CRÍTICA
'Que tenga una casa', de Florencia del Campo: casa, cuerpo y lenguaje
La autora desborda talento constructivo en un libro híbrido, que termina emparentando escritura y refugio

La escritora Florencia del Campo, autora de 'Que tenga una casa'. / LNE
La casa como espacio vivido y como contenedor simbólico convierte la memoria en una función tanto espacial como anímica. Quizá nadie haya cartografiado con más agudeza este territorio, físico pero también intangible, que el pensador Gaston Bachelard, revelador de esa imaginación poética que cualquier casa encierra. Una breve fórmula expresa esta idea con rotunda y límpida fuerza: "La casa es uno de los mayores poderes para los pensamientos, los recuerdos y los sueños del hombre".
La escritora argentina Florencia del Campo ha explorado este mapa de los afectos y de la inteligencia, este contenedor de contenedores inaudito, en un libro sin duda importante, él mismo un híbrido entre razón y emoción, ensayo y ficción, titulado 'Que tenga una casa'. Un libro que desborda talento constructivo, como si la propia escritora se hubiera empeñado en mostrar los entresijos del arte de la arquitectura, pero que no olvida, al tiempo, esa suma de detalles (esmero en la epifanía, retrato de caracteres, la ironía como destilado de la sagacidad) que conforman el atrezo que distingue a una casa (y hay muchas casas en este libro: propias y ajenas, de madres y de amantes, compradas y usurpadas, radiantes y severas, exiguas y magníficas, urbanas y rurales) de otra, hasta sancionar en su singularidad cada espacio en el que hemos vivido y amado, temido y sufrido, para ser una mujer, o ninguna mujer, o distintas mujeres, o todas las mujeres.
Casa, cuerpo y lenguaje forman el triángulo de privilegio de este notable texto. Florencia del Campo transmite ese marco con precisión y elegancia: "La casa es un sistema de objetos puesto en funcionamiento a través de la convivencia, que implica movimientos y habla. Este pacto es indestructible aunque la familia sea destrucción […]. En el sistema familiar no se rompe el código de esta manera. El pacto implícito por preservar el código es lo que hace posible la supervivencia cotidiana. (Y en última instancia, hace posible la humanidad). Si este sistema no estuviera protegido, entonces sería el estallido, el desarraigo, la orfandad. Y luego, la casa en polvo".
Esa tensión entre la intemperie (la no casa) que siempre acecha y el refugio que prestan unas llaves y un techo (aunque la autora precisa que "no hay una estructura para la libertad sin renuncia)" organiza el material narrativo de un libro que, en el límite, admite ser leído como una autobiografía en clave de ocupación. Somos los lugares donde hemos vivido. Somos las paredes que nos contienen, los objetos que acumulamos, los paisajes sublimes o carcelarios que dispensan nuestras ventanas. Y en ese cotidiano esfuerzo por significarnos a partir del lugar donde sucedemos, la metáfora de la casa como cuerpo (y del cuerpo como casa) presta su impronta a nuestro paso por lo habitable. Pues, en definitiva, 'Que tenga una casa' acaso no sea otra cosa que un ímprobo y, a la vez, delicado esfuerzo por aprehender la vida, negro sobre blanco, en esa otra casa hecha de silencios y palabras que es toda escritura.

Que tenga una casa
Florencia del Campo
Candaya 160 páginas, 17 euros
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