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Opinión | DAME UNA NOCHE

Juan Tallón

Juan Tallón

Escritor.

El fin de la posteridad

Me pregunto si alguien escribe con semejante pretensión en la cabeza, la de sobrevivir en la memoria de los demás al paso de los años y las décadas, como los grandes clásicos

El escritor y caricaturista británico Max Beerbohm.

El escritor y caricaturista británico Max Beerbohm. / EP

Se olvida enseguida un libro, y casi igual de rápido a un autor. Ni haber escrito varios libros prolonga su recuerdo un poco más, agónicamente, al estilo de un chicle estirado. No está claro cómo definir hoy la posteridad, pero no parece que consista en la suma de tiempos que cada uno de tus libros te mantuvo en la conversación o el recuerdo de los lectores, la crítica, o eso que se llama academia sin saber ya en qué consiste o quién la forma.

Ya casi nadie maneja, de hecho, conceptos como posteridad o inmortalidad: antes te mueres de vergüenza. Ese tipo de ambición se fue diluyendo hasta volverse una brizna de aire, un palito roto en el bosque, en la medida que la historia de la humanidad se verificó, finalmente, como una historia de la velocidad a la que producimos, consumimos y nos desplazamos haciendo del presente algo muy poco duradero y del pasado una mole inservible.

Me pregunto si alguien escribe con semejante pretensión en la cabeza, la de sobrevivir en la memoria de los demás al paso de los años y las décadas, como los grandes clásicos, y que a la vuelta de un siglo se citen sus libros, se reediten, se digan de ellos que son actuales y que hablan siempre del mundo más allá de un presente puntual. Alguien habrá, porque siempre hay de todo, y tal vez sea aburridísimo que no lo haya.

Más allá, sin embargo, de las ambiciones secretas que uno es capaz de cultivar en su conciencia, ¿qué capacidad tiene el sistema de producción literario –¡el mercado!– para que algo nuevo –¡y bueno!– se mantenga en la conversación y no sea empujado, aplastado y destrozado por algo todavía más nuevo –y a lo mejor menos bueno–, que casi al instante se vuelve viejo porque todos los días irrumpen, como el agua y el barro en las inundaciones, más y más títulos –regulares y malos– que hacen del día a día en las librerías un sálvese quien pueda, que no creo que pueda?

No hay escritor que no aspire a ser la Novedad del Momento. Y quizá lo logre, aunque no sé si consciente de que el Momento consiste en unos minutos, o en un 'reel', después del cual aguarda el olvido. Pasan tantos títulos ante nosotros que no pocas veces no hay tiempo ni para acabar de leer el nombre completo de sus autores: la riada los arrastra. Cómo vas a alcanzar la inmortalidad si, para una parte de la humanidad alcanzaste a ser tan solo Antonio Per…, Ana Mar…, Hugo Rodr…

Se cumple el miedo a no ser nadie que oprimió a Enoch Soames, el protagonista del relato homónimo de Max Beerbohm. Soames es un poeta de tercera, pero pedante. Un día conoce a un tal Beerbohm. Soames intuye su mediocridad, se deprime y siente unas ganas irrefrenables de suicidarse. Beerbohm trata de disuadirlo. En ese momento, aparece un tercer personaje, que se presenta ante ellos como el diablo.

Si Soames le vende su alma, le dará la oportunidad de viajar en el tiempo cien años, hasta la sala del Museo Británico donde Soames acostumbra a trabajar, para que constate si su nombre ha superado la prueba del tiempo. Acepta, quizás porque no hay autor que no fantasea con la idea de ser el mejor, y por que si no escribe con la vocación de serlo solo le cabe esperar. Cuando llega el momento de regresar del futuro, Beerbohm advierte a un hombre de palidez irremontable. Soames no ha encontrado su nombre en ninguna enciclopedia ni en ningún índice de literatura inglesa. Su obra no ha trascendido.

Pero, como digo, ya casi nadie alberga ambición más allá de volverse novedad rutilante durante unos segundos, antes de ser achatado por una novedad mayor, que caerá enseguida ante el empuje de otra, y así sucesivamente, hasta que un día los escritores a lo mejor descubran que son fichitas de dominó puestas en fila, condenadas a volcar