CRÍTICA
'Un día de fiebre', de Rubén Abella: vidas llevadas al límite
El autor expone un mosaico de personajes heridos en una novela que combina dureza y ternura

Rubén Abella / CÓRDOBA
Rubén Abella ha construido una trayectoria narrativa sólida y coherente que lo sitúa entre los narradores españoles más interesantes de su generación. Su literatura posee una virtud cada vez menos frecuente: la capacidad de contar historias en el sentido más pleno del término, de crear personajes reconocibles y conflictos profundamente humanos sin recurrir al artificio. Dueño de una voz propia y de una prosa de ritmo inconfundible, vuelve a demostrarlo en 'Un día de fiebre', una novela intensa y profundamente humana que combina dureza y ternura en el retrato de varias vidas llevadas al límite.
Narrada en primera persona y construida como un entramado de historias que se cruzan y se complementan, 'Un día de fiebre' compone un mosaico coral de personajes heridos. Un bombero atrapado por una ludopatía feroz; una estudiante sometida a una novatada brutal; un juez incapaz de implicarse emocionalmente con nadie; una profesora universitaria cuya vida comienza a resquebrajarse; un hombre marcado para siempre por la muerte de su esposa en los atentados de Atocha… Todos ellos forman parte de una novela esencialmente urbana, ambientada sobre todo en Madrid —aunque aparezcan también ciudades como Burgos— y que recuerda por momentos a grandes relatos colectivos como 'La colmena' o 'Manhattan Transfer'.
Soledad
La ciudad aparece aquí como un espacio de anonimato y desconexión. Los personajes viven rodeados de gente y, sin embargo, profundamente solos. Cada uno parece haber sido desplazado de sí mismo por unas circunstancias que lo han ido deformando lentamente. El bombero que roba un anillo traicionando sus propios principios; el juez que contempla el sufrimiento desde una fría distancia moral; el padre que lleva años asistiendo a un grupo de apoyo sin revelar nunca la verdad que lo atormenta… todos ellos habitan vidas que sienten extrañas. La novela se abre con un terremoto, y ese seísmo funciona como el gran símbolo del relato. La grieta inicial —presente también en la portada— representa las fracturas interiores de todos los personajes. Cada uno experimenta un movimiento sísmico íntimo que altera violentamente su rutina y lo obliga a enfrentarse a aquello que llevaba demasiado tiempo evitando. El bombero recibe simultáneamente el castigo de su adicción y la irrupción inesperada de una nueva realidad familiar; la estudiante del colegio mayor culmina una cadena de abandono emocional a través de una novatada salvaje que precipita su huida; la profesora universitaria descubre cómo una trama de traiciones termina atrapándola también a ella.
Posibilidad de esperanza
En toda la novela late una idea poderosa: la imposibilidad de conocer realmente a los otros. Abella insiste en que todos ocultamos zonas invisibles, espacios secretos que permanecen fuera de la mirada ajena. Vivimos rodeados de desconocidos, incluso cuando creemos conocerlos. Solo un temblor —una pérdida, una catástrofe, una crisis— es capaz de quebrar las máscaras y revelar aquello que permanecía oculto. Aunque la novela se abre desde escenarios de gran dureza emocional, poco a poco emerge en ella una tenue posibilidad de esperanza. Los personajes se doblan bajo el peso de las circunstancias, pero no terminan de quebrarse. Todos luchan, de un modo u otro, por conservar un resto de humanidad.
El bombero sabe que la vida que lleva no es la que desea y que su adicción lo empuja hacia la destrucción, pero todavía queda en él un impulso de resistencia. Algo parecido ocurre con Marcos, el hostelero burgalés que lleva años ocultando la verdad que originó la tragedia de su hija. Y también con Beatriz, la joven novata convertida en víctima de unas veteranas crueles y embrutecidas, convencida de que merece el castigo que recibe.
Frente a ellos aparecen Víctor y Patricia, personajes que han elegido mantenerse al margen del sufrimiento ajeno. Sin embargo, tampoco ellos lograrán escapar al temblor. El pasado y las heridas familiares terminan alcanzándolos igualmente.
Porque en 'Un día de fiebre' nadie permanece intacto. Rubén Abella construye así una novela de gran profundidad intimista, un relato sobre vidas fracturadas y personajes que intentan seguir avanzando aun cuando todo parece derrumbarse. Estamos ante una obra que explora la soledad contemporánea, la dificultad de comunicarse verdaderamente con los otros y la fragilidad del ser humano. Pero también ante una novela que se resiste al nihilismo absoluto y deja abierta, incluso después de la caída, una posibilidad de redención.
'Un día de fiebre'
Autor: Rubén Abella.
Editorial: Menoscuarto. Palencia, 2026.
Fuente: Diario Córdoba
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