REPORTAJE
Los 'no-lugares': el nuevo territorio de la novela negra
El 'noir' contemporáneo ha dejado atrás sus escenarios tradicionales para situar a sus personajes en espacios en los que el arraigo resulta imposible, como demuestran las novelas de Carlos Zanón, Jon Arretxe, Francisco Bescos o Esther García Llovet

Ilustración: Laura Monsoriu. / L. M.

Resulta cada vez más difícil sentir que pertenecemos a un lugar. Las ciudades del siglo XXI están atravesadas por una vigilancia constante. A lo largo de un día cualquiera, nuestra imagen queda fijada en registros que se repiten sin que tengamos del todo claro quién la mira ni para qué. La calle, que durante décadas fue un lugar donde perderse o desaparecer, se ha convertido en un espacio de tránsito.
Tampoco el hogar conserva la solidez que se le suponía. Vivimos en espacios que no terminan de pertenecernos: pisos de alquiler que cambian de precio o de dueño, habitaciones prestadas, estancias que se ocupan con la conciencia de que son provisionales. La pertenencia se ha convertido en un contrato, siempre sujeta a revisión. Se habita un lugar durante un tiempo limitado, el justo para empezar a amarlo, para tener que abandonarlo después.
Ese desplazamiento puede apreciarse también en la narrativa negra contemporánea, que ha ido dejando atrás sus escenarios tradicionales para situar a sus personajes en espacios donde el arraigo resulta, sencillamente, imposible.
Personajes sin un lugar al que volver
El protagonista de ‘Objetos perdidos’, de Carlos Zanón, Alex Gual, se ha ido a vivir a un hotel. No hay en ello nada extraordinario dentro de la novela. Tampoco un lugar al que volver. Para Zanón, "la ficción es siempre espejo de lo contemporáneo. Y hoy es una evidencia nuestra precariedad a todos los niveles. No podemos pagar dónde vivimos ni planificar un futuro, por lo que la falta de arraigo y pertenencia es muestra de esa precariedad. Nada es nuestro por mucho tiempo. La ciudad es una jaula de paredes transparentes. No es refugio ni escondite".
Nada es nuestro por mucho tiempo. La ciudad es una jaula de paredes transparentes. No es refugio ni escondite
En las novelas de la serie de Touré, el detective africano de Jon Arretxe, el desarraigo no es una consecuencia sino el punto de partida. Burkinés y sin papeles, Touré atraviesa ciudades — París, Barcelona, Gran Canaria— sin llegar a asentarse del todo en ninguna. Encadena trabajos y espacios provisionales con la certeza de que en cualquier momento tendrá que abandonarlos. La huida no responde a un conflicto puntual, sino a una forma de vida.
"Esa circunstancia me facilita mucho la construcción y evolución del personaje", explica Arretxe. "Touré no tiene la opción de decidir, es el destino el que le lleva de un lado para otro, convirtiendo su vida en una huida continua, enfrentándole a conflictos de todo tipo que van moldeando y maleando su personalidad". No se trata de perder un lugar, sino de no haberlo tenido nunca. De moverse por espacios que no llegan a fijarse, que no dejan huella, que no ofrecen la posibilidad de permanecer.
Espacios diseñados para no ser habitados
Frente al lugar antropológico, la ciudad moderna ha multiplicado los espacios diseñados para no ser habitados. Lugares de paso que prohíben el arraigo y que funcionan bajo una lógica de flujo constante. Aquí el anonimato es una condición impuesta por la falta de historia y memoria. El individuo queda reducido a su utilidad inmediata —el pasajero, el operario, el cliente— en un presente que no deja huella. Son espacios que están ahí, físicamente presentes, pero que operan como un inmenso paréntesis en nuestra biografía.
En ‘Mantis’, de Francisco Bescós, la acción se sitúa casi por completo en un centro logístico, un espacio cerrado y aislado que los propios personajes terminan por identificar como ‘El Monstruo’. "Cuando visité los centros logísticos que inspiraron la novela, lo vi enseguida: lugares con relaciones humanas complicadas, conflictos de clase y laborales, individuos alineados, aislamiento", explica Bescós. "Son el corazón que bombea la mercancía que consumimos y, como tal, un espacio a la sombra de nuestro modo de vida, aparentemente inmaculado". Esa condición cerrada y claustrofóbica no es casual: "me interesan los espacios inusuales, cerrados y claustrofóbicos, como aquel salón de baile de ‘¿Acaso no disparan a los caballos?’".
Siempre he pensado que hay dos tipos de crímenes: los de tipo pasional, ligados a gente que vive junta en espacios pequeños; y otros que surgen del encuentro, casi por azar
Esther García Llovet ha desplazado en los últimos años el foco de sus novelas hacia espacios poco habituales dentro del género negro. En su ‘Trilogía de los países del Este’ (‘Spanish Beauty’, ‘Los guapos’ y ‘Las jefas’), se sitúa en la costa valenciana para explorar resorts, campings y zonas turísticas. "Me interesa que en los resorts y las zonas turísticas hay mucho flujo de gente extraña. Siempre he pensado que hay dos tipos de crímenes: los de tipo pasional, ligados a gente que vive junta en espacios pequeños; y otros que surgen del encuentro, casi por azar. Y ese azar está muy ligado a los espacios turísticos, precisamente porque hay mucho tránsito". Son lugares atravesados por el tránsito, en los que nada termina de asentarse. La presencia de quienes los ocupan es siempre provisional, casi intercambiable.
