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Opinión | EN PUNTAS DE PIE

Saray Encinoso

Saray Encinoso

Periodista y escritora

Instrucciones para descongelar una idea

La mejor forma es leer lo que, ‘a priori’, no nos interpela

La escritora María Folguera.

La escritora María Folguera. / EP

Las ideas centellean, a menudo como las estrellas, en momentos de oscuridad y sin avisar. Supongo que por eso a los escritores les gustan las libretas de mano: para atraparlas antes de que solo quede una estela de luz que recuerda que existieron, pero no qué forma tuvieron.

María Folguera se pregunta en 'La prisa y la espera' (Siruela, 2026) cómo se apresan esos fogonazos de lucidez y compara la caza de esos instantes con el truco de congelar la verdura en su punto justo de frescura. «Pones agua a hervir, cortas las judías en trocitos, cuando el agua bulle los viertes y les das un susto –los escaldas–, se ponen de color verde intenso y entonces los repescas, les pasas un chorro de agua fría y los guardas en una bolsa. Al congelador. ¿Cuál sería el equivalente en el mundo de la inspiración? ¿Cómo trocear una idea y escaldarla a tiempo para que se mantenga fresca a pesar del aplazamiento?».

Los interrogantes no los lanza al aire, se los plantea a sí misma. La autora ha dejado su trabajo en el Teatro Circo Price para escribir. Ya no mide la vida en semanas o meses; está aprendiendo a renegociar el tiempo. Pero su proyecto estrella, anterior a este ensayo, no encuentra el interés de las editoriales. Y acaba pensando en ese texto de Word casi como en un táper, sin saber si sus palabras pasarán la prueba del tiempo. «Ojalá no la pierda: se descongelará la idea y todavía sabrá cruda si la muerdes; todavía le queda mucho proceso antes de estar lista para servir, un poco correosa quizá pero aún nutritiva. Cocinera que salvaguarda las ideas no reclamadas por los demás. Nada se tira, todo se aprovechará más tarde».

Esa falta de interés ha desembocado en un éxito no previsto: un ensayo en el que aborda los ritmos de la creación y expone cómo la industria cultural condiciona los temas que triunfan. Y quizá ahí esté uno de los problemas del libro que sigue en el cajón. Folguera se pasó años programando en uno de los teatros más conocidos de Madrid y sabe que «uno de los trucos básicos de la escritora conveniente es controlar qué centenarios se celebrarán en los próximos años y pensar en proyectos vinculados a sus autores. En una mesa de reuniones, el dato de un centenario siempre es bienvenido».

Sus reflexiones me llevaron de nuevo a una entrevista de Juan Cruz a Bárbara Blasco, recogida en 'Secreto y pasión de la literatura' (Tusquets, 2025), en la que esta critica la «dictadura del tema»: libros que siguen la moda en cuanto a valores, que pueden coincidir con los suyos, pero que no arriesgan, «que saben que van a encontrar a un público que se pone el libro como si fuera un pin».

Me pregunto cuántas ideas se quedarán en pausa por estar fuera del circuito dominante, y también si la mejor forma de conservarlas sigue siendo, hoy, llevar un cuaderno en el bolso para atraparlas cuando aparece el primer brillo. La literatura ha ganado en miradas y perspectivas. Pero a veces me descubro leyendo ensayo y ficción que gravitan en torno a los mismos asuntos: precariedad, vivienda, amistad. No es extraño, pues la literatura es el reflejo de los asuntos que preocupan a un país. Aunque no sé hasta qué punto vernos en ese espejo condiciona lo que imaginamos.

Quizá, como apuntaba Iris Murdoch y recuerda también Folguera, imaginación y fantasía sean cosas distintas: la primera nos lleva a conocer más allá de las expectativas, desde nuevas perspectivas, mientras que la segunda se limita a preconcebir al otro y amoldarlo a nuestra expectativa inicial, lo ajustamos a lo que ya creemos saber.

Las editoriales deberían empezar a descongelar ideas. Pero también nosotras. Y la mejor forma es leer lo que, 'a priori', no nos interpela.