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CRÍTICA

'La intriga del funeral inconveniente', de Eduardo Mendoza: el humor como forma de observación

El autor regresa a uno de sus personajes más carismáticos, el detective sin nombre, para construir una sátira desde lo cotidiano

El escritor Eduardo Mendoza.

El escritor Eduardo Mendoza. / Jordi Otix

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Marta Marne

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En la entrevista que le hizo Óscar López en BCNegra en febrero de 2024, Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) señaló uno de los límites de las novelas por las que es conocido: su humor, anclado en lo local, resulta difícil de exportar. El humor se sostiene sobre matices, referencias compartidas y formas de mirar que pertenecen a un contexto concreto. De ahí que ciertos códigos no funcionen fuera. Es probable que a un sueco no le diga demasiado el vídeo de la erupción del volcán de La Palma, ni el contraste entre la situación y la calma con la que un vecino afirma que "hay tiempo de comer sin problema". O que no entienda las declaraciones de José Tojeiro –han vuelto a hacerse virales– y su preocupación porque le "echaron 'droja' en el Cola Cao".

Mendoza convierte esa especificidad en materia literaria. Su capacidad de observación desciende al detalle –la suciedad de los bancos del paseo de Gràcia, por ejemplo– y construye, a partir de ahí, una sátira reconocible. Como en las historietas de Francisco Ibáñez con Mortadelo y Filemón, no deja títere con cabeza. La corrupción, la Iglesia o las fuerzas policiales son sometidas a una crítica constante. Pero no se detiene en las estructuras de poder, también alcanza a figuras casi intocables, como Antoni Gaudí, de quien dice que menos mal que "lo mató un tranvía, que si no, nos destroza la ciudad".

Ausencia de corrección política

'La intriga del funeral inconveniente' arranca con una escena que condensa ese tono. En un rincón del párking de una funeraria, se celebra un entierro al que apenas asisten tres personas. Todo apunta a un acto destinado a pasar desapercibido hasta que la casualidad introduce a Ramoncito Valenzuela, aspirante a periodista enfrentado a las expectativas familiares que lo empujan hacia la cardiología vascular –opción, por cierto, con más futuro si se atiende a los problemas de obesidad de la población–. A partir de ahí, lo que debía permanecer oculto se convierte en objeto de atención, y reaparece el detective sin nombre, protagonista ya de varias entregas, para resolver –o entorpecer– el misterio.

Uno de los elementos más destacados de la novela es la ausencia de corrección política. Cuando la ficción parece medir cada gesto para no ofender –atenta a la representación de ideologías, religiones, nacionalidades, orientaciones sexuales o identidades de género, y a las distintas siglas del colectivo–, Mendoza dinamita cualquier cautela. La maestría está en que, pese a ello, es difícil que el lector se sienta ofendido. El efecto depende del tono: el humor suaviza lo que, en otro registro, resultaría casi inaceptable.

Esa dimensión local vuelve a aparecer en su mirada sobre el turismo, donde apunta que sería imposible saber si alguien te sigue en ciertos rincones porque "personas de muy variada procedencia y aspecto [...] miran a todas partes y a ninguna". Mendoza escribe desde lo cotidiano y construye ahí su humor, sin necesidad de explicarlo ni adaptarlo. Quizá por eso funciona. Porque no fuerza el chiste: se limita a observar. Y en lo cotidiano halla su mejor material.

La intriga del funeral inconveniente

Eduardo Mendoza

Seix Barral

256 páginas

20,90 euros