CRÍTICA
'Tinta y sangre', de Han Kang: relato fragmentado
La premio Nobel surcoreana cuestiona la búsqueda de la verdad y la posibilidad misma de alcanzarla en esta novela

La escritora Han Kang, autora de 'Tinta y sangre'. / Ferran Nadeu

Descubrir, tras la lectura de ‘Tinta y sangre’, de Han Kang (Literatura Random House, 2026), que esta novela fue escrita —o al menos publicada— originalmente después de ‘La vegetariana’, reorienta su lectura más de lo que podría parecer. La obra que consolidó internacionalmente a la autora ya contenía, en su segunda parte, una atención singular al arte: una escena de dos cuerpos desnudos cubiertos de pintura y dispuestos en una coreografía filmada permanece fijada en el imaginario de muchos de sus lectores.
Esa continuidad imaginaria se activa en el arranque de 'Tinta y sangre', donde aparece Seo Inju, pintora reconocida cuya muerte en un accidente activa el relato. Su amiga Lee Cheonghee se reúne con el crítico de arte Kang Seogwon para interrogarle sobre unas obras halladas en el taller de la artista. Él sostiene la hipótesis del suicidio y trata de inscribir esas piezas en una lectura cerrada de su trayectoria final; ella, sin embargo, sabe que no son obras originales, sino reproducciones de una serie anterior pintada por el tío de Inju.
A partir de ese punto, la novela desplaza su foco hacia un entramado en el que lo artístico convive con otras dimensiones del relato. Han Kang articula un conjunto de capas donde la amistad entre mujeres, la enfermedad, la memoria y un sustrato científico —astrofísica, tiempo, espacio— aparecen como capas que se superponen en la reconstrucción de la historia. La narración se organiza mediante una estructura fragmentaria, basada en saltos temporales que impiden una cronología estable y obligan a reconstruir la figura de Inju de forma discontinua.
Perspectiva parcial
Esa fragmentación se prolonga en el tratamiento de la voz narrativa. En ciertos capítulos, el texto reduce el intercambio a una mitad de la conversación, dejando al lector ante una comunicación incompleta que explicita los límites de lo perceptible. La primera persona de Lee Cheonghee organiza la focalización dominante, pero esa centralidad no garantiza acceso a la verdad: todo lo narrado aparece filtrado por una perspectiva parcial que