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ENTREVISTA

Flavia Company: "Escribo para cambiar el mundo"

La autora recibe al suplemento 'ABRIL' en su casa de Alcanar (Tarragona) para hacer balance de su trayectoria vital y literaria

La escritora Flavia Company, fotografiada en su casa de Alcanar Platja (Tarragona).

La escritora Flavia Company, fotografiada en su casa de Alcanar Platja (Tarragona). / Pau Gracià

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Inés Martín Rodrigo

Inés Martín Rodrigo

Alcanar (Tarragona)
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Hace 37 años, Flavia Company (Buenos Aires, 1963) nació por segunda vez. Lo hizo en el delta del Ebro, un lugar en el que volvió a sentirse en casa, sensación que no experimentaba desde su infancia en Argentina. Ese gozo, la felicidad de ser de nuevo la niña que perdió su hogar por culpa de la emigración, el terrible exilio, la llevó a tomar una decisión, motivada también por la orfandad, pues acababa de perder a su madre, que ahora agradece, la de quedarse allí.

Lo dice en el patio de la casa que entonces compró, hoy repleta de recuerdos, de literatura (cuatro mil títulos en una biblioteca repartida por la escalera y las habitaciones, los cuadernos en los que escribe, sus plumas), de música (el piano que la acompaña desde los 12 años, un saxofón que está aprendiendo a tocar para incorporarse a la banda), de vida, mucha vida. La misma que desprenden sus ojos, que tanto han visto.

De su vuelta al mundo, que duró cuatro años, se trajo un nuevo significado para volver, un verbo que llevaba demasiado tiempo conjugando mal. Ahora, volver es para ella donde quiera que su deseo de crear la lleve, motivación última y primigenia, pues el arte, como la vida, es paradoja y contradicción.

Esa hospitalidad que lleva consigo la traslada a quienes a su casa invita, los acoge desde su cuidado por el lenguaje, las palabras que elige con delicadeza y contención, igual que en su obra, en la que el yo es un nosotros, reflejo de la bonhomía de Flavia Company.

¿Cómo acabó aquí, en este lugar?

Vine un fin de semana, vi el delta del Ebro y me sentí como en casa, porque no hay nada que tape el horizonte, me gustó mucho eso de que el horizonte fuera redondo, como lo recordaba yo de mi infancia. Eso por un lado y, por el otro, porque no quería vivir en una ciudad, desde los 15 años lo decía. Vine un viernes por la mañana y me quedé, compré esta casa y me quedé.

¿Y ha echado en falta algo durante ese tiempo?

No, nada. Al contrario, ahora me agradezco haber tomado aquella decisión que tuvo que ver con un drama, porque murió mi madre. Al cabo de tanto tiempo me agradezco mucho haber tenido esa especie de... no sé cómo llamarlo, de impulso.

Yo lo llamaría más intuición, me parece que es una persona intuitiva.

Sí, yo vivo sólo de intuición. Pero en aquellos momentos mis amistades me decían: "¿Vas a vivir allí, tan lejos, tan sola?". No había internet, yo mandaba los artículos por correo urgente. Era otro mundo.

El arte es una respuesta vocacional, prácticamente como el sacerdocio, una llamada de algo incomprensible que no atiende a la razón y no se puede aprender

¿Y el mundo de ahora?

Es que yo aquí estoy muy al margen de lo que no me gustaba entonces y ahora me gusta menos todavía porque abunda más, los ritmos, las velocidades, las crispaciones. Aunque acababa de empezar mi publicación en aquellos tiempos, no quería formar parte de esta necesidad de estar en un escaparate constantemente, y sigo pensando lo mismo.

Pues esa necesidad ahora ya casi es una obligación.

Claro, por eso ahora la gente no quiere escribir, quiere ser escritora. Por eso existen y abundan las escuelas de escritura, porque la gente va a convertirse en escritor, no a escribir. A mí la profesionalización del arte siempre me ha parecido un error. Yo creo que el arte es una respuesta vocacional, prácticamente como el sacerdocio, una llamada de algo incomprensible que no atiende a la razón y que por lo tanto no se puede aprender.

Pero el objetivo es poder ganarte la vida gracias a tu arte, ¿no?

