Opinión | DAME UNA NOCHE

Escritor.
Un libro al año
Escribir incluso una obra en toda la vida será mucho o poco en función de quién se elija para que lo juzgue

El prolífico Georges Simenon, en pleno proceso de escritura. / EP
Me pregunto si publicar un libro al año es demasiado. ¿Eso quién lo dictamina? A lo mejor la respuesta depende de la clase de libro o de autor, de las exigencias que se marque, de en qué emplee el tiempo que no escribe, de las necesidades editoriales, de la aceptación de sus lectores... No hay muchos escritores que publiquen a ese ritmo, bien es cierto. Aquellos que lo consiguen trasladan la idea de que lo hacen casi sin sudar, como si se limitasen a ponerse cómodos y mirar cómo sus manos cargan con el trabajo sucio. Ni siquiera parecen despeinados al acabar.
En un festival en Girona, hace unos años, le oí contar a Amélie Nothomb que ella no solo publica un libro por año, sino que guardaba 20 inéditos en un cajón, o en varios cajones, esperando su turno. Más rápido que Nothomb avanzaba Georges Simenon, que no acostumbraba a emplear más de 11 días en escribir sus novelas. Su inmersión en la escritura era tal, que su cuerpo no aguantaba más que ese tiempo, al cabo del cual el libro debía estar acabado. En cierta ocasión, Alfred Hitchcock lo llamó por teléfono, y le respondieron que el señor Simenon no podía ponerse porque acababa de empezar una novela. El cineasta, que conocía la inclinación al encierro del novelista, pero también el poco margen que le llevaba acabar una novela, respondió: "Bueno, espero".
Al otro lado estarían los escritores lentos, que se toman dos, cinco, incluso diez años en acabar su obra. Los hay. Tampoco está del todo claro si eso es lentitud. "Yo escribo dos frases por semana", decía el escritor egipcio Albert Cossery. El resultado fue un libro cada 10 años. En cambio, dedicaba dos horas diarias a prepararse, ya que tampoco era de los que escribían en zapatillas y bata. Elegía traje, pañuelo, lustraba los zapatos, se peinaba con esmero. Después de todos esos prolegómenos, redactaba unas pocas palabras, daba el día de trabajo por amortizado y se iba a la calle.
Supongo que la literatura no es el único asunto importante que se traen entre manos estos autores, y por eso tardan, ocupados como están en vivir. En la tercera temporada de 'The Wire', el detective Lester Freamon le explicaba a Jimmy McNulty, de homicidios, que el trabajo no lo iba a salvar. Todos los casos se acababan cuando le ponían las esposas al culpable. "Necesitas algo más fuera de la oficina. Necesitas una vida. Es lo que hay mientras esperas momentos que nunca llegan", le hacía ver.
Unas pocas veces, 10 años es el tiempo mínimo para escribir ciertas obras. En 1770, cuando Immanuel Kant fue nombrado profesor de Lógica y Metafísica en la Universidad de Königsberg, escribió su disertación inaugural, y a ese texto lo sucedió una década de ausencia, en la que estuvo buscando soluciones. Se aisló del mundo, buceó en el tiempo y en 1781 retornó con la 'Crítica de la razón pura', nada menos.
En la lógica del mercado, a la que la literatura hoy es menos ajena que nunca, un libro al año, o uno cada dos, cinco o veinte, incluso uno en toda la vida, será mucho o poco en función de quién elijas para que lo juzgue. Hay escritores que nos han dejado un único libro, y resultó suficiente, incluso inagotable. ¿Es poca cosa? Queda la duda. Me acuerdo del Francisco Umbral de 1977, cuando publicó 'La noche que llegué al café Gijón', 'Teoría de Lola', 'Diccionario para pobres', 'Tratado de perversiones', 'La prosa y otras cosas', 'Las Jais' y 'El hijo de Greta Garbo'. ¿Mucho? A ver…
Después están los escritores en los que se confunde lentitud y rapidez. César Aira, pongamos. Completa una "paginita" al día, como la llama él. Bastante poco. Pero como no falla nunca, y el año tiene 365 días, y sus novelas son breves, algunos años publica hasta cinco o seis libros. Es decir, mucho y poco a la vez.
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