Opinión | LiterNatura

Escritora
Galleteras
Laura Sanz Corada cuenta la lucha de unas mujeres que levantaron un negocio y vieron también cómo se deshacía

Laura Sanz Corada, autora de 'Galleteras'. / EP
Laura Sanz Corada viene de un lugar inhóspito para el siglo XXI. Un espacio en el que la globalización decidió que un modo de vida tenía que desaparecer. Y lo logró. Tanto que ella, por ejemplo, se fue lejos, muy lejos, y, desde ese ángulo de distancia y aroma de vainilla, se permitió luchar contra el olvido. Y para hacerlo se pertrechó de una escritura nítida y cargada de belleza, que parece tomada por las puntas de los dedos de grandes de la no ficción como Leila Guerriero, encontrando el punto exacto entre la ternura y el pavor. Y así se puso a indagar, a consultar en todas partes y a escuchar una y otra vez el relato de quienes hicieron historia, la historia de su propio origen.
Laura Sanz Corada nació en Aguilar de Campoo en 1993, y, como muchas de las que vimos el sol por primera vez en tierras que hoy son pasto del olvido, se fue para convertirse en escritora, poeta y antropóloga social, en su caso. Ha bebido experiencias en Granada, Montevideo, Friburgo, Nueva Delhi y Buenos Aires, y desde ese atracón de perspectivas diversas torció de nuevo el cuello hacia donde se cortaron cabezas y dijo que tal vez, sí, tal vez esa era la historia que tenía que contar. Y lo hizo.
Y La Caja Books publicó la delicia: 'Galleteras. La otra memoria de la galleta maría', que cuenta, a los 24 años del cierre de la fábrica Fontaneda de Aguilar de Campoo, en Palencia, la identidad y la lucha de las mujeres, sobre todo de las mujeres, que hicieron de aquel negocio lo que fue y cómo, también, tuvieron que ver cómo se deshacía ante sus ojos, cómo, cuando la leche estaba hirviendo, algunos decidieron que las galletas se sumergirían igual hasta su pulverización.
Una herida propia
Su madre, una de las primeras trabajadoras de la fábrica y una de las más importantes sindicalistas que estuvieron peleando contra su cierre, es el hilo conductor de esta historia. Un relato que, como los mejores textos, parte de una herida, la propia, en la que la autora se cuestiona quién es a partir de quiénes fueron las que la precedieron.
Y se pregunta -claro, cómo no nos lo vamos a preguntar, Laura- en qué nos hemos convertido nosotras que venimos de un lugar que muchos denominan 'zonas de sacrificio': se decide lejos, muy lejos, que la vida se apaga y, sin embargo, hay valientes, como tú, como tu madre, que se niegan. Y revolver el olvido es entender las razones de este disturbio y tal vez, también, plantearnos si este progreso global tiene o no algún sentido antes de que otros, como ya lo están haciendo, formulen otras preguntas más rastreras que lleven al odio y no a la construcción de otro futuro posible y mejor en la España olvidada.
"Se ha visto caminar entre los restos de las máquinas. Dice. Se ha visto a sí misma en los escombros. Dice". Y esa es su madre. Una mujer que, como muchas otras, dio su juventud, sus manos y su cuerpo a cambio de un jornal tan temprano que no podía ni siquiera entenderlo, que rompió aguas en la propia fábrica, que se partió en mil pedazos para llegar a todo. Una luchadora que entendió que el problema no era la marca que se iba o venía: el problema era la identidad y el sustento de su pueblo. Era la posibilidad de elegir. Irse o quedarse, pero eligiendo.
"¿Soy una tránsfuga de la industria? ¿Mi madre, una tránsfuga del campo? ¿Y tú, abuelo? ¿También fuiste tránsfuga? ¿De qué escapaste más allá del hambre?". Y esa sombra de duda no es solo de Laura, es de tantas generaciones hijas de las cuerdas que aprietan hasta que ahogan y cuartean la piel bajo el sol del olvido que deslumbra a nuestras tierras de origen.
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