Pues no, fíjate, es que soy muy extrema yo en esto.

¿Y cómo vivimos, entonces?

Yo he dado muchísimas clases, he traducido muchísimo, he dado conferencias, he hecho trabajos puntuales. Soy una persona austera, no aspiro a acumular ni a tener más de lo necesario. Vivo un estilo de vida compatible con mi vocación.

Eso es ser coherente.

Bueno, me gusta mucho la coherencia, ojalá lo sea. Esto lo he discutido muchísimo con colegas, si habría que ganarse la vida con la literatura, y yo digo que no, si acaso con lo escrito. Yo soy muy libre y creo que el arte solo se puede hacer en total libertad. Claro, para eso tienes que tener un equilibrio, tampoco puedes ser extremadamente necesitada porque entonces tampoco eres libre. Yo lo que necesito es el reconocimiento suficiente, y el reconocimiento suficiente es poco porque es un reconocimiento suficiente para seguir. No necesito el aplauso, necesito la compañía.

Ahora la gente no quiere escribir, quiere ser escritora. Por eso existen y abundan las escuelas de escritura

¿Y el elogio?

No, el elogio desde luego que no, porque además quién te puede elogiar, esto es como lo de ofender, ofende quien puede...

¿Y con quién estoy hablando ahora, con Flavia o con alguno de sus heterónimos, con Haru, con Andrea Mayo?

Con todas, porque es un cúmulo de voces que me permiten crear este modo de ver el mundo que combina las distintas aproximaciones a lo que nos rodea, una más filosófica o espiritual, otra más sociológica y otra más emocional o psicológica. Todas esas voces me han resultado necesarias, porque lo que escribía con mi nombre terminé de hacerlo.

¿Necesitaba liberarse del ego?

No lo necesité, fue una decisión. Por un lado, comprendí que había terminado lo que había empezado con 'Querida Nélida', mi primera novela, que escribí a los 17 años. Por el otro lado, sí hay un ejercicio de desprenderme de la parte del ego de la imagen. Esto fue con la vuelta al mundo que hice para ir al ritmo de la vida. Eso me ha quedado y ahora estoy en presente todo el tiempo. Y, por otro lado, para desprenderme de lo innecesario y una de las cosas innecesarias era ese nombre porque al final no deja de convertirse en una marca. Es interesantísimo qué libertad me ha dado volver a empezar desde otro lugar con todo lo que sé.

Soy una persona austera, no aspiro a acumular ni a tener más de lo necesario. Vivo un estilo de vida compatible con mi vocación

Desde pequeña le han atraído las palabras. ¿Cómo es su relación ahora con el lenguaje, cómo ha evolucionado con el tiempo?

Yo me dediqué a la literatura porque renuncié a la música a causa de la inmigración. De pronto, necesité construir un lugar en el que vivir. Esa es la gran cuestión de mi vida. Yo siempre he escrito para tener un lugar donde vivir. Los que no quieran vivir aquí se pueden meter en un libro mío y estoy segura de que se van a sentir en un lugar seguro y con justicia poética, que eso es en lo que yo creo. Mi relación con el lenguaje es de agradecimiento, de diversión también, a mí me gusta mucho jugar con el lenguaje. Luego, también, para mí el lenguaje ha sido el lugar desde el que construir una respuesta a una pregunta que un Dios que no existe jamás nos ha hecho. Esa fascinación que tenemos los seres humanos por intentar entender, el arte para mí es justamente esa respuesta. Para mí el lenguaje de la literatura es irrenunciable, forma parte de mi modo de hacer.

Hace poco, le escuché a Arundhati Roy decir que sin la arquitectura no hubiera sido escritora. La forma, ¿qué es para usted?

Yo soy una estructuralista. Yo siempre pienso una forma geométrica antes de escribir cada libro, siempre tiene que haber una forma geométrica que lo ampare. Hasta que no encuentro eso, no escribo. Y luego vuelco, porque en realidad yo escribo todo antes de escribir.

¿Y escribe como vive, de esa manera tan pasional, conservando la inocencia?

