CRÍTICA
'La edad ridícula', de Maryam Madjidi: reinventarse desde el extrarradio
La autora se detiene en la adolescencia para dar una vuelta de tuerca a la novela de formación

La escritora Maryam Madjidi, autora de 'La edad ridícula'. / EP

"No tengo lugar donde escribir. Ningún lugar legítimo, ni tierra, ni patria, ni historia que sean mías", escribe Hélène Cixous en 'La llegada de la escritura'. La escritura nace de la constatación de este no lugar: lo sabe Cixous –nacida en Orán, cuando Argelia era francesa; su familia paterna era de origen judío, y su madre, de origen alemán– y lo sabe Maryam Madjidi, que nació en Irán y, a los 6 años, llegó a París.
Creció en Drancy, municipio principalmente de inmigrantes y atravesado por la precariedad económica, a 15 minutos de París. En 'Marx y la muñeca', Premio Goncourt a la primera novela en 2017, narró su exilio, la experiencia de una niña que lo deja todo en un país al que volverá solo muchos años después. Ahora, en 'La edad ridícula', se detiene en la adolescencia acercándose al género del 'bildungsroman' pero para darle una vuelta de tuerca, porque el aprendizaje no traza una línea recta hacia adelante, sino que se define por todo lo contrario, por ser un proceso de regreso.
"Os escribo desde Drancy. Es una ciudad que no aparenta nada, que no hace soñar a nadie, pero aquí está mi casa", leemos al final de esta novela donde el trasfondo autobiográfico no impide proponer una mirada más amplia que no solo trascienda el yo, sino que permita pensar a través de la literatura la experiencia migratoria interrogándose sobre ese no lugar al que la niña parece estar condenada.
Ilusiones perdidas
Esta cuestión era central en su primera novela, donde se interrogaba sobre la pérdida de raíces y la imposibilidad de enraizarse en un nuevo territorio. "Al cabo de una semana comprendí que jamás podría ser como ellos", subraya aquí, y esta frase entrelaza las dos novelas, convirtiendo la segunda en la constatación de una pertenencia imposible.
Su literatura no nace de la asimilación, sino desde una extranjería aceptada y reivindicada
De ahí que pueda definirse como la historia de unas ilusiones perdidas, si bien la asunción de la pérdida hace posible la autoafirmación: "Mi sueño, mis ambiciones, mis proyectos: todo estaba marchito sin haberlo poseído siquiera", afirma la protagonista para concluir que "la igualdad de oportunidades, la escuela de la República, el pastel de la élite era francamente indigesto. No volvería a comer".
La experiencia migratoria es inseparable de la cuestión de clase: ella vive en Drancy, fuera de ese Périphèrique, que no es solo una frontera geográfica, es simbólica: separa a los parisinos y a los que no, por clases y orígenes, y es inquebrantable, puesto que el origen es una marca que no se borra. "Entre los cincuenta y cinco de la élite de Francia había cuatro chicas procedentes del extrarradio 'desfavorecido' –recuerda–, son la cuota del extrarradio". Están ahí en las clases preparatorias por haber destacado en los bachilleratos públicos. Pero no hay día en que alguien no les recuerde de dónde vienen. ¿Y qué sentido tiene huir cuando te lo impiden?
Para Madjidi, volver y escribir desde Drancy es una forma de rebeldía. El sistema educativo público francés no funciona, la cuota es una mentira, porque están ahí como representación, nunca llegarán. Sin embargo, lejos de abrazar el fracaso, convierte las promesas incumplidas en una expresión de rebeldía: como en su día Flora Tristan, se autoafirma desde el rechazo, desde el estigma, desde la exclusión. Su literatura no nace de la asimilación, sino desde una extranjería aceptada y reivindicada.

La edad ridícula
Maryam Madjidi
Traducción de Palmira Feixas
Minúscula
192 páginas
19,50 euros
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