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REPORTAJE

Marilyn Monroe, esa adorable letraherida

Tras una imagen frecuentemente asociada a la belleza y la exuberancia, la actriz escondía una profunda pasión por la lectura. Su interés por los libros refleja una personalidad curiosa, crítica y comprometida con el aprendizaje constante. El 1 de junio habría cumplido 100 años

La actriz Marilyn Monroe.

La actriz Marilyn Monroe. / EFE

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Sergi Sánchez

Sergi Sánchez

Barcelona
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Es difícil saber cuántos libros tendría la biblioteca de Marilyn Monroe (Los Ángeles, 1926-1962) si hubiera cumplido cien años el próximo 1 de junio. Cuando murió, tenía 430, 390 de los cuales fueron subastados por Christie’s en 1999. Hablar de cantidades puede resultar tan obsceno y ofensivo como hacerlo de medidas y tamaños si hablamos de cuerpos canónicos, como si la cultura y la inteligencia dependieran solo de un número. Sin embargo, es significativo que la cifra importe, porque desmonta el cliché de la 'bombshell' y/o rubia tonta que utiliza la sexualidad como modo exclusivo de relacionarse con el mundo, bandera que la actriz blandió para desmarcarse de su propia imagen corporativa.

Su genuino interés por la literatura, fruto de una curiosidad tan voluble como insaciable, no solo formaba parte de la consciente reformulación del estereotipo femenino que había programado –la 'sex symbol' que quería ser legitimada culturalmente y convertirse en una actriz seria–, sino, sobre todo, de una manera de refugiarse en su lado más tímido e introspectivo, el de una identidad replegada sobre un espacio que consideraba seguro.

Cuando Norma Jeane Mortenson ya era Marilyn pero aún estaba lejos de ser una estrella, en 1948, su compañera de piso, la actriz Clarice Evans, se quedó impresionada por su avidez lectora. Cuenta Donald Spoto en su biografía de Monroe que, en 1950, en los tiempos de espera del rodaje de 'Eva al desnudo', Joseph L. Mankiewicz la pilló leyendo 'Cartas a un joven poeta', de Rainer Maria Rilke, uno de los libros que más iban a definir sus gustos literarios. El director le preguntó si alguien se lo había recomendado. "De vez en cuando entro en la Pickwick [librería entonces situada en Beverly Hills] y simplemente miro un poco alrededor. Hojeo algunos libros y, cuando leo algo que me interesa, compro el libro. Así que anoche compré este. ¿He hecho mal?".

En esta respuesta había implícita la búsqueda de aprobación de alguien, decía Mankiewicz, que no estaba acostumbrado a que celebraran sus decisiones. Tal vez por ello, en el plano intelectual, fueron tan importantes los mentores como Natasha Lytess, profesora de teatro en Columbia, que la introdujo en el universo de la literatura rusa, empezando por Fiódor Dostoievski y León Tolstói y acabando por Antón Chéjov. También en el de Rilke, del que probablemente, tal y como especula Lois Banner en 'Marilyn: the passion and the paradox', admiraba que aconsejara a los jóvenes escritores explorar en su interior, en un proceso tan apasionado como lo podía ser el acto sexual. Había que tener orgasmos con el alma de uno mismo. Rilke se parecía, en ese sentido, a Konstantín Stanislavski, el gurú del método que Lee y Paula Strasberg, que se convirtieron en inseparables de Marilyn, enseñaban en el Actor’s Studio, que la actriz llegó a considerar su segundo hogar.

Molly Bloom, de pe a pa

Como para discutir con su imagen de chica de calendario, dispuesta sobre una sábana de satén rojo a los lúbricos ojos de los lectores de 'Playboy', Marilyn hizo de su afición a la lectura un contradiscurso publicitario. Así hay que entender la famosa foto que, en 1955, le hizo su amiga Eve Arnold en un parque cercano a su casa de Long Island, mientras leía el 'Ulises' de James Joyce. Salió de manera natural, no fue una pose premeditada, y se erigió en imagen de una actriz que quería contradecir la sexualización que ella misma había contribuido a potenciar.

Marilyn Monroe, leyendo el 'Ulises' de Joyce.

Marilyn Monroe, leyendo el 'Ulises' de Joyce. / EP

Su conexión con la prosa agresivamente modernista de Joyce era auténtica; de hecho, hizo suyo el monólogo de Molly Bloom, que recitaba de corrido como ejercicio de interpretación. No hacía ascos a nada: durante el rodaje de 'Los caballeros las prefieren rubias' (Howard Hawks, 1952), le hablaba durante horas a Jane Russell sobre la obra de Platón, San Pablo y el 'Libro de las revelaciones'.

Su interés omnívoro por la palabra escrita combinaba la filosofía de línea dura con los libros de autoayuda y todos los textos publicados sobre Abraham Lincoln, uno de sus personajes históricos favoritos. Creía en la culpa y el pecado, pero fue la obra de Sigmund Freud la que se convirtió en su religión en un momento, el de la América de la posguerra, en el que el psicoanálisis estaba de moda. Teniendo en cuenta el miedo que tenía de haber heredado la enfermedad mental de su madre –Gladys Pearl Baker pasó por las bañeras heladas y los tratamientos de electrochoque tan típicos como terapia en los manicomios de la época–, su adicción a los textos de Freud servía a una causa mayor, la de no sucumbir a las oscuras neurosis que atravesaban su autoestima como puñales por la espalda.