Lo que acabas de decir es tan básico en mi literatura… Mi gran camino ha sido el de llegar a escribir con la naturalidad, la pasión, el arrojo y la intuición con la que empecé a leer. Desde hace unas cuantas obras, escribo con aquella pasión despreocupada con que leí en la adolescencia.

¿Y ahora cómo lee?

Nunca he dejado de leer así. El problema es escribir así, hace falta mucho vuelo, muchas horas no sólo de lectura, sino también de escritura. Esto de que la gente publica tan rápido, escriben y publican... La gente no tira nada a la basura.

Cuando siento que alguien tiene sobre todo interés en formar parte del mercado editorial y en vender no me interesa

Claro, pero porque ahí está lo que hablábamos de la autoría.

Una vez que te desprendes del peso de la autoría, ves mucho más. De todos modos, a fin de cuentas, todo depende de escribir.

¿Y usted por qué escribe?

Porque quiero cambiar el mundo.

Pues es una aspiración un tanto ambiciosa.

Sí, pero ¿qué es el mundo?

Claro, depende de lo que sea el mundo para cada uno.

Claro. Yo sé que hay muchas personas, igual que me ha pasado a mí con otras obras, a las que les ha cambiado cosas, y si a una sola persona le cambia algo, cambia el mundo. Porque todo nos cambia. ¿Y para qué lado te cambia? Esa es la cuestión. Yo creo que sí se cambia el mundo con la escritura, con la literatura. Si escribes desde un lugar en el que te relacionas con humildad y con sinceridad, sí que puede haber un compromiso por el otro lado como lo hay por el tuyo.

Y, una vez que lo encuentras, es gratificante, muy reconfortante.

Por completo. A mí particularmente no me hace falta nada más.

Pero es una responsabilidad también, el ser consciente de que tu escritura le ha provocado algo a alguien, no le ha dejado indiferente.

Grandísima. También es una responsabilidad la recepción de las obras de arte. También hay una responsabilidad por parte de quien recibe un libro en sus manos de tener una actitud honesta frente a aquello que ha recibido y no prejuzgar, sino abrirse. Por eso es tan importante que confiemos en los autores o autoras que leemos, es imprescindible creer en lo que esa persona está haciendo. Yo cuando siento que alguien tiene sobre todo interés en formar parte del mercado editorial y en vender no me interesa.

Yo entiendo ahora por qué el mundo funciona a pesar de tanto, de tanto y cada vez más; porque la gente es buena, la gente todavía está conectada con lo humano, sobre todo en los lugares pobres

Tras haber recorrido el mundo, ¿qué piensa ahora cuando lo ve?

Que es muy pequeño. Por un lado, la conciencia de lo que compartimos es muy clara, vas pasando de país en país y todo el mundo se parece mucho. Y luego, por otro lado, la bondad de la gente. Es que yo entiendo ahora por qué el mundo funciona a pesar de tanto, de tanto y cada vez más, porque la gente es buena, la gente todavía está conectada con lo humano, sobre todo en los lugares pobres.

 A mí hay una palabra que me encanta, que es bonhomía, que ya apenas se usa.

Sí, como la palabra honor, como la palabra lealtad. Son palabras que no solamente ya no se utilizan, sino que muchas personas ridiculizan sus significados. Se olvida constantemente la importancia de la lealtad, la importancia del compromiso, la importancia de la bonhomía.

El viaje, su posibilidad, ¿qué le ha dado? ¿Qué sería sin el viaje?

Pues sería alguien que no habría emigrado, ¿no? Fíjate cuántas cosas me han pasado debido, no digo ni gracias ni por culpa, debido a o a causa de la emigración que no elegí. Se ha hablado poco de este tema, que es muy interesante: el exilio de los niños y las niñas. No se habla. Y todos los niños que han emigrado son exiliados, porque es como una maleta, se te llevan a la fuerza. De hecho, yo no me quería ir.

¿Y recuerda ese momento?

Uy, y tanto. Y recuerdo los primeros dos años llorando, por eso me puse a escribir, porque necesitaba un lugar donde vivir que no fuera el lugar al que me habían trasladado. Para mí, inevitablemente, el viaje había quedado ligado a la idea de la pérdida y eso se revirtió por completo en un momento que me decidí a cumplir una de mis grandes ilusiones, que fue dar la vuelta al mundo. Para mí el gran drama era el significado del término volver. Ahora volver es donde sea que vayas.

