Opinión | CUADERNO DE NOTAS

Escritor
Como si nada
El lector no debe tratar de comprenderlo todo, debe aceptar que el texto se puede escuchar como una música, porque se trata ante todo de ver y sentir

Una bandada de estorninos, en pleno vuelo sincronizado, a la altura de Figueres. / Eduard Martí
REFERENCIAS PERDIDAS. Toda la noche pasaron bandadas y bandadas de estorninos sobre nuestra casa. Los descubrí dentro de un sueño en el que combinaba sus dibujos en un cielo de cabecera y una angustia muda que me invade ciertas madrugadas cuando pienso en la situación del mundo. Me desperté y supe que los estorninos no eran material de ensueño sino una pajarita que daba vueltas y curvas sobre nuestros tejados. Luego había de repente un paro y se colocaban en los pinos, los almeces, en las hermosas sombras del jardín y se ponían a gorjear muy fuerte y coralmente con aquel grito espantoso entre el del cuervo y el buitre, que me ensordecían. Salí a la terraza y me puse a aplaudir. Se sorprendieron, se detuvieron de piar y partieron volando a toda velocidad. Así pasé aquel alba con unos brillos melosos de un sol que aparecía dentro de nubes blancas con encaje.
Me gusta esta escritura modesta y empeñada que avanza sola, viva, que no tiene en apariencia nada que decir salvo denunciar las imposturas de lo serio, las charadas de la erudición y las afirmaciones de las ideas dominantes. Me he especializado en la ausencia de mi necesidad, me he convertido en un experto, un virtuoso. ¿Puedo decirlo con orgullo? Mi territorio es lo borrado. ¿Será por eso esa obsesión con las gomas de borrar? ¿Modestia real o retórica? ¿Humildad sincera o arrogancia sutil? 'Chi lo sa!'.
¿NO HAS VISTO LA YEMAS DE LOS ÁRBOLES? UNA HIGUERA. Ayer quedé alucinado frente a una higuera vieja. Aquella sombrilla de ramas de color grisáceo que tan bien convierte en esculturas mi amigo artista de Felanitx Andreu Maimó se encontraba en un estado de metamorfosis. En cada una de las puntas de las ramas había un ramo de hojitas de un verde muy tierno que cantaban la resurrección de la primavera. Me ensancharon la respiración, el corazón y el cerebro.
Ahora huele esta 'eau de vie' del bosquecillo donde los perfumes de los romeros, el aroma de las matas y el esplendor de las flores lilosas como de papel de la estepa blanca se aúnan con el gorjeo de los gorriones, el parrupeo de las tórtolas y esta atmósfera fresca del musgo. La amabilidad y la bondad pueden revivir en cómo la primavera reanima las energías que la naturaleza ha sabido conservar durante la aparente muerte invernal, me dice Gonzalo Torné, un crítico literario muy bueno.
Y me pongo a escribir a toda prisa: el lector no debe buscar comprenderlo todo, debe aceptar que el texto se puede escuchar como una música, porque se trata ante todo de ver y sentir, sin lo cual la comprensión no sería más que un saber insensible; hay que decirnos a nosotros mismos que si podemos perdernos entre las palabras es porque el lugar que nos dan es más libre que cualquier otro lugar, y que en principio lo que nos clausura es nuestra manera de hacer indisponible lo que está claramente dado para ver y sentir.
Estas frases que acabo de escribir con pluma de pasión podrían ser una de las claves que puede abrir algunas cerraduras que nos permitan afilar la atención, o quizás también podrían ser un claro que se ha abierto en medio de la oscuridad del bosque apretado que nos dé ganas de detenernos para observar el paisaje y tomar un poco de sol. Y levitar con María Zambrano. Y serían también como el camino de un pájaro desconocido que aparece ante la mirada y me deja una frase que cazo al vuelo: resistiremos a todo lo que destruye y ofende al mundo.
Charles Péguy viene a mi encuentro con unas palabras incandescentes: "Hacer la revolución es también poner de nuevo en su sitio cosas muy antiguas pero olvidadas". Dar al lector con los ojos gastados y las orejas apagadas la facultad plena, el fervor, el entusiasmo y la energía de ver y sentir. Y de pasar gusto. Hacer que el lector experimente que todo lo que existe es ahora apercibido por él como infinitamente precioso o deseable por el mero hecho de que exista. Sería una sensación parecida a la que experimentamos cuando nos salvamos después de un accidente grave o cuando recuperamos la salud perdida.
Hacer una escritura taumatúrgica o sanadora que lucha contra las fuerzas de la nada es el objetivo. El escritor y el lector que se reencuentran en el mismo sitio, el del momento de la escritura: la puesta en igualdad de aquel que lee y aquel que escribe. El lector se convierte en escritor y viceversa. Cierro los ojos y una intrepidez desconocida me sube desde los pies a la cabeza y una saña me hace temblar las cuerdas vocales contra la justicia que tenemos, la intolerancia en la que vivimos, la hipocresía que soportamos, el machismo que sufrimos, el asesinato de la inocencia de cada día del que morimos.
INTIMIDADES. El viento escribe en las paredes que arriesgan, en los cristales que tiemblan, en los árboles que chillan, en las puertas que chirrían, en el lavadero que espuma, en mi corazón que taquicardea. El viento arrastra la oscuridad poco a poco y siente como si un velo me envolviera los ojos y los sentimientos. Aullido sin ruido, hablo sin palabras, me nace una salvajería tan antigua como el tiempo. Y empiezo a oír voces que se acercan, que susurran, que murmuran, que me hacen cosquillas en la oreja y parten. Las palabras tienen una reverberación de lapislázuli y escucho como si me acechara a mí mismo.
Es complejo y difícil de saber por qué una pintura toca al sistema nervioso. Te respondí: somos carne, carcasas, desperdicios en potencia. Deberíamos ser conscientes del desastre que puede caernos en cualquier momento. Me contestaste: lo que quiero hacer es deformar la cosa y descartarla de la apariencia, pero en esta deformación volverla a llevar a una grabación de la apariencia. Te respondí: hay que escribir como la música suena, como la pintura pinta, como la escultura esculpe, como la danza danza. Esto significa: como la palabra habla y como la escritura, si es libre, escribe.
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