CRÍTICA
‘El amo del corral’, de Tristan Egolf: recreación de un país desastroso
En esta novela, el autor desmontó el ridículo mito del sueño americano poniendo en primer plano la vida de la morralla social que sustenta el sistema, con una desesperación combativa, tal vez ingenua, pero honradamente brutal

El escritor Tristan Egolf, autor de 'El amo del corral'. / EP
A finales de los noventa del siglo pasado, en EEUU, la llamada “segunda ola punk” ya estaba amortizada, Kurt Cobain se había pegado un tiro y Green Day había publicado 'Dookie' con una filial de la Warner. Por aquel entonces, una banda de descerebrados llamada Kitschchao se subía a los escenarios más cutres de Filadelfia para berrear entre la ira y la desesperación. El cantante era un tipo peculiar llamado Tristan Egolf, también novelista, al que medio centenar de avispados editores americanos iban a enviarle la carta de “en este momento no tenemos previsto…”. La primera parte del esfuerzo narrativo de Egolf en 'El amo del corral' guarda mucha relación con la ametralladora rítmica del punk de última hora, reivindicativo, caótico, anárquico y autodestructivo. El gusto por la retahíla logorreica del autor es un recurso indiscutiblemente punk.
Poco después, las aceras de París acogen a un músico callejero que dice haber escrito la enésima gran novela americana. Por esas casualidades de la vida, Egolf conoció a la hija de Patrick Modiano y, en fin, la novela se acaba publicando en Gallimard.
Suele decirse que la “crónica” de los estupefacientes acontecimientos de la población de Baker tiene como protagonista a un inadaptado llamado John Kaltenbrunner (como el infame oficial de las SS y de la Gestapo, criminal de guerra, que fue ahorcado tras los Juicios de Núremberg). John no es un muchacho que se distinga por colaborar con la sociedad: solo le interesa la granja heredada y su corral de gallinas, su tractor Bucéfalo y algunos secretos irrelevantes de su padre. Su madre dice que John “era un soñador. Probablemente un idiota”.
Así que la novela podría haber discurrido por los trillados caminos del idiota heroico, “un paria militante, un psicópata confirmado”, cuyo mayor logro es mantenerse vivo. Pero, en realidad, la novela es eso que los aficionados a la catalogación denominan 'small-town fiction': el personaje central es la ciudad. Baker, una población del Medio Oeste, en pleno “cinturón del maíz”, es una colonia donde fue a parar en el siglo xix lo peor de la población alemana: “La escoria de la raza blanca”, “las míseras, ignaras y angustiadas heces del campesinado”.
Egolf no está dispuesto a permitir que los deslumbrantes brillos del éxito americano oculten el verdadero espectáculo: un muladar social y moral
Egolf no está dispuesto a permitir que los deslumbrantes brillos del éxito americano oculten el verdadero espectáculo de Baker: un muladar social y moral. El sistema educativo, la administración local y estatal, la policía, los medios de comunicación (infectos carroñeros), la familia, la justicia, la producción industrial, el sistema sanitario, el fanatismo religioso… todo está teñido de violencia, alcoholismo, malos tratos, doble moral, endogamia, pederastia o avaricia. Así, el “faro del mundo libre” esconde en su sótano un estercolero moral de miseria y violencia, “un nido de demencia imprevisible”.
Mundo-basura
El autor no se molesta mucho en ocultar que Baker es la recreación de un país desastroso, precario y ridículo que curiosamente se parece mucho al real. Al pasar por todos los estamentos de la población, desde el alcalde y el sheriff a los 'hillbillies', 'rednecks', 'nomads' y emigrantes latinos (en la novela, “ratas” o “gnomos”), todos tienen comportamientos básicos guiados por la mera supervivencia (mera violencia) y, desde luego, parece darse una distribución igualitaria y democrática de la estupidez.
La gran peripecia de la novela (una huelga de basureros que deja al descubierto el asqueroso espectáculo social) no es más que la excusa para poner de manifiesto el verdadero asco que Egolf sentía hacia un mundo-basura. La basura es lo único que hace bien el mundo occidental; y la basura no acarrea más que infecciones, insectos, pestilencia y animales carroñeros. El punk no se distingue por plantearse formulaciones literarias muy elaboradas: la alegoría es tan evidente como reveladora. Y poner de manifiesto esta realidad no es justicia poética, sino “terrorismo poético”.
Los basureros de Baker reciclan a Heráclito para demostrar que todo es guerra y enfrentamiento, para arrasarlo todo (Egolf aprovecha para quemar una iglesia también) y desmontar el ridículo mito del sueño americano poniendo en primer plano la vida de la morralla social que sustenta el sistema, con una desesperación combativa, tal vez ingenua, pero honradamente brutal. “La cosa no tiene ni pies ni cabeza, pero es lo que ocurrió”.

El amo del corral
Tristan Egolf
Traducción de Jaime Zulaika Goicoechea
Seix Barral
536 páginas
23,90 euros
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