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CRÍTICA DE POESÍA

‘Retratos de familia’, de José Javier Villarreal: vida y literatura (o viceversa)

El autor recrea historias y ensaya aforismos, canciones, epigramas y piezas breves en este poemario

El poeta José Javier Villarreal.

El poeta José Javier Villarreal. / EP

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Juan Carlos Abril

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En el inicio espectacular de 'Retratos de familia', el mexicano José Javier Villarreal (Tecate, Baja California, 1959) nos presenta un extraordinario poema en 13 fragmentos titulado 'La casa' (11-14). Después, las seis secciones del poemario –'Historias de familia', 'Panteón romano', 'Poemas civiles', 'Día de campo', 'Celosía' y 'Las bodas' desarrollan un recuento vital e introspectivo contemplando un presente sostenido e, incluso, apuntando con esperanzas al futuro. Poemas-relato de estirpe narrativa que recrean historias, aunque también ensayan aforismos (toda la sección 'Celosía'), composiciones breves, canciones (88, 126) o epigramas (67, 90). Desembocará en la última sección, canto amoroso de realización y felicidad, epitalamio y 'carpe diem' a la vez.

El concepto de 'familia' se erige como una de las instituciones más zarandeadas por el capitalismo tardío, sujeto a evolución y cambios. De ahí brotan estos retratos, que nacen de la fotografía y en los que vida y literatura se entrelazan inextricablemente, sin que sepamos diferenciar una de otra. Partiendo de la vida y yendo hacia la literatura y a la inversa, Villarreal nos presenta a su familia: Frankenstein (17), Lorca, Alberti, Gorostiza, Martín Códax, Rilke (20), Adrienne Rich o Conrad (22), José Carlos Becerra (25), y muchos otros: «San Diego y mi historia familiar poseen otro color, otro tono / paradójicamente, de mayor intimidad» (27). Repertorio extenso. Entre medias, una relación amorosa marca los puntos de inflexión de esa dialéctica y va cambiando nombres, lugares, rostros y situaciones, formando parte en cualquier caso de la sentimentalidad del poeta.

José Javier Villarreal nos ha regalado un libro deslumbrante de madurez, inteligencia y emoción

La casa se situará como principal escenario donde ocurren los acontecimientos, motor inmóvil desde donde sucede todo, acompañando a la voz verbal desde la infancia hasta la actualidad: «Subiendo los escalones / otra puerta, y otra que no existía, / pero que podías llevar contigo. / Amanecía o anochecía, / pero aún no estabas en la casa / y el teléfono jamás recibió una llamada que fuera para ti» (11). Espacios que nos recordarán a Escher, en la casa se superponen las edades del autor y se mezclan de manera ucrónica, transcurriendo y no transcurriendo, como espejismos o conjeturas, al cerrar una puerta de la infancia y llegar a una habitación de la madurez; al abrir una ventana en la madurez y encontrar un reflejo o recuerdo de la juventud, etcétera.

Perplejidad

«Me incliné bajo las alas del arcángel / y subí por escaleras que nunca bajaron. / No estuve ante el espejo de mi baño, / no me encontré en la ventana que da al jardín» (13). Los objetos seguirán ahí, pero las circunstancias que nos rodean se intercalan de modo que no sabemos diferenciar nuestro pasado de nuestro presente, entendiendo que todo se envuelve en un halo de perplejidad: «Estás girando –me dicen–, / eres la carta, el número, / el azar que no descansa» (ibid.). 'Horas de lectura' (28-31) imbrica a Brodsky, Kundera o José Emilio Pacheco, entre otros, diseñando un cronotopo preciso: «Son muchos los libros que me acompañan / y varias las habitaciones donde me desplazo» (31), para convocar recuerdos en la noche, como fantasmas que se aparecen.

La vida se convierte en un diálogo literario o, al revés, la literatura dialoga con la vida, entre flases o vislumbres del pasado que surgen de pronto en el poemario, como realidades vívidas: 'La espera' (61), 'Edén' (62), 'Ilíada' (63) o 'Hidalgo, 81' (64), que reproducimos aquí íntegro: «Atrás, / entre las ramas del eucalipto, / el portón blanco de madera; / y más allá, del otro lado de la tapia, / la vida que te está esperando». El poeta sabe que «La vida no tiene un ritmo determinado. Es impredecible y puede correr tanto en lo profundo como en la superficie» (94). Va de atrás hacia adelante, evidentemente, directa a los «63 años» (84), y de adelante hacia atrás, con sus figuraciones y fantasías. En definitiva, se trata de un poemario excelente, de rica y dinámica técnica compositiva, que atrapa desde sus primeras páginas. José Javier Villarreal nos ha regalado un libro deslumbrante de madurez, inteligencia y emoción.

Retratos de familia

José Javier Villarreal

Vaso Roto

136 páginas

18 euros