Opinión | LA COSA EDITORIAL

Escritor y editor
Los traductores y la deshumanización editorial
La asociación ACE Traductores ha creado un sello para identificar los libros cuya traducción la haya hecho un ser humano

Una persona usa la aplicación de inteligencia artificial ChatGPT en el ordenador. / Europa Press
Regreso al asunto de los traductores para saludar y aplaudir la nueva iniciativa de la asociación ACE Traductores, que ha creado un sello al que le deseo mucho éxito. Una iniciativa dirigida a los editores y que pide que aquellos libros cuya traducción la haya hecho un ser humano lleven un sello que la identifique como tal. Podría ampliarse esto a las librerías, donde cabría reservar una mesa de novedades a las traducciones que lleven ese sello: traducción humana, es decir, la que está hecha sin ninguna clase de ayudas de la IA.
Empecemos por los hechos. Queridos lectores, ya hay libros traducidos por IA, que sale más barata que la traducción realizada por una persona. Hace un año me llegó la noticia de que cierta editorial de no ficción había publicado un libro traducido por una máquina. Se les olvidó darle un barniz humano, una corrección de estilo que limara las barbaridades y despistes de la IA, que a veces parece poco lista, por muy inteligente que sea. Un librero hojeó el libro y tuvo la nobleza de advertir del desastre al editor, que pidió la devolución de toda la tirada, para destruirla. Imagino que el libro volvió a salir, meses más tarde, traducido por una persona.
La traducción es un coste. Lo es para los gestores editoriales de las multinacionales, pero también para ciertos editores pequeños que van a saco y a la pela. Y los costes hay que rebajarlos. En el límite, los negocios sueñan con tener un coste cero, y bendicen todo lo que se le aproxime. De modo que se nos vienen encima tiempos peores.
España publica el doble de libros traducidos que el resto de los países del entorno cultural europeo/norteamericano. Hay muchos motivos para eso. Pero uno de ellos es que la traducción en España se paga muy por debajo de lo que se paga en la Europa civilizada. Hace un año, en un encuentro casual en la rambla de Catalunya con un amigo alemán que es editor, Heinrich Beremberg, nos pusimos a hablar, como solemos hacer los colegas, de nuestro extraño oficio. Heinrich fue el traductor alemán de Javier Tomeo, entre otros autores españoles e italianos, cuando trabajaba para Wagenbach Verlag. Le pregunté si, dados sus conocimientos de las literaturas mediterráneas, publicaba muchas traducciones en su sello personal, Berenberg V. Qué va, me dijo. No puedo. Las traducciones son muy caras. Pago más de 20 euros por página traducida, y además el 2% de 'royalties' desde el primer ejemplar.
En España, con suerte cobras 14 euros por página (unas 400 palabras) y el 0,5% una vez cubierto el tanto alzado que se paga a la entrega de la traducción (o, mejor dicho, a noventa días, como si los traductores fueran empresas). Por eso, el mundillo editorial se ha lanzado de cabeza a la piscina de la deshumanización del traductor. La máquina es más barata, rapidísima, y luego basta con darle un barniz 'humano' con una somera corrección de estilo, para que no se note.
Por eso, apoyo plenamente el manifiesto de ACE Traductores y sugiero que los editores serios (quedan muchísimos en España, aunque en su mayoría sean pequeños) utilicen el distintivo ideado por esa asociación de traductores, y que las demás asociaciones españolas de escritores y traductores apoyen la idea, y que también lo hagan instituciones como CEDRO, donde se agrupan también los traductores, aunque no manden nada ahí dentro. O eso, o la narrativa y el ensayo traducidos acabarán siendo un trabalenguas.
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