Opinión | COMPLICIDADES
Carlos Marzal
Bibliotecofilia
Cuando veo la foto de un escritor ante su biblioteca, me entretengo en mirar los libros de los anaqueles

José Saramago, en su biblioteca de Tías, abierta al público. / Martínez de Cripán.
Nunca he estado muy seguro de que nuestras filias, nuestros gustos, nuestras inclinaciones no sean una forma leve –o no tan leve– de la enfermedad, y supongo que, a estas alturas de mi vida, ni lo averiguaré ni importa que no lo haga. Al fin y al cabo, todo lo que amamos con pasión se acaba convirtiendo en una manía íntima, porque nuestra vida misma representa una forma de estar en el mundo, conforme a las manías que hemos ido transformando en nuestra personalidad o viceversa: según nuestra personalidad ha ido convirtiendo en manías del temperamento.
El caso es que tengo bibliotecofilia. Podría haber escrito que la sufro, que la padezco, que me resigno a ella. Me gustan las bibliotecas, por el solo hecho de serlo. Me gustan las buenas y las regulares, incluso las malas bibliotecas. Me gustan las abrumadoras y las soportables. Me gustan las especializadas y las que no tienen rumbo fijo. Me gustan las antiguas y las recién creadas. Las ordenadas y las caóticas. Me vuelven loco las bibliotecas.
Cada vez que veo la fotografía de un escritor delante de su biblioteca, me entretengo en mirar con lupa (no es una frase hecha que pretenda sugerir minuciosidad) los libros que figuran en los anaqueles. Mi inclinación hacia las frases rotundas me empuja a decir que las bibliotecas son como los dueños que las han construido, pero me temo que no es verdad.
Nuestras bibliotecas reflejan tan solo una parte de lo que somos, porque uno no tiene nunca la biblioteca que quiere, sino la que puede. En los escrutinios de las bibliotecas ajenas no sé qué quiero descubrir, pero imagino que voy en busca de algo: una hermandad a través de la coincidencia en algún título, un secreto espanto por el asombro ante algún volumen. Soy un chismoso de los libros de los demás.
Si son un espejo del carácter, lo que se refleja en nuestras bibliotecas es solo una de las imágenes posibles que proyectamos sobre el mundo, porque todos somos caleidoscópicos, y porque los espejos tan sólo son capaces de atrapar la figura pasajera que se sitúa delante de ellos. Conozco individuos que viven por encima de sus posibilidades bibliográficas, por así decirlo, e individuos que viven muy por debajo de lo que sugieren los libros que acumulan en los estantes.
Creo que las bibliotecas se parecen más a la vida en general que a los individuos que la viven (salvo excepciones que también forman parte general de la vida): caprichosas, accidentales, anárquicas.
La mía se ha formado por sedimentación de generaciones, por casualidades, por tropiezos sin causa conocida, por elecciones de la voluntad. Como yo, como usted, como todos. Aunque no la entiendo, me encanta mi biblioteca.
- Crítica de 'La memòria de les papallones': la relación entre una niña adoptada, que conserva recuerdos de su reciente pasado, y su nueva madre
- Los 75 años del Premio Planeta, entre el Santo Grial de Javier Sierra y el espejo de Alicia de Eduardo Mendoza
- Mare de Déu, Senyor!
- Epidemias, abuso de drogas y un rodaje recordado como tóxico: el lado oscuro de 'La casa de la pradera
- Lluís Pasqual defiende que la reproducción de la entrevista a Montserrat Caballé con la voz de Judit Martín tenía el permiso de la familia y del Liceu
- Edward Bluemel será el nuevo y joven Hércules Poirot, el relevo de David Suchet
- Liadan Ní Chuinn, la nueva voz sin rostro del trauma de Irlanda de Norte
- Iñaki Antón (Rebrote): “Tocar temas de Extremoduro me remueve muchas cosas”