REPORTAJE
'La broma infinita', de David Foster Wallace, la novela de nunca acabar
Cuando se cumplen tres décadas de la publicación de la obra maestra del autor norteamericano, una reedición de la novela y un ensayo celebran aquel hito
David Foster Wallace y otros escritores malditos de cine

El escritor estadounidense David Foster Wallace, autor de 'La broma infinita'. / Ilustración: Laura Monsoriu

Treinta años ya de la publicación en Estados Unidos de ‘La broma infinita’, de David Foster Wallace (también conocido como DFW), una de esas cumbres de la literatura contemporánea que, aunque descansa en los estantes de un millón de librerías -esas son las ventas estimadas-, no se corresponde con su lectura. Tan solo un poco más de un 6% de lectores respecto a esa cifra -según anuncia IA sin precisar la fuente- ha conseguido culminar el reto de acabarla.
Y, sin embargo, pese a todas las dificultades, esa legendaria novela que se ha ganado a pulso la consideración de excesiva e inaccesible, como puedan serlo el ‘Ulises’ de James Joyce, ‘El arco iris de la gravedad’ de Thomas Pynchon o más recientemente ‘La casa de hojas’ de Mark Z. Danielewski, ha acabado situándose en ese espacio central en las letras estadounidenses capaz de irradiar a los jóvenes autores; crear una potente comunidad de fans, los ‘fantod howlings’ (los neuróticos aulladores, expresión inventada por la madre de Wallace), y consolidar un mito, que como suele ocurrir, aumenta su potencia trágicamente a partir de la soga con la que el escritor se ahorcó el 12 de septiembre de 2008, a los 46 años. Una nueva edición de la novela y un pequeño y revelador ensayo sobre ella, ‘El libro infinito’, del crítico literario Antonio Lozano (Debate), dan cuenta de la celebración.

El escritor estadounidense David Foster Wallace, autor de 'La broma infinita'. / Gary Hannabarger
La novela se las trae. Como escribieron en ‘The New York Times’, es “una obra maestra y a la vez un monstruo”. O como sentenció, no sin cierto veneno, la veterana crítica Michiko Kakutani, “un vasto complejo enciclopédico de todo lo que parece haber pasado por la mente de Wallace”. Destripemos el monstruo. Entre sus ingredientes básicos se incluyen sus 1.200 páginas, más de 100 dedicadas a sus casi 400 notas (una de ellas se extiende a lo largo de 11 páginas y en ocasiones presenta notas en el interior de esas notas), una nómina de personajes que supera el centenar, otras tantas líneas narrativas y una serie cambiante de estilos, desde el erudito y científico, hasta el satírico y grotesco, pasando por la ciencia ficción, la filosofía de Wittgenstein, la política y las digresiones obsesivas que jamás dejan que el lector más acomodaticio se relaje.

'La broma infinita'
David Foster Wallace
Traducción de Marcelo Covian
Random House
1.216 páginas. 19,90 euros
De hecho, hasta el momento, no se ha llegado a un consenso, y no hace falta que así sea, de si se trata de una novela humorística (y que, por ejemplo, aparezca el pynchoniano grupo armado independentista quebequés llamado los asesinos de las sillas de ruedas que efectivamente son eso, tipos violentos y discapacitados que se desplazan en sillas de ruedas, apunta en esa dirección) o de una novela profundamente triste, como sostenía su autor aquejado de depresión crónica desde la adolescencia. Para la novelista Laura Fernández, una de esos 'happy few' – las casi 70.000 personas que han leído la novela- abordar ‘La broma infinita’ es leer algo atómico en el sentido más literal de la palabra: “Estás dentro de una serie de átomos que se mueven en todas direcciones, que no puedes controlar y que no ves desde fuera, porque es casi imposible leerla y tener una idea clara de lo que estás leyendo. Estás dentro de la materia en sí. Demasiado cerca”.
La fortaleza de la soledad
Así que responder a la sencilla pero tramposa pregunta de qué demonios va esta novela sea sumamente dificultoso. Lozano recuerda que en los requisitos que le pidieron a Wallace para pedir una beca estaba el resumir el libro en una sola palabra. La palabra elegida por él entonces fue ‘Libertad’. Lozano elegiría quizá otra, ‘soledad’. “Los personajes de Wallace -explica- son gente como él, mentes muy brillantes, pero angustiadas, capaces de dar vueltas infinitas a una misma preocupación o a un mismo tema, como si estuvieran en una prisión. Gente depresiva, reflexiva, cargada de miedos sin posibilidad de que el exterior pueda cambiar su cableado mental. Mentes como aceleradores de partículas que finalmente se sumen en un vacío total, sin conexión humana, algo doloroso porque él precisamente luchaba por escapar de esos bucles mentales”.
No hay que asustarse. ´La broma infinita’ puede ser demoniacamente difícil, pero cuenta historias. No de la forma tradicional, presentación, nudo y desenlace, pero las cuenta. Ese retrato coral situado en unos Estados Unidos hipercapitalistas y distópicos regido por oscuras instancias totalitarias se dispara en todas las direcciones posibles. A través de distintos hilos narrativos, en principio independientes, que acaban entrelazándose, se sigue a la familia Incandenza, madre y tres hijos, que regenta Enfield, una academia de tenis que es también un centro de enseñanza de élite. Hal, el hijo menor y el personaje con más números para ser considerado el protagonista del entramado, es un estudiante brillante, aficionado a la marihuana, con un largo historial de adicciones.

