CRÍTICA
‘El paisaje es un grito’, de Eduardo Ruiz Sosa: ni trama ni urdimbre
El autor explora la inmigración, la memoria el desarraigo, el lenguaje y el tiempo

El escritor Eduardo Ruiz Sosa, autor de 'El paisaje es un grito'. / Marta Pérez

No he venido aquí a contarles qué cosa es este libro inmenso en su perturbadora delicadeza. Porque no se puede hacer nada con este libro, salvo dejarse vencer por él como nos dejamos vencer por un poema, una imagen o un recuerdo. Sí les advierto que de la lectura de 'El paisaje es un grito' uno regresa cansado como si volviera de un largo viaje desplazándose al centro del dolor, la soledad y los gritos que no se oyen pero que están.
Como no hay manera de contar la historia no lo haré. No les contaré que este libro de Eduardo Ruiz Sosa (México, 1983) para narrar que 'el paisaje es un grito' en realidad cuenta todos los paisajes: los imaginables e inimaginables. Cuenta que en el principio no era el Verbo, sino las ruinas. Que el desplazamiento también estaba en ese principio y que tenía la forma de la prehistoria, el origen, el pasado y la memoria. Que hay "una grieta abierta por ahí" y que desde esa grieta hacia la que se dirige violentamente Ruiz Sosa (y el lector) "asoma calcáreo el pasado sobre esa falla se asienta el Origen el huevo que incuba nuestro antiguo porvenir".
Si quieren pueden leer este libro como una novela que relata el desplazamiento por el desierto mexicano de Genízaro, de Baldor, de la Caticha y de Lombardo. Y si quieren pueden leerlo como si los últimos tres estuvieran enfrascados en un periplo en busca de El Presidio, el pueblo natal de Genízaro que parece que está muerto. Y sí, claro, Juan Rulfo y aquello de que "cómo pesa un muerto". Y sí, claro, William Faulkner y aquello de que "mientras agonizo" no es solo el olvido del cuerpo, sino más bien la muerte como "una función de la mente". Y no. No es solo un libro sobre los inmigrantes porque si aquí hay alguna historia relevante es la historia que relata que "todos los muertos están bajo tierra", que "todo es puro tránsito", que hay que "imaginar siempre las cosas por su lado más frágil" y que "un pájaro es un lugar para esconderse".
Ruiz Sosa ha escrito un libro enorme que cuenta de qué callada manera nos desplazamos a través del lenguaje por el curso del tiempo
Ya lo ven: casi 400 páginas donde "ni trama ni urdimbre", haciendo que la historia desaparezca como desaparecen aquellos que se ven forzados a abandonar sus casas y buscarse una nueva vida, que ni es nueva ni es vida porque "nadie va a reconocernos el pasado", claro, porque "¿qué les pasa a los recuerdos de los muertos? ¿Dónde quedan?" y porque "¿qué tanto puede esperarnos alguien en la memoria?".
Amparados, como el lector de 'Moby Dick', por una notable cantidad de epígrafes (Francisco Meza Sánchez –de quien surge el título: "Para un ave ciega / el paisaje es un grito"–, Konstantínos Kaváfis, Gonzalo Rojas, Mary Shelley, Herta Müller, Gilles Deleuze, Armonía Somers, Maurice Blanchot, Agustín Gómez Arcos, Luis Humberto Croswhite y José Daniel Espejo), Ruiz Sosa ha escrito un libro enorme que cuenta, ahora sí, de qué callada manera nos desplazamos a través del lenguaje por el curso del tiempo, que ya es un espacio convertido en un desierto, "la nada engañosa, la nada llena de cosas que se arrastran y que vuelan y que tienen espinas, la nada que se ve abierta y sin sombras".
En realidad, todo lo que se ha escrito y dicho en este libro de altos vuelos líricos no está ligado a la ausencia o a los que han perdido, sino al 'dictum' que es sagrado, una muerte que ilumina el laberinto del tiempo y que, irremediablemente, "nos arroja al lenguaje".

El paisaje es un grito
Eduardo Ruiz Sosa
Candaya
398 páginas
21 euros
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