueños con lecturas de sus clásicos: la traducción al catalán de la 'Odisea' de Carles Riba en un volumen de Editorial Alfa, Miquel Costa i Llobera, Jacint Verdaguer, Joan Alcover, Víctor Català... en unos libros de cubiertas duras y verdes de la Editorial Selecta; Celia Viñas y Blai Bonet en unos libros diminutos de la Editorial Moll, y Teresa de Jesús y Juan de la Cruz en unos libros de la colección Austral.
Esta pequeña selección de libros, todos de viejo, de segunda mano, muestra los gustos de una mujer que había tenido unos maestros de cabeza clara, sabios y republicanos de antes de la guerra, y que tenía un gusto exquisito para comprar libros en los libreros de viejo de Barcelona, Castelló, Menorca, Eivissa, París, Roma y Palma.
Debo decir que desde muy jovencito siempre tuve mucha lectura. Antes de los 10 años, dominaban los tebeos ('El capitán Trueno', 'Hazañas bélicas', 'Roberto Alcázar y Pedrín', 'Sissí') y las novelas negras, del Oeste y de aventuras (Agatha Christie, Marcial Lafuente Estefanía, 'El Zorro', Julio Verne y las deliciosas 'Rondalles mallorquines d’en Jordi des Racó' recopiladas por Antoni Maria Alcover.
Después, en la adolescencia, me aficioné a las novelas fuertes que debía pescar mediante triquiñuelas con las llaves que cerraban las vitrinas con libros que mamá no me dejaba leer. Así leí 'El amante de Lady Chatterley' de D. H. Lawrence publicada por la Editorial Andina de Buenos Aires, que entre sexo y orgasmos fue un hito de mi educación sexual.
También 'Lo que el viento se llevó' de Margaret Mitchell, publicada por la Editorial Aymà de Barcelona, me excitó muchas veces cuando se besaban Escarlata y Rhett. Y 'Bonjour, tristesse' de Françoise Sagan, publicada por Éditions Julliard de París, que también fue una fuente de orgasmos. Novelas como 'El doctor Zhivago', de Borís Pasternak, publicada por Noguer, y 'Aloma' de Mercè Rodoreda me hicieron entrar en la buena literatura por la puerta grande.
Siempre fue un enigma cómo mamá, en plena dictadura, había podido encontrar aquellas ediciones prohibidas, especialmente las catalanas. Y aquí quiero recordar un libro, 'Qüestionari sobre la història de Catalunya', publicado por Francesc Altés en 1919, donde por primera vez en la vida descubrí en la lección 44 un concepto que sería esencial para mí hasta ahora: Països Catalans. El texto se titulaba 'Les institucions dels Països Catalans sota els tres primers reis de la dinastia castellana' y hablaba, además de las dinastías, del poder de la Generalitat y de la organización social en Mallorca y en Valencia. Estos Países Catalanes eran de antes del descubrimiento de América. Quedé convulsionado para siempre. Desde entonces soy un defensor de los Països Catalans, su lengua y su cultura. Y así llego a nuevos libros prohibidos que a los 14 años fueron unos de mis placeres transgresores.
Todo empezó porque mi profesora de Literatura del Colegio Ramon Llull de Manacor, doña Joana, me nombró bibliotecario y tuve la posibilidad de entrar en la pequeña, pero para mí inmensa, biblioteca del centro, donde había muchos libros de época y una parte de infierno de libros, especialmente libros viejos, que también estaban cerrados con cerradura y llave.
Sé que ese infierno fue un motivo de lectura importante. No recuerdo todos los títulos. Solo me ha quedado grabado uno que estaba en la lista del Índice de la Iglesia Católica y que, si lo leías, quedabas excomulgado. Eso me impresionó mucho. Era 'La agonía del cristianismo' de Miguel de Unamuno, de Austral. Sé que me costó mucho tragarme aquellas páginas abstrusas y malas de roer. No entendí nada. Fue una de las grandes decepciones de mi vida. Me confesé porque tenía la conciencia de haber caído en un terrible pecado mortal.
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