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CRÍTICA

‘Perros de caza’, de Borja Navarro: la disección de un derrumbe generacional

El autor parte de un crimen real para retratar la asfixia de un territorio y de una generación

El escritor Borja Navarro, autor de 'Perros de caza'.

El escritor Borja Navarro, autor de 'Perros de caza'. / EP

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Marta Marne

Marta Marne

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Podemos caer en la trampa de pensar que una novela inspirada en un crimen real busca únicamente explotar el morbo del suceso. Sin embargo, en 'Perros de caza', Borja Navarro (Valencia, 1994) utiliza el exorcismo de Almansa en 1990 como detonante narrativo y no como un fin en sí mismo. La novela parte de aquel 18 de septiembre en el que una niña de 11 años fue asesinada por su madre y tres vecinas, convencidas de que el demonio habitaba en su cuerpo. Un crimen que terminó con la absolución de las acusadas por enajenación mental y que aquí se convierte en el punto de partida de una España interior espectral, atravesada por una sensación constante de secreto y deterioro. Almansa deja así de funcionar como un simple escenario para convertirse en una atmósfera: un paisaje posindustrial de fábricas de calzado cerradas y promesas de prosperidad que nunca llegaron a cumplirse.

La novela se construye sobre una dualidad de voces que conecta pasado y presente. Por un lado, seguimos la transformación de la Niña –la madre de la víctima en la ficción– en curandera; por otro, el regreso de una joven a la casa familiar tras encadenar varios fracasos vitales. Es en esta segunda línea donde aparece el concepto del 'acogimiento': la presencia de un espíritu que habita el cuerpo de la protagonista y que funciona como una materialización de la depresión. Navarro retrata con precisión el agotamiento emocional de una generación educada bajo la promesa del ascenso social y obligada, años después, a regresar a la habitación de su adolescencia, a esa cama "en la que tan bien dormíamos entonces y tan mal dormimos ahora".

Herida latente

Uno de los elementos más interesantes de la obra es la fascinación constante por la fealdad. A través de personajes como Mostrenco, se plantea una estética donde lo deteriorado y lo deforme poseen una resistencia que la belleza no tiene. Esa idea atraviesa también el paisaje: gasolineras perdidas, edificios de ladrillo visto, descampados y polígonos industriales donde la nostalgia ha dejado de operar. La Mancha de 'Perros de caza' aparece como un espacio erosionado por el abandono y la falta de expectativas.

El autor construye una prosa llena de aristas donde el lenguaje ocupa siempre el primer plano

Formalmente, el autor construye una prosa llena de aristas donde el lenguaje ocupa siempre el primer plano. La puntuación se fragmenta, las frases avanzan por acumulación y las palabras adquieren casi una dimensión física. No busca la comodidad lectora, sino construir una voz capaz de transmitir la sensación de herida latente y de tiempo suspendido que atraviesa toda la novela. Por momentos, algunas reiteraciones y desvíos ralentizan el avance hasta un punto que puede resultar incómodo, aunque esa misma densidad forma parte de la lógica interna de la novela.

'Perros de caza' convierte la crudeza de la España interior en una suerte de leyenda oscura sin caer en la romantización de la ruina. Navarro firma una novela incómoda y ambiciosa, más interesada en explorar las grietas emocionales y sociales de una generación que en reconstruir un crimen real. El resultado es una obra que entiende el terror no como irrupción de lo sobrenatural, sino como algo que ya estaba latente en el paisaje, en las familias y en la memoria colectiva.

Perros de caza

Borja Navarro

Malas Tierras

152 páginas

18,50 euros