El desplazamiento del conflicto
El desplazamiento no afecta solo a los espacios, sino también al centro mismo del relato. En estas novelas, el conflicto ya no se articula tanto en torno a la investigación o al crimen como a las formas de vida que esos espacios imponen. En la serie de Touré, de Jon Arretxe, el desplazamiento del conflicto es explícito: "en la mayoría de las novelas el principal eje no es la trama criminal, sino los marcos conflictivos en los que se ve obligado a moverse y la situación de vulnerabilidad en la que vive el protagonista". Esa vulnerabilidad, añade, "provoca una irresistible empatía" y se convierte en el verdadero motor del relato.
La imposibilidad de retorno atraviesa también las novelas de Carlos Zanón. En ‘Objetos perdidos’, ese no poder volver está marcado por una experiencia de maltrato que hace inviable cualquier regreso. "Nunca se puede volver a casa porque el viaje te cambia", afirma. "El maltrato te destruye de una forma profunda porque hay algo en ti que lo permitió. No puedes reconstruir la inocencia. Hay que cerrar la herida. Hacerla cicatriz". La reconstrucción pasa por asumir la pérdida.
En los espacios que describe Francisco Bescós en sus novelas, esa lógica se concreta en escenarios marcados por su propia temporalidad
En los espacios que describe Francisco Bescós en sus novelas, esa lógica se concreta en escenarios marcados por su propia temporalidad. "En ‘La Ronda’, ese espacio obligatorio de tránsito que es la M-30; en ‘El baile de los penitentes’, un casino que solo se llena durante 48 horas al año; o en ‘Mantis’, un centro logístico donde los empleados quedan atrapados de forma permanente". "No sé si son las infraestructuras del movimiento o los espacios efímeros, de 'usar y tirar', lo que me interesa", señala.
En las novelas de Esther García Llovet, esa lógica se traslada también a los personajes. "Sí, justo es eso", afirma sobre la idea de espacios sin identidad propia. "Yo no sabría escribir sobre algo muy estructurado, con personajes bien estructurados y cerrados. No me interesa. Para mí la elección de los sitios va todo junto: los lugares tienen tanta presencia como los personajes".
El espacio como condición
Si en la literatura es frecuente que los espacios se conviertan en un personaje más, en las novelas que abordan los 'no-lugares' esa ausencia deja de ser fondo narrativo para convertirse en lo que define al personaje. La relación con el entorno precisamente desestabiliza a los personajes. "La identidad ya no es dónde vivimos y cómo es nuestra casa porque no podemos hacerlo del todo nuestro. Nos tatuamos el cuerpo porque es lo único que tendremos siempre con nosotros", asegura. "El cómo habitamos la ciudad es ahora el escenario. Cómo estamos y cómo hacemos para no desordenarnos del todo. El escenario no nos contiene ni define", sostiene el escritor.
En las novelas de Esther García Llovet, esa relación adopta una forma más inestable, más difícil de fijar. Le interesan "la extrañeza y el vacío. Es que está todo como en temporada baja. Y si es temporada alta, como Benidorm, viven fuera del espacio habitual. A mí me interesa todo lo que no está engrasado. El estar en situación de precariedad provoca ese tipo de situaciones más locas".
Para Francisco Bescós, esa imposibilidad de vínculo es estructural. "Son 'no-lugares', ubicaciones ineludibles, pero con las que es imposible establecer una relación emocional", señala. «Son espacios que te recuerdan que has renunciado a tus sueños y que has tenido que conformarte con el segundo plato que te ofrecía la vida". En el caso de Jon Arretxe, esa lógica se vuelve aún más explícita. «El espacio de las novelas de Touré, aunque varíe mucho geográficamente, es siempre precario, marginal, un lumpen en cuyo lodazal chapotean la mayoría de los personajes, un ecosistema degradado en el que la prioridad absoluta es la supervivencia diaria".
Quizá no se trate tanto de una ruptura como de un desplazamiento. La novela negra sigue mirando a la ciudad, pero ya no la entiende como un lugar donde perderse o esconderse, sino como un espacio que no termina de sostener a quienes lo habitan.
- Vuelve Cine Sénior: las personas de 65 años o más podrán ir al cine todos los martes por 2 euros
- Sting vuelve a lo esencial con vigor y elegancia en Les Nits Occident
- La encrucijada del Rock Fest y los festivales de metal
- Los Mossos investigan el robo a la banda de heavy metal Accept tras actuar en Barcelona Rock Fest
- Ya viene la nueva TDT
- La 'Clàssica a la Platja' triunfa pese al calor extremo
- Primeros amores, escapadas y mucho entretenimiento: 10 series perfectas para ver durante este verano
- Mònica Terribas sigue destapando el lado oscuro del Opus Dei, ahora desde la perspectiva masculina