Lleva el hogar con usted.

Claro. Ha sido muy importante darle un significado distinto al verbo volver. La literatura no solamente modifica a quienes puedan leerme, es que me modifica a mí. A mí Haru me ha cambiado la vida.

Le hemos hecho tanto daño en las últimas décadas al planeta que seguramente haya una parte que va a empezar a necesitar expulsarnos

Y, si la Tierra siempre es la misma y además tiene memoria, como el cuerpo, ¿qué recuerdos cree que guarda de nuestro paso por ella?

La Naturaleza es dueña de una sabiduría irrenunciable que guarda esa memoria de lo que hemos entregado y de lo que hemos robado. Le hemos hecho tanto daño en las últimas décadas al planeta que seguramente haya una parte que va a empezar a necesitar expulsarnos.

Bueno, ya lo está haciendo en parte, ¿no?

Sí. A mí me va a parecer bien, el planeta cuenta con mi apoyo, cuenta conmigo si nos elimina, no siento que eso vaya a ser terrible. Me da pena por el arte, creo que la única manifestación verdaderamente maravillosa de la que hemos sido capaces los seres humanos es el arte. Yo sigo creyendo en el arte. El arte es una forma de la creación, es una emulación de la creación. Ese espíritu que te invade con la voluntad de crear es algo que de alguna forma consigue casi entender lo que hace el planeta, sin conseguirlo, por supuesto, pero hay algo ahí de volcán, hay algo de desierto, hay algo de germinación. Cuando creamos, lo que estamos intentando es justamente dar con ese misterio.

En 'Los nueve libros', su última obra publicada, están la luz y la oscuridad conviviendo permanentemente, igual que en la vida. Aceptar eso es una de las lecciones más importantes para poder vivir en paz, ¿no?

Para mí, el tema de la luz y de la oscuridad precisamente es necesario para darnos cuenta de que podemos obrar de las dos maneras. No habría luz si no hubiese oscuridad.

El bien y el mal.

Exacto, el bien y el mal. En estos momentos en que se está banalizando el mal, como diría Hannah Arendt, como no se están educando los valores ni los principios, se apela a la autoridad: mándenos hacerlo bien. Entonces, aparece el fascismo. Si tú en vez de apelar a la autoridad, apelas a la disciplina y a la conciencia, vamos a aplicar el sentido común, entonces la autoridad no tiene necesidad de ser. Cuando perdemos esta capacidad ser humanos, de valorar lo humano, de valorar la solidaridad, la empatía, en fin, toda esta lista de muchísimas cosas maravillosas de las que somos capaces los seres humanos, entramos a necesitar la autoridad para que nos frene, y ahí está el fascismo en sus anchos campos. Los libros que escribo siempre están relacionados con temas que nos hacen reflexionar sobre la capacidad de ser libres y de elegir y saber que podemos ser capaces de lo peor y de lo mejor. Las personas que creamos al final somos optimistas.

¿Usted cree?

Sí, sí. Si lo dieras todo por perdido, no escribirías.

Todo no, pero una parte…

Nada, no, no, en realidad no das nada por perdido. Tú también crees que puedes cambiar las cosas.

Bueno… Para acabar, Oriente y Occidente. Yo creo que cada vez están más alejados.

Esa es una cosa interesante, también. Oriente y Occidente son unos nombres que designan.

Son etiquetas, claro. Pero lo decía más en un sentido filosófico, modos de entender la vida.

Hablemos entonces no de Oriente y de Occidente, hablemos del capitalismo.

Vale.

El capitalismo que ya es muchísimo más amplio que esos dos términos, porque prácticamente se ha adueñado de los dos. Ya no hay Oriente y Occidente, excepto desde el punto de vista geográfico. Ahora bien, ¿hay algunos lugares en el mundo todavía donde el capitalismo no ha conseguido penetrar hasta el punto de transformarlo todo y convertirlo en un desastre? Sí, pero les quedan cinco segundos.

Los nueve libros / Els nou llibres

Flavia Company

Editorial Navona

608 páginas

27,90 euros

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