Opinión | LiterNatura

Escritora
La rueda del año
Las estaciones no se presentan bruscamente, sino con mínimos quiebres que cada día van moldeando etapas

Una de las ilustraciones del libro ‘La rueda del año’. / EP
La otra tarde vino un amigo a visitarme. Comimos una lasaña de berenjena que había quedado congelada en el arcón que sirve como reservorio de lo que la huerta ofrece en verano y que, a partir de otoño, es difícil sostener. Entonces, se congela, o se hacen conservas. Y así, se sabe, el invierno pasará e, incluso, si me apuras, gran parte de la primavera. Porque solo ahora, que empiezan a marcharse las últimas heladas, se atreven a salir lechugas y fresas.
Falta muy poco para volver a comer algo contundente que provenga de ese suelo que hubo que preparar durante los meses más fríos: remover, abonar, acolchar, cavar y dibujar sobre él surcos para plantar o sembrar lo que la ilusión proyecte. Se imaginan calabacines, remolachas, calabazas, habas verdes, pimientos, berzas, tomates y mucho más. Pero para verle la cara al fruto de ese esfuerzo, aún falta. Así que todavía hay tiempo para contemplar las nubes. Y eso fue lo que hicimos.
Después de comer nos sentamos al filo de la huerta, en un tronco que tengo estratégicamente posicionado entre dos robles y que sirve de asiento para dominar todos los surcos de la tierra y, al mismo tiempo, el perfil del Teleno al fondo. Yo fumaba un cigarro y centré la atención en lo despacio que se movían las nubes. Él, dos días después, me mandó un audio y me explicó que había vuelto a ese momento varias veces. A observar las nubes con la perspectiva de quien sabe, en realidad, que está experimentando cambios internos aunque parezca que nada suceda. Que, en realidad, en el fondo de la naturaleza hay siempre un clima de tensión, igual que ocurre con la música de piano. Que aquel cielo azul de mi valle le recordó a un río que miraba hacía dos años, donde solo parecía haber paz, agua fluyendo y, sin embargo, de repente unos patos entraron al enfoque para destruir el rumor manso del agua.
Es cierto, le dije, que quienes estamos en contacto con la naturaleza de forma constante, o casi, acabamos teniendo una percepción más estricta de esos cambios mínimos que se dan sin que haya forma de esquivarlos. Las estaciones se suceden las unas a las otras, y los árboles se despojan para volver a cargarse de verde y ofrecer así cobijo al sol implacable que avanzará en verano. Las modificaciones no se presentan bruscamente, sino con mínimos quiebres que cada día, cada noche, van moldeando una nueva etapa.
En el libro 'La rueda del año', publicado por Errata Naturae, y que llegó a mi casa justo estos días, se recopilan los ciclos y se explica mucho de lo que podemos hacer a través de ellos, siempre y cuando sepamos estar conectados a su lógica. Le decía también a este amigo, días después, que tal vez el momento en el que más nos deslumbra la naturaleza es cuando nos permite contemplar el amanecer o el ocaso. Y, pensaba, a raíz de su reflexión, que quizás es así porque en ese lapso breve sí somos capaces de incorporar los cambios: en cuestión de minutos el horizonte se transforma, las luces modifican todo el espectro del paisaje que, sin embargo, a lo largo del día, apenas nos pareció que cambiaba. Pero sí, ya es otro: igual que lo somos nosotros.
La naturaleza lo demuestra una y otra vez, como una rueda que no frena, como una rueca, de hecho, que nos acerca hacia un final seguro y, sin embargo, cada día nos angustiamos por el perpetuo cambio que no podemos controlar. Sin embargo, podríamos aceptar, como se aceptan las cosechas fracasadas, que los ciclos mueven el mundo, nuestro mundo, y lo harán hasta que un día, sencillamente, nuestros ojos dejen de asomarse al borde de los párpados para percibir la noche. Y los ciclos seguirán, aunque nuestra retina ya no trate de captarlos.
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