'El libro infinito. Cómo David Foster Wallace asombró al mundo'
Antonio Lozano
Endebate
104 páginas. 12,90 euros
Frente a Enfield se sitúa el otro escenario fundamental, la Ennet House, un centro de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos dirigido por uno de los grandes personajes de la obra, John Gately, exdelincuente y exadicto a los opiáceos que es probablemente el carácter más humano del conjunto. Alrededor de esos dos personajes gravitan otros no menos memorables: Mario, el bondadoso hermano retrasado y deforme de Hal; Lyle, gurú que instruye a los chicos de la escuela tras lamerles el sudor del cuerpo; la misteriosa Madame Psicosis, una mujer que va siempre cubierta con un velo… Todo ello sazonado por la búsqueda por parte de los terroristas de ‘La broma infinita’, que es como se titula la película grabada por el fallecido padre de Hal en un cartucho de entretenimiento, un formato parecido a una cinta de video que puede contemplarse sin fin (un antecedente del scroll en las redes) y cuya visión es tan placentera como un estupefaciente que deja atrapado y sin voluntad de escapar a todo el que la vea y acaba provocando la muerte por inanición.
También puede considerarse una profecía autocumplida. No son pocos los análisis a los que se ha enfrentado la novela, tan cargada de resonancias de todo tipo, pero sin duda una de las lecturas primordiales es la de considerarla una radiografía del capitalismo corporativo y salvaje que aboca a los ciudadanos al aislamiento y las adicciones mientras se les surte y controla a golpe de entretenimientos que los convierten en individuos infantilizados y fácilmente controlables.
No son pocos los análisis a los que se ha enfrentado la novela, tan cargada de resonancias, pero una de las lecturas primordiales es la de considerarla una radiografía del capitalismo corporativo salvaje
En este caso, DFW vio mucho más allá de su horizonte porque en los años previos a 1996, cuando fue publicada la obra, Trump era solo un risible magnate inmobiliario que organizaba concursos de belleza; internet no había dado el paso del ámbito académico al del fenómeno de masas, y las redes sociales todavía tardarían unos años en irrumpir con fuerza. “En ‘La broma infinita’, señala Lozano- Wallace ya vio que íbamos a estar esclavizados por los estímulos que nos provocan los mundos virtuales y alerta contra ellos porque nos van a encerrar en burbujas, aislados del prójimo”.
Posmoderno sí, pero
No hay que engañarse. ‘La broma infinita’ quiere ir mucho más allá de la mera pirotecnia verbal -el autor se inventa no pocas palabras- y formal. “Wallace -precisa Lozano- no se dedica solo a utilizar los recursos de los escritores postmodernos que le permiten ser juguetón y burlón. Al mismo tiempo no olvida al lector y por eso le lanza una cuerda emocional para que pueda empatizar con los personajes, sufrir con ellos o extraer algún tipo de lección moral de su trayectoria”. Que sea fácil o no agarrarse a esa cuerda eso ya es otra historia.
Cuando apareció la novela, la editorial Little Brown and Company, consciente de la patata caliente que tenía entre manos, la lanzó al mercado con una pregunta retadora: ¿Eres suficientemente lector para ‘La broma infinita’? “Si quieres leerla no puedes lanzarte a la piscina de golpe, debes abrir la mente primero”, establece Lozano, que recomienda hacerse con la particular voz de Wallace abordando antes sus reportajes, especialmente, el mordaz ‘Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer’ y algunos de sus cuentos.

Cuaderno de notas de David Foster Wallace / Archivo
El santo, el pecador y el ídolo pop
No en vano, en los últimos años han proliferado los clubs y los foros que pueden acompañar la experiencia lectora de esta novela-monstruo. Laura Fernández aconseja armarse de paciencia, hacerlo a pequeños sorbos y llevar una libreta de notas de lectura de qué se ha leído y cómo se ha hecho. “Es una experiencia para la que se necesitan bastantes horas de vuelo lector. Uno no puede pretender leer ‘La broma infinita’ sin preparación y sin que te explote la cabeza”, dice.
Desde su muerte, inesperada para muchos a pesar de haber lanzado no pocos mensajes encriptados en su literatura dejando pistas aquí y allá, la figura de Wallace ha tenido distintas interpretaciones que van de la santidad al repudio. El discurso que el autor había impartido en la ceremonia de graduación en la Universidad de Keyton en 2005, ‘Esto es agua’, hizo de él un fenómeno viral en internet y le convirtió tres años antes de su muerte en una especie de gurú bondadoso llamando a la empatía y la compasión.

