CRÍTICA
'La mano que mueve los hilos', de Miyuki Miyabe: el crimen como espectáculo
Esta novela abre la serie 'Puppet Master', donde la autora japonesa aborda la dimensión social del hecho delictivo

La escritora japonesa Miyuki Miyabe, autora de 'La mano que mueve los hilos'. / EP

Una mañana de 1996 (ojo a la errata inicial del libro, que nos sitúa por error en 1966) dos jóvenes que pasean a sus perros por un parque de Tokio encuentran un brazo amputado en un contenedor. En cuanto escuchan la noticia, los Furukawa quieren saber más: su hija Mariko lleva un mes desaparecida y todo apunta a que el miembro pertenece a una mujer joven. Cuando poco después aparece el bolso de la joven en la misma zona, su familia asume que ha sido asesinada y, desesperada, su madre sale corriendo a la calle y es atropellada.
Este es el arranque de 'La mano que mueve los hilos', de Miyuki Miyabe (Tokio, 1960), primera entrega de la serie 'Puppet Master', compuesta por cinco novelas y publicada originalmente en Japón en 2001. Esta ubicación temporal es importante. No tanto por los recursos tecnológicos –casi nadie tiene teléfono móvil y localizar una llamada desde uno de estos dispositivos aún supone un problema–, sino por la sociedad que retrata.
A comienzos de los 2000, Japón vivía un momento de especial intensidad en la cobertura mediática de los sucesos criminales, con una prensa sensacionalista y unos programas televisivos volcados en convertir el crimen en espectáculo. Además, los medios tradicionales empezaban a enfrentarse al cambio de hábitos causado por internet y la pérdida de lectores jóvenes. Miyabe recoge ese clima para explorar el papel de una prensa que terminan formando parte de la propia maquinaria del crimen.
Estructura coral
Una de las claves de la novela es su estructura coral. Por un lado, encontramos a Etsuro Takegami y su equipo de la policía metropolitana de Tokio, encargados del caso. Por otro, a Shigeko Maehata, una periodista 'freelance' que ya seguía la desaparición de Mariko junto con otros casos similares, intentando comprender por qué varias jóvenes abandonaban sus hogares; que una de ellas haya sido asesinada cambia por completo la perspectiva de su reportaje. Completan el mosaico los Furukawa, especialmente el abuelo de Mariko, y Shinichi Tsukada, un joven que perdió a su familia de forma trágica y encontró el brazo.
Miyabe profundiza también en la forma en que la culpa y la responsabilidad pueden extenderse más allá del individuo
Podríamos pensar que este mosaico de voces ralentiza la resolución de la trama. Y, hasta cierto punto, es así. Pero responde a una intención: mostrar diferentes perspectivas del crimen y abrir espacio a la denuncia social que suele acompañar a buena parte de la novela negra nipona. Nada es casual. Desde los cortes publicitarios de la televisión protagonizados por jóvenes sexualizadas hasta la presentación de una joven que se prostituye o la situación familiar de Mariko; cada elemento responde a una reflexión más amplia sobre la sociedad que rodea al crimen.
Miyabe profundiza también en la forma en que la culpa y la responsabilidad pueden extenderse más allá del individuo, convirtiendo el entorno social en parte del problema. Aunque el cierre pierde algo de fuerza respecto a la tensión del resto del libro, la novela plantea una investigación que trasciende la búsqueda de un culpable y combina el suspense con una mirada crítica hacia la sociedad que rodea al crimen. El aviso final de "Sigue en el segundo volumen" nos invita a seguir explorando el universo de 'Puppet Master'.

La mano que mueve los hilos
Miyuki Miyabe
Traducción de Daruma Serveis Lingüístics
Salamandra
384 páginas. 22 euros
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