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Opinión | BREVES INFINITOS

Cuando lo mínimo es inmenso

‘Las pequeñas virtudes’, un libro de Natalia Ginzburg que ya nos valdría viralizar

La escritora Natalia Ginzburg, autora de 'Las pequeñas virtudes', en Roma, en 1989.

La escritora Natalia Ginzburg, autora de 'Las pequeñas virtudes', en Roma, en 1989. / Leemage

En el conjunto de obras de Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-1991), 'Las pequeñas virtudes' (1962), una compilación de ensayos breves donde aborda temas personales, puede no contarse entre los más mencionados, aunque resulta quizás de lo más recomendable para un público amplio. Si algo caracterizó la prosa de la autora italiana fue el tono bajo, la escritura sencilla, la temática de lo familiar y lo doméstico, lo que durante un periodo la ubicó en un lugar de visibilidad 'menor' frente a las grandes novelas históricas, políticas o experimentales.

Sin embargo, su capacidad para capturar la psicología humana en la vida cotidiana, dentro de una prosa tan contundente como visual y sintética, le ha permitido trascender mejor que muchos de sus contemporáneos. Los ensayos reunidos en 'Las pequeñas virtudes' fueron artículos publicados en periódicos y revistas entre 1944 y 1962, de ahí su máxima brevedad. 'Invierno en los Abruzos' es un texto que escribe tras el asesinato de su marido Leone Ginzburg a manos de los nazis en 1943, donde con tristeza dice: "Yo me pregunto si esto nos ocurrió a nosotros, a nosotros que comprábamos las naranjas en la tienda de Girò y nos paseábamos por la nieve".

En 'Los zapatos rotos' usa el calzado como símbolo para contrastar la vida burguesa que llevó con sus padres con la posterior que vivió de casada, como escritora y editora, unida a un intelectual, luego viuda en la posguerra: "Pertenezco a una familia donde todos llevan zapatos fuertes y en buen estado. […]. Cuando vuelvo con mi familia, lanzan gritos de indignación y dolor al ver mis zapatos rotos. Pero yo sé que también se puede vivir con los zapatos rotos". Tras lo cual se pregunta qué pasará con sus hijos: ¿qué zapatos llevarán de mayores?, ¿qué camino elegirán para sus pasos?

Sensibilidad lectora

'El hijo del hombre' es quizás de los más impresionantes, oportunísimo hoy para nuestro mundo alzado en armas. Concentra escenas que atravesó Ginzburg durante los momentos más críticos de la Segunda Guerra Mundial: "Quizás tengamos otra vez una lámpara sobre la mesa, y un jarrón con flores y los retratos de nuestros seres queridos, pero ya no creemos en ninguna de estas cosas, porque una vez tuvimos que abandonarlas de repente o buscarlas entre los escombros". Y acribilla la sensibilidad del lector con esta frase brutal: "No hay paz para el hijo del hombre". Si supiera Ginzburg que seguimos reincidiendo por el mismo horrible camino...

En 'Las pequeñas virtudes' se incluye un semblante de su querido amigo Cesare Pavese, quien se suicidó en 1950 con una sobredosis de barbitúricos. Compañero de Natalia y de su esposo Leone, entre otros intelectuales, compartieron la oficina de la célebre editorial Einaudi. Según este 'Retrato de un amigo', Pavese nunca dejó de ser un adolescente melancólico al que le faltó aprender a vivir fuera de los sueños, de un "modo más elemental y respirable".

'Él y yo' es uno de los puntos más originales del libro. A través de un contrapunto ágil y divertido, Ginzburg va tejiendo una comparación entre las habilidades de su segundo esposo, Gabriele Baldini, y ella misma, que siempre sale opacada. También puede leerse como la postura de una mujer que tiene muy claro cuál es su único interés en el mundo (la literatura) y ni el menor interés en ser como su compañero, ampliamente hábil en otras cosas. Dice: "Yo no habría podido ejercer más que un oficio, solo un oficio: el que he elegido y ejerzo casi desde la niñez".

El dato complejo aparece cuando agrega reflexiones como estas: "yo, sin él, no sirvo para nada"; "Creo que le gusta que en muchos aspectos dependa de él"; "Dice que mi llanto es pura comedia, y tal vez sea cierto". Polémico, sí, merece un análisis profundo porque el texto va a más y puede leerse a la luz de otros incluidos allí, como 'Mi oficio', donde explica que la literatura es su hábitat pero manifiesta un potente síndrome de la impostora, o 'Las relaciones humanas', en el que analiza los efectos de la timidez o la fealdad física, dos rasgos que marcaron su personalidad. Se trata de un libro de una sensibilidad notable, de esos que uno quiere releer cada tanto y subrayar, subrayar.