CRÍTICA
'Esta plaga de almas', de Mike McCormack: la amenaza permanente
En esta novela, el autor desplaza el suspense hacia una poética de la incertidumbre, más allá de la lógica casual de cualquier 'thriller'

Mike McCormack, autor de 'Esta plaga de armas'. / EP

Nealon, tras un tiempo en prisión, vuelve a su casa en el oeste de Irlanda y la encuentra vacía. A partir de ese regreso, "Esta plaga de almas" activa un repertorio oscuro reconocible: desapariciones, una voz misteriosa, una reunión aplazada que parece fatal. Sin embargo, Mike McCormack (Londres, 1965) subvierte pronto este tipo de convenciones. En su novela, el enigma no se resuelve, espesa, y este desplazamiento del suspense hacia la indeterminación sitúa la obra más cerca de una poética de la incertidumbre que de la lógica causal del thriller clásico.

Mike McCormack. / Sexto Piso
El personaje de Nealon funciona como eje de esa indeterminación. No es un detective ni una víctima al uso, pasea por las páginas del libro como un sujeto suspendido en un abismo moral. Su pasado, apenas sugerido, nunca se fija del todo. Tampoco la ambigüedad sobre su culpa o inocencia es producto de un fallo narrativo. McCormack, cautivo de cierta inquietud ética, obliga al lector a habitar una conciencia donde el yo es, ante todo, sospechoso de sí mismo. Esta idea convierte la interioridad en un campo de investigación más inquietante que cualquier conspiración externa, aunque sería un error reducir la novela a un estudio psicológico. Lo que late bajo la historia de Nealon es una alegoría de la fractura social contemporánea. El trasfondo de crisis –un suceso impreciso, con ecos de terrorismo o pandemia– no se describe de manera directa, pero sí como una vibración difusa que altera la percepción de la realidad. Remite a una experiencia colectiva reciente, que es la sensación de vivir en un presente permanentemente amenazado, donde lo excepcional se normaliza.
Los recuerdos conforman el primer tercio de la novela. En la segunda parte, Nealon parte al amanecer hacia una ciudad cercana donde tiene una reunión; anhela el placer vacío de conducir. Como en su anterior y premiada "Huesos de sol" –también publicada por Sexto Piso–, McCormack demuestra talento para describir paisajes y situaciones que podrían parecer poco atractivas, pero que, sin embargo, sobresalen gracias a la mirada observadora del autor. "Aminora la marcha en un tramo de carretera recién asfaltado que atraviesa un bonito pueblo. La aproximación está señalizada con semáforos y una serie de farolillos iluminan sus suaves márgenes. Como tierra sagrada, piensa Nealon. La superficie asfaltada es tan lisa que el coche parece elevarse sobre ella, bordeando el vuelo" (pag.63). El desenlace muestra al protagonista preparándose para ese encuentro, de una trascendencia tan inmensa que no conviene revelar detalles. El registro es en todo momento íntimo, no hay grandes panorámicas del colapso social, sino su infiltración en lo cotidiano, con controles policiales, rumores y una inquietud que se filtra en los gestos más triviales. El mundo exterior se cuela por las rendijas, y en esa filtración se produce el verdadero contagio. No el de un virus; el de la sospecha, el miedo y la descomposición del vínculo social.
La ausencia de la familia es el otro gran núcleo de sentido que encierra "Esta plaga de almas". La desaparición de Olwyn y el hijo de Nealon no funciona solo como motor narrativo, representa el símbolo de una quiebra afectiva más amplia. Las escenas retrospectivas, de una ternura algo siniestra –el niño sangrando en la bañera, esa intimidad atravesada por lo precario– configuran una memoria doméstica que se deshace bajo la presión angustiosa del presente. El hogar, tantas veces refugio en la literatura irlandesa, aparece aquí como un espacio vacío, casi hostil y amenazante. La casa absorbe, arrastra y desestabiliza. Cada detalle parece cargado de una significación latente. El estilo de MacCormack, heredero de "Huesos de sol", alterna momentos de precisión descriptiva con derivas casi alucinatorias. "Esta plaga de almas" es una novela de densas atmósferas. Hay en ella pasajes con una música de la escritura que recuerda a Don DeLillo, también a algunos autores centroeuropeos del siglo pasado, por ejemplo, el suizo Max Frisch. La prosa es tan evocadora que incluso una pequeña fluctuación en el clima puede parecer cargada de alguna consecuencia oculta en el tiempo geológico profundo. Léanla.

Esta plaga de almas
Mike McCormack
Traducción de Magdalena Palmer
Sexto Piso, 152 páginas, 19,90 euros
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