HE VENIDO A HABLAR DE MI LIBRO
Elisabeth Anglarill, escritora: "Los apegos de los lectores están ligados a experiencias que ni imagino"
La autora y periodista barcelonesa explica en 'ABRIL' los entresijos de su nuevo libro, la novela policiaca 'Los malos muertos'
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La escritora barcelonesa Elisabeth Anglarill, autora de 'Los malos muertos'. / EPC
'Los malos muertos' ya no es mío. El libro que escribí durante meses, que corregí mil veces, ya no está en mis manos. Aunque su camino sigue vivo. Un libro se acaba cuando deja de tener lectores, y por fortuna, sigue habiendo interesados en conocer qué pasa cuando la codicia se adueña de un lugar tan prometedor como un yacimiento grecorromano en plena excavación, en un momento en que todo está por descubrir. Anticipo que nada bueno. Hay delitos y hay muertes. Porque es novela negra. Y mediterránea.
También hay una agente local en un pueblo de la Costa Brava que en 2012 se ve abocada a investigar crímenes antiguos y nuevos. Y un comisario francés jubilado que le presta algo de sangre fría para seguir adelante cuando desfallece desbordada por los acontecimientos. Y lo dejo ahí. También hay huecos, historias sugeridas, tramas que podrían ir más allá. Y entonces entra el lector. Se cuela por los intersticios de la novela y se la apropia. Mi desapego obligado es sustituido por apegos ajenos. El libro ya no es mío.
Conexiones sorprendentes
Me intriga con qué se quedan los lectores en una novela con estratos como esta: si se quedan en lo que asoma a la superficie, los crímenes; si empiezan a cavar como los arqueólogos, o si se atreven a llegar a los abismos secretos de una familia que oculta un trauma. Las elecciones de quien sujeta el libro hablan más del lector que de la autora. Los apegos de los lectores se ligan a experiencias que ni imagino. Se crean conexiones sorprendentes. Me fascina ese proceso porque es una fuente de sorpresas.
"Un libro se acaba cuando deja de tener lectores, y por fortuna, sigue habiendo interesados en conocer qué pasa cuando la codicia se adueña de un lugar tan prometedor como un yacimiento"
Cuando una profesora de Historia del Arte leyó en la novela que el tío Constantí recibía en su tienda de anticuarios a Alex Sabell, la protagonista, con un casco de buzo en la cabeza, imaginó de inmediato a Dalí. Como 'performance' de provocación, el artista se presentó de esa guisa en la Exposición Surrealista de Londres en 1936. Yo ni lo sabía. En el otro extremo, un par de personas se han admirado del sistema organizativo de la secretaria de uno de los malos muertos, fruto, sin duda, de un trastorno obsesivo-compulsivo. Otros se enamoran de personajes secundarios que podrían haber protagonizado una novela romántica. No era la idea. O quisieran haber intervenido en la discusión entre prohombres de 1912 sobre a quién pertenece el patrimonio hallado en una viña junto a unas ruinas.
El juego de la literatura
Los clubes de lectura son la materialización de esas asombrosas apropiaciones literarias, de los matices y los intereses no percibidos antes por la autora. Sus miembros llenan los huecos y prolongan historias detenidas. La novela sigue creciendo, deja de ser individual para ser colectiva. Virginia Woolf, que siempre anda revoloteando a mi alrededor, tiene un ensayo, ¿Cómo se debe leer un libro?, que mira al lector, no al escritor, para contarle precisamente ese papel crucial: "Para leer bien un libro, no dicten a su autor, intenten convertirse en él. Sean sus compañeros de trabajo y sus cómplices". Y nos exhorta, como lectores, a ayudar con toda nuestra imaginación. Por las reacciones que recojo, los de 'Los malos muertos' se están empleando a fondo.
Entender ese pacto es aceptar una cita a ciegas. El juego mismo de la literatura. Igual que yo he bebido de otros textos, espero que del mío beban otros, de alguna manera, para seguir el curso de este río de palabras e ideas que no se detiene. Lectores: romped la distancia entre autor y lector y saltad dentro del libro. Y que la novela vuele.

Los malos muertos
Elisabeth Anglarill
Siruela
368 páginas
21,95 euros
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