Cameo de David Foster Wallace en la serie 'Los Simpson' / El Periódico
Por el contrario, una década más tarde, y amplificado por el MeToo, su antigua novia, la escritora Mary Karr con la que vivió una relación bastante tormentosa entre sesión y sesión de Alcohólicos Anónimos, denunció episodios de abusos y violencia por los que su biógrafo D. T. Max había pasado de puntillas. “Estas dos posiciones se han acabado diluyendo -afirma Lozano- y su figura se aprecia hoy mucho más a través de sus novelas y, especialmente, de sus reportajes periodísticos, que son los que más han sido imitados”. DFW finalmente se ha convertido en una figura más de la cultura popular con su obligada aparición en ‘Los Simpson’ y menciones en la versión americana de ‘The Office’ que hicieron que John Krasinski comprara los derechos de ‘La broma infinita’ para llevarla al cine. Suerte, John.
En resumen, a treinta años de la publicación de su ‘magnun opus’, DFW es ya uno de los nuestros, pese a que no nos lo pone fácil, o quizá precisamente por eso. Y para refrendarlo no están de más las respuestas que da Rodrigo Fresán -uno de los autores que ha corrido largas distancias por la vía del americano- a la pregunta de por qué ‘La broma infinita’ sigue siendo relevante y por qué despierta todavía tanta fascinación.
DFW se ha convertido en una figura más de la cultura popular con su obligada aparición en ‘Los Simpson’ y menciones en la versión americana de ‘The Office’
“Primero, porque se inscribe de lleno (y llena mucho) en esa tradición leviatánica y blanco-encandilante que es la muy arponeada pero nunca del todo cazada ‘Great American Novel’. Segundo, porque es bromista e infinita y obliga a sus lectores a recordar que era eso de leer. Por último, porque Wallace no solo fue el creador de grandes personajes, sino que, también, fue un gran personaje en sí mismo, que un día decidió, sintiéndose más allá de toda corrección, tacharse y rematar el chiste”.
Retrato oculto del artista difícil
Aunque no se trate de una novela autobiográfica en sentido estricto, si hay en ‘La broma infinita’ mucho material vivido en primera persona a través del cual puede rastrearse a David Foster Wallace, quien dispersó esas vivencias en los distintos personajes, aunque sea Hal Incandenza, quien tenga más puntos para proclamarse alter ego de Wallace en sus años universitarios. Muchos rasgos lo delatan: niño prodigio, obsesiones introspectivas, adicción a la marihuana.
El tenis. DFW no era, al parecer, tan buen jugador de tenis, un deporte que había practicado en su juventud, como solía afirmar en sus entrevistas. La ansiedad competitiva y la exigencia del entrenamiento son claramente características del autor.
La familia. Los padres del autor eran profesores universitarios hipercompetentes y en particular la madre, por quien él sentía una enorme admiración, pero también un gran temor intelectual a no estar a la altura de las aspiraciones maternas. DFW retrata a los Incadenza, trasunto de su propia familia, como geniales pero incapaces de comunicarse afectivamente.
Las adicciones. Además de los porros juveniles, Wallace fue un asiduo al alcohol, las drogas y a su contrapartida, los programas de rehabilitación que tantas páginas ocupan en la novela. Mary Karr advirtió que él había trasladado allí sesiones de Alcohólicos Anónimos sin apenas disfraz. También era capaz de estarse ocho horas diarias frente a la televisión.
La depresión. Todo el libro está atravesado por esa experiencia que le paralizaba e aislaba y a la vez creaba buena parte del estilo solipsista del libro, que utiliza también para retratar a su generación: nunca hubo más acceso y abundancia de información y entretenimiento y nunca nos hemos sentido más solos.
El suicidio. En ‘La broma infinita’ hay dos suicidios efectivos (uno, el del padre de Hal), otros dos intentos y un gran número de potenciales suicidas que viven permanentemente al borde de esa idea. Kate Gompert, uno de sus más intensos personajes, describe esa tentación como estar frente a una ventana abierta en el interior de un edificio en llamas: “No es desear la caída es el terror al fuego”, dice.
- No me vas a volver a humillar': Los motivos por los que Marta Gómez Montero abandonó el plató del 'Malas lenguas Noche' de Jesús Cintora
- Aitana y El Mago Pop adquieren el Teatro Aquitània de Barcelona para 'apoyar la cultura y las artes escénicas
- La película más esperada del año: 'La Odisea' según Christopher Nolan, entre la mitología y el 'blockbuster' de autor
- Muere a los 78 años el actor Sam Neill, el paleontólogo aventurero de ‘Parque Jurásico’
- Jesús Cintora reacciona a la polémica en 'Malas Lenguas Noche' y pide disculpas a Marta Gómez Montero: 'Tiene mi amistad y las puertas del programa abiertas
- El presidente de RTVE anuncia que Marta Gómez volverá hoy a TVE tras la polémica de su salida de 'Malas Lenguas
- El Cruïlla 2026 cierra con 73.000 asistentes, 9.000 menos que en 2025 por el bajón de la jornada inaugural (y juvenil)
- Sam Neill en cinco títulos: el villano de 'Peaky Blinders' que estuvo a punto de ser James Bond