Opinión | FE DE ERRORES

Acadèmic de la RAE
Fe de error real
Nunca el francés habría llegado a ser la lengua de los incipientes EEUU, como dijo Carlos III a Trump, pero lo mismo no se puede decir tajantemente del español

Donald Trump y el rey Carlos II de Inglaterra, durante la visita de este a Estados Unidos. / Yuri Gripas
Por fin un mandatario europeo ha ido a la Casa Blanca y no ha salido con el rabo entre las piernas. Todo lo contrario: dándole una soberana lección a su atravesado, imprevisible y follonero inquilino. En la cena de Estado, el rey Carlos III, que devolvía la visita del presidente de Estados Unidos a Windsor, se refirió a las "modificaciones en el Ala Este", previstas por Donald Trump para construir un salón de baile hortera, recordándole cómo "nosotros, los británicos, por supuesto, hicimos nuestro pequeño intento de remodelar la Casa Blanca en 1814" cuando las tropas inglesas la incendiaron.
Sin embargo, no siendo súbdito de su graciosa majestad, no tengo por qué morderme la lengua y denunciaré lo inexacto del segundo dardo que el rey lanzó. Trump se había jactado en Londres de que gracias a los norteamericanos los países europeos no habían terminado hablando alemán. A lo que Carlos III le respondió que, si no fuera por los ingleses, "you’d be speaking french". El error real es manifiesto: mírese por donde se mire, nunca el francés habría llegado a ser la lengua de los incipientes Estados Unidos, que están celebrando los 250 años de su independencia. Por el contrario, lo mismo no se puede decir tajantemente del español.
Trump, que no se caracteriza precisamente por su diplomacia y circunspección, reunido en Miami con 12 presidentes latinoamericanos de su cuerda, no se cortó un pelo al espetarles: "No voy a aprender su maldito idioma". Ya en su primer mandato había adoptado medidas contrarias al español, pues para él su mantra programático del MAGA implica la activación del movimiento English Only.
Pero el hecho cierto es que la venerable constitución norteamericana, la primera nacida dos años antes de la revolución francesa y nutrida, eso sí, por los principios democráticos irradiados desde el 'Siècle des Lumières', no declara idioma oficial de la República al inglés ni a ninguna otra lengua. De hecho, el español fue el idioma principal allí antes que el inglés. Todo comenzó con Juan Ponce de León en la Florida hacia 1513. El origen de este topónimo es inconfundible, como también el de California, tomado del reino ficticio de la reina Calafia en 'Las sergas de Esplandián'. Otros estados como Nevada, Montana, Colorado o Nuevo Mexico tienen la misma procedencia, como también, entre otros muchos topónimos, los de Los Ángeles, San Francisco, San Diego, Sacramento, Santa Barbara, San Antonio, El Paso o Laredo.
Idioma de referencia
Desde Florida, la expansión por los llamados 'Territorios Españoles Fronterizos' convirtió el español en la lengua de referencia hasta que su predominio empezó a decaer tras la independencia de México y su guerra con Estados Unidos con la pérdida de un vasto territorio y el consiguiente giro lingüístico a favor del inglés. A este respecto, está perfectamente documentado que los indios apaches, comanches y navajos utilizaban el español como lengua franca. Uno de los valedores de que el famoso Gerónimo, que tanto luchó contra la expansión de los yanquis en el suroeste norteamericano, hablaba también español es hoy su bisnieto por línea materna, el historiador perteneciente a la etnia apache chiricahua Alfonso Borrego.
Trump y su política constituyen una innegable amenaza, como también el hecho de que no le haya faltado apoyo electoral hispano
De todo ello se ocupa Felipe Fernández-Armesto en su imprescindible libro de 2014 'Nuestra América. Una historia hispana de Estados Unidos' (Galaxia Gutenberg). Se define como un historiador que simultáneamente se siente gallego por la línea paterna e inglés por la materna, amén de español de nación y, en consecuencia, europeo. Su tesis es que después de los pueblos originarios, "los hispanos precedieron a Estados Unidos en lo que hoy es su territorio nacional". En contra de una consideración errónea y excluyente a partir del eje horizontal este-oeste, la "historia hispana" obliga a considerar una urdimbre más compleja: "un eje norte-sur en torno al cual se formó Estados Unidos". En todo caso, ni se cumplió ni podría haberse cumplido la 'boutade' del rey. El 'viceroyauté' de Nouvelle-France tuvo una vida incierta hasta su desaparición en 1763 para beneficio de Inglaterra y España. Y sus vestigios toponímicos, Baton Rouge, Des Moines, Nashville, son incomparables con los castellanos.
Más de 40 millones
Pero frente a esta visión retrospectiva, importa mucho más la que apunta al presente y el futuro. Hoy, la población hispana supera los 60 millones de personas, de las cuales más de 40 hablan español. La Oficina del Censo certifica que la edad media de nuestra comunidad era la más joven, en torno a los 28 años, por debajo de la afroamericana, con 34. Incluso me parece lo más relevante que ahora –y no siempre fue así– el 95% de esta población considere muy importante que los chicos, hispanos o no, hablen español. La propia Oficina del Censo y el Pew Research Center esperan que el crecimiento continúe a un ritmo estable. En 2050 se calcula que el censo alcanzará los 398 millones, 106 de ellos hispanos.
No sería prudente, en todo caso, echar las campanas al vuelo. Hay que tener en cuenta vectores contradictorios. Trump y su política constituyen una innegable amenaza, como también el hecho de que no le haya faltado apoyo electoral hispano. Pero su amenaza puede volverse una oportunidad para fortalecer el sentimiento de pertenencia a una comunidad que se reivindica a sí misma frente a los estigmas yanquis contra los 'greasers' o 'wetbacks'.
Es interesante a este respecto el vídeo de un último mitin en Albuquerque. Dirigiéndose a su auditorio, Trump planteó lo siguiente: "En la costa este a ustedes les gusta que les llamen hispanos, y en la oeste, latinos. Así que hagamos una encuesta gratis y no tengo que gastar 300.000 dólares. ¿Qué prefieren?". El resultado fue abrumador a favor de la autoafirmación hispánica.
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