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Opinión | FERIA DEL LIBRO DE MADRID

Carmela García Prieto

Carmela García Prieto

Escritora y editora

Madrid

La quimera que echó raíces en el Retiro

Desde 1933, la Feria del Libro de Madrid ha acompañado a todo un país a aprender a leerse a sí mismo

Ambiente de la 85 Feria del Libro de Madrid.

Ambiente de la 85 Feria del Libro de Madrid. / Eduardo Parra

La historia de la Feria del Libro de Madrid es larga y dura a ratos, pero, sobre todo, felizmente valiente, como todos los proyectos culturales -200 números del suplemento 'ABRIL' son cuatro años de historias semanales de librerías y oficios del libro- que he tenido la suerte de contar. Yo entré así en el mundo de los libros, como azafata de esta cita cultural cuando solo sabía que quería estar rodeada, el máximo tiempo posible, de libros y de gente con la que compartirlos.

Me imagino, con la dosis de apasionada ficción correspondiente, a un señor de Málaga decidiendo montar una gran feria que celebrara la lectura, en un momento en el que en España se leía menos que nunca, por el simple hecho de que casi la mitad de la población estaba aprendiendo a leer.

En 1933, Rafael Giménez Siles (Málaga, 1900-México, 1991), que remaba a favor de la cultura y de la libertad como los sinónimos que debieron ser siempre, decidió sacar los libros y ponerlos a la vista de la gente que paseaba por Recoletos. Convenció a una veintena de editores madrileños de montar unas bonitas casetas a lo largo del paseo, diseñadas por un tipógrafo polaco y por el hijo de un editor que andaba fundando La Barraca con Federico García Lorca. Se colgaron de los árboles carteles con frases de Cicerón y de Plinio, así como unos altavoces por los que los escritores daban charlas diarias de doce del mediodía a dos de la tarde.

Con vistas a América

Resulta que obreros y oficinistas se acercaron al salir de talleres y despachos, y se arremolinaron ante las mesas. Se vendió Sigmund Freud, Pío Baroja, Homero y Elena Fortún. El país estaba empezando a leerse a sí mismo. Me gusta pensar que se hizo -y se hace- para presumir de los libros. Para que quien deambula lejos de los circuitos de la cultura se pare un momento a calcular cuánta pasión es necesaria para levantar esta tremenda quimera.

En la segunda edición, Giménez Siles quiso demostrar que los libros en español eran como una casa con ventanas a ambos lados del Atlántico, así que invitó a todas las delegaciones diplomáticas latinoamericanas. Solo México mandó una editorial y un puñado de títulos, quizá lo justo y suficiente para dejar grabada en el ADN de la feria la promesa de hermanarse con todos aquellos que escriben y leen en nuestro mismo idioma.

La Guerra Civil acabó con muchas cosas, incluida aquella promesa. La cita volvió en 1944, con otro nombre, y con censura. Con el INLE (Instituto Nacional del Libro Español) del régimen organizándola, se mostraba lo que podía mostrarse. Siguió creciendo en Recoletos porque los libros tienen esa cualidad de desbordarlo todo cuando intentan controlarlos hasta que, en 1967, se mudó al Retiro, y ahí encontró -dada la dosis justa de romanticismo- todo lo que necesitaba: un parque entero como escaparate, un paseo largo, complejo y heterogéneo como la historia que trato de contar, algo que recorrer de libro en libro con calma y gusto.

Regreso definitivo

En 1979, el intento fracasado de llevar la feria a la Casa de Campo la devolvió al Retiro para siempre, y, en 1982, el Gremio de Librerías asumió la organización y nuestra feria querida empezó a llamarse como la llamamos ahora, a parecerse a sí misma. Aquellas casetas y altavoces entre los árboles se han convertido en lo que reconocemos ahora. Y la promesa transoceánica de 1934 se ha restaurado: el Pabellón Iberoamericano demuestra que aquella ventana que se abrió en 1934 es toda una fachada; muchas, de hecho, un barrio más que debemos defender. Así se llega de 30 editores madrileños a las 376 casetas que colonizan cada primavera el Retiro.

La Feria del Libro de Madrid es la punta de un iceberg que solo se entiende con el agua que lo rodea. Debajo, estamos todos aquellos que dedicamos nuestra vida a estos oficios, y, si alguien se pregunta por qué, supongo que la mayoría de nosotros sentimos que merece la pena. Igual que la merece brindar por 85 años más, para empezar.