Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

CRÍTICA

'Herscht 07769', de László Krasznahorkai: ausencia del punto y su lógica

El Nobel convierte la frase interminable en metáfora central de una novela densa dominada por el desvarío hipnótico

László Krasznahorkai, el Nobel de Literatura que pastoreó vacas y fue amigo de Allen Ginsberg

László Krasznahorkai.

László Krasznahorkai. / Pablo García

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Luis M. Alonso

Luis M. Alonso

Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

'Herscht 07769', la penúltima criatura de László Krasznahorkai –última obra traducida del premio Nobel de Literatura, al español–, pertenece a la categoría de novelas que deberían leerse con un tensiómetro a mano, ya que su lectura produce la sensación constante de perseguir una frase que se ha escapado del redil gramatical y ha decidido cruzar sola los Cárpatos, los Balcanes y media Europa sin detenerse jamás a tomar aire. Y a la vez confirma que su autor ocupa un territorio singular dentro de la literatura contemporánea.

Desde hace décadas, el escritor húngaro viene construyendo una obra que se resiste a las convenciones más elementales y que, sin embargo, ha logrado convertirse en una de las propuestas más reconocibles de la narrativa europea actual. Su escritura, siempre torrencial, encuentra en esta novela una nueva radicalización formal con un relato de más de cuatrocientas páginas construido prácticamente sin puntos y sostenido por una sintaxis que parece negarse a conceder descanso al lector.

Pero lo que en otros autores podría interpretarse como un gesto meramente experimental o sencillamente provocador, en Krasznahorkai forma parte de una poética rigurosa, coherente con una visión del mundo en la que la conciencia, la historia y el deterioro moral aparecen como procesos continuos, difíciles de interrumpir.

Visto de otra manera, la supresión del punto en 'Herscht 07769' responde a una lógica. Con su escritura, Krasznahorkai no pretende narrar acontecimientos de manera lineal, sino reproducir una experiencia de percepción. Sus frases extensísimas, cargadas de incisos, desvíos y reiteraciones, imitan el movimiento de una mente que no consigue clausurar lo que observa, una conciencia incapaz de encontrar un límite claro entre lo exterior y lo interior.

El lector no circula aquí a través de capítulos convencionales ni de escenas delimitadas, sino por una corriente verbal que reproduce el modo en que el pensamiento se adhiere obsesivamente a aquello que intenta comprender. Eso sí, está obligado a establecer su propia puntuación para poder darse un respiro de vez en cuando. Por eso, cada cual debe ir colocando sus propios puntos invisibles, como quien pone piedras blancas en un bosque con el fin de no extraviarse en el camino de regreso.

La novela transcurre en una Alemania provincial que parece soñada por Kafka en sus peores pesadillas: un lugar enrarecido donde la amenaza política, la ruina moral y una extraña vibración cósmica conviven con una naturalidad inquietante. Florian Herscht, figura central de este desvarío hipnótico, es uno de esos personajes que Krasznahorkai sabe crear como nadie en su escenario de seres desajustados, medio visionarios, ridículos, profundamente humanos en su desorientación.

No son héroes; son personas a las que la realidad les queda grande. Como otros protagonistas del autor, Herscht es menos un héroe narrativo que una conciencia expuesta. A través de él, la novela explora una Europa periférica marcada por la descomposición espiritual, la amenaza ideológica y una sensación de extrañeza que impregna incluso los gestos más cotidianos. La Alemania que aparece en el libro no es simplemente un plató geográfico, sino un espacio simbólico donde se manifiestan tensiones históricas y morales que exceden lo individual.

Krasznahorkai ha sido siempre un escritor profundamente preocupado por la decadencia. En novelas anteriores, 'Tango satánico' (1985) o 'Melancolía de la resistencia' (1989), sus personajes habitan mundos en proceso de desintegración. En 'Herscht 07769', esa preocupación reaparece bajo una forma renovada. Lo que aquí se despliega no es solo una reflexión sobre la fragilidad política de Europa o la persistencia del extremismo, resume una meditación más amplia sobre la dificultad de encontrar sentido en un presente atravesado por ruinas visibles y otras que no lo son tanto.

Crisis perceptiva

El autor parece sugerir que la crisis contemporánea no es únicamente social o política, sino también perceptiva: una incapacidad para organizar el mundo en una narrativa comprensible. En este contexto, la forma de la novela y su contenido resultan inseparables. La frase interminable no es simplemente el vehículo del relato; es también su metáfora central.

En tiempos de novelas que parecen escritas para no molestar a nadie, Krasznahorkai sigue siendo un autor dispuesto a incomodar incluso a la gramática

La ausencia del punto expresa una imposibilidad de cierre, una suspensión permanente que refleja el estado anímico de sus personajes y, en cierto modo, de la cultura que los contiene. Todo en la novela aparenta avanzar sin llegar nunca a una resolución definitiva. Las ideas se encadenan unas a otras, las observaciones se multiplican y los detalles adquieren una densidad casi obsesiva. La prosa de Krasznahorkai convierte el acto de narrar en una forma de resistencia frente a cualquier simplificación.

Uno de los aspectos notables del libro es que, pese al rigor, jamás se reduce a un ejercicio intelectual. Hay en sus páginas intensidad emocional, una atención minuciosa al desconcierto humano que impide que la novela se convierta en mera demostración estilística. Krasznahorkai conserva la capacidad excepcional de registrar la fragilidad de sus personajes, su soledad, su desconexión respecto del mundo. Incluso cuando la prosa alcanza una densidad casi asfixiante, el lector nota una sensibilidad profunda hacia aquello que en sus personajes permanece irreductiblemente humano.

La traducción al castellano merece, además, una consideración especial. Trasladar a otra lengua una sintaxis tan singular supone un desafío considerable. La prosa de Krasznahorkai depende no solo del significado de las palabras, sino de una música interna muy precisa, de un equilibrio delicado entre repetición y desplazamiento. En una novela donde la puntuación convencional desaparece casi por completo, el trabajo del traductor adquiere una importancia decisiva. No basta con reproducir el contenido; es necesario reconstruir una respiración verbal.

Antes que un texto para ser leído, 'Herscht 07769' es una obra para ser penetrada. Su lectura puede resultar ardua, incluso extenuante, pero deja una huella difícil de ignorar. Al terminarla, el lector no solo se acuerda de una historia o un personaje; recuerda sobre todo haber habitado una voz. O vivido la música de Bach, que habita Florian Herscht.

En tiempos de novelas que parecen escritas para no molestar a nadie, Krasznahorkai sigue siendo un autor dispuesto a incomodar incluso a la gramática. No todos los días un escritor se atreve a convertir un signo de puntuación en una cuestión filosófica. Y, en su caso, no se trata de un capricho posmoderno.

Herscht 07769

László Krasznahorkai

Traducción de Adan Kovacsics

Acantilado 428 páginas, 28 euros