Retazos de una obra poética

Es cierto que, como decía Truman Capote, Marilyn tenía "el alma de un poeta". Su predilección por los versos de W. B. Yeats, Percy B. Shelley, John Keats y las 'Hojas de hierba' de Walt Whitman era proverbial, así como por las novelas poéticas de Thomas Wolfe, del cual, según le confesó a la periodista Dorothy Kilgallen, había memorizado todos sus libros. En su prólogo al volumen 'Fragmentos' (Seix Barral, 2010), una deliciosa colección de cartas, entradas de diario, fotografías, notas personales de su puño y letra y, por supuesto, poemas, Antonio Tabucchi nos recuerda que los textos de Marilyn constituyen "la búsqueda racional de una intelectual que trata de comprender la realidad que la circunda (qué es este mundo, qué significa) y la 'quête' de una persona que se busca a sí misma en este mundo (quién soy yo aquí, y qué sentido tengo)".

Su predilección por los versos de W. B. Yeats, Percy B. Shelley, John Keats y las 'Hojas de hierba' de Walt Whitman era proverbial, así como por las novelas poéticas de Thomas Wolfe

Por el contrario, Jeffrey Meyers, autor de 'The genius and the goddess. Arthur Miller and Marilyn Monroe', califica sus versos como "las reflexiones de una adolescente sentimental". Norman y Hedda Roster, que habían sido amigos de Miller desde que estudiaron juntos en la universidad de Michigan, organizaban lecturas de poesía en su apartamento de Brooklyn Heights, y estrecharon lazos con Marilyn, también a través de su amor por las rimas. Roster sabía que ella había comprendido "que la poesía conduce directamente al corazón de la experiencia. Conocía el mundo interior y flotante del poema, con sus secretos, fantasmas y sorpresas. Y en algún lugar dentro de sí intuía una verdad primordial: que la poesía está aliada con la muerte".

Miller, ni contigo ni sin ti

"Creo que siempre me ha/aterrorizado profundamente ser realmente la esposa/de alguien/pues sé/ por la vida/que no se puede amar a otra persona,/nunca, realmente". Marilyn escribe esta nota/poema en Surrey, en 1956, mientras está en Inglaterra en el rodaje de 'El príncipe y la corista', en plena batalla campal con su director y coprotagonista, Laurence Olivier. Probablemente la escribe poco después de haberse encontrado con el diario íntimo de su marido, Arthur Miller, abierto de par en par. En sus páginas lee la frustración que le provoca su matrimonio, también la vergüenza. "Creía que me estaba casando con un ángel –confiesa Miller–, pero me he casado con una puta". La lectura, esta vez, la carga el diablo, y Marilyn se desmorona.

Es curioso: ella, que había intensificado sus hábitos literarios para demostrarle a Miller que podía estar a su altura, que se había convertido al judaísmo para integrarse en su mundo, que frecuentó los círculos de escritores de Nueva York para legitimarse intelectualmente, acabó obteniendo su desprecio. Fue la época en que conoció a Dylan Thomas, socializó con Capote, visitó en su casa a la enfermiza Carson McCullers. La tentación había dejado de vivir arriba para mezclarse con la 'intelligentsia' de la época, pero para Miller, poco amigo de los cócteles literarios, nada de esto tenía mucha importancia.

"Creía que me estaba casando con un ángel –confiesa Arthur Miller–, pero me he casado con una puta"

Seguía siendo complicado librarse de la imagen de bomba sexual: cuando, en la rueda de prensa de su productora, cuenta que le gustaría interpretar a la Grushenka de 'Los hermanos Karamazov', los periodistas allí presentes no se la toman en serio. Miller, que la conoció en 1951 en el rodaje de 'Nunca es tarde', de Harmon Jones, junto a Elia Kazan, sabía que "no tenía ni un hueso convencional" en su cuerpo, admiraba su carismática singularidad, pero, con todo, su acusada ciclotimia, su comportamiento maniaco-depresivo, acabó por aniquilar su amor por ella.

El resultado creativo de su relación se mide por dos obras de carácter diametralmente opuesto. Por un lado, Miller escribió para Monroe el papel protagonista de 'Vidas rebeldes' (1961), de John Huston, que se estrena el mismo año en que se divorcian, y que la retrata como una mujer sensible y compasiva, de una desarmante vulnerabilidad, una superviviente en un universo desbordante de testosterona caduca y crepuscular. Por otro, en 'Después de la caída', Miller parece ajustar cuentas con su matrimonio con Marilyn sacando punta a su vena más cruel, en un texto teatral que, dos años después de la muerte de la que fue su esposa, la dibuja como una mujer con una desesperada necesidad de afecto, extremadamente insegura y de una fragilidad absolutamente destructiva.

Sumadas, la Roslyn de 'Vidas rebeldes' y la Maggie de 'Después de la caída' parecen completar el fotogénico primer plano de una heroína literaria, marcada a fuego por la tragedia, que apenas había podido sobrevivir a su propio mito.