CRÍTICA
'Una casa sola', de Selva Almada: un canto rural para el pueblo
Estamos ante una intensa novela ligada a los espacios que habitamos y que quedan olvidados

La escritora Selva Almada, autora del libro 'Una casa sola'. / EP

La cadencia de lo sinuoso y templado que Selva Almada (Entre Ríos, Argentina, 1973) mostró en 'No es un río' retoma ahora su curso no ya desde lo acuático, sino desde la locura telúrica inscrita en lo terruño, que en esta breve pero intensísima novela queda ligado a los espacios que habitamos y que quedan olvidados.
Una casa sola que va a narrar en primera persona (como ya lo hizo Manuel Mujica Lainez en 'La casa') su propia historia y la memoria de los que la habitaron, la familia de los Lucena, de las voces de unos ecos que siguen presentes desde una ausencia que es, en realidad, la psicofonía de un canto rural para el pueblo, o lo que es lo mismo, la tierra guardando la memoria de una clase obrera que no tiene casa, y la voz de animales y naturaleza que acabarán por ocupar todo el espacio.
Como ven, esta casa sola ni es solo una casa, ni está sola. Y ello porque lo que ha querido narrar Almada es la confluencia de unas voces espectrales suspendidas en el tiempo configurando un coro trágico griego en el que la violencia se hermana con la ternura, y la decrepitud con la belleza del territorio.
'Una casa sola' cuenta la historia de los Lucena, que en su momento vivieron en la casa y que la abandonaron, nadie sabe por qué. Tampoco nadie sabe por qué nadie los busca. Y es ahí donde la figura de la Tata –madre de la Lorena– capitaliza, bajo el modelo histórico de las Madres de Plaza de Mayo, una tragedia que es más social que policial.
Temporalidades contrapuestas
Almada dibuja así los contornos de unas temporalidades contrapuestas: la voz humana potentísima y más amplia de la casa narrándose a sí misma y la voz cosificada de los Lucena y de los seres que la habitaron "y que tienen que ver con las guerras de la independencia, que tienen que ver con el cuerpo de los trabajadores puestos al servicio de las guerras, de las miserias, de las hambrunas", como ha confesado la propia autora.
Almada ha sabido narrar con la mano firme de la poesía el tiempo robusto y violento de una historia cuyas voces delimitan un espacio seco que de tan frágil se ha vuelto resistente
La pequeña historia de la casa aparece entretejida por la enorme tragedia de los que ya no están, por la clase trabajadora. Todo narrado a través de un elemento que no debería pasar desapercibido porque es capital: un lenguaje oral y lírico plagado de localismos de la zona del litoral de Entre Ríos que hace que la novela vire hacia una poesía más que evidente: "El aguaribay ardía de abejas", "las conversaciones se mezclan con el aleteo de las lechuzas y de los murciélagos que salen, rampantes, de las oquedades. La calor afloja un poco, el aire tibio se perfuma de ipomeas. La luna, si se la mira bien, tiene agua".
La casa que Damián Lucero y su mujer Lorena abandonan es tanto un refugio como un reparo, pero no queda del todo deshabitada cuando se van porque en ese momento Almada la cubre con otros tipos de vidas: los insectos, la perra que parirá ahí a sus cachorros, la gallina, las plantas que cubrirán huecos entre vigas. Y entonces el cruce de voces cobra su sentido: el de la casa (que ha contado su propia historia), el de los Lucena (que desaparecen sin que nadie los reclame), el de los espectros (que hablan al aire para decir que ellos también tienen una vida contable) y el de las voces de los animales (que se entrecruzan y se confunden "en el abrazo del espina").
Con una suavidad más que notable, Almada ha sabido narrar con la mano firme de la poesía el tiempo robusto y violento de una historia cuyas voces delimitan un espacio seco que de tan frágil se ha vuelto resistente.

Una casa sola
Selva Almada
Random House
160 páginas
18,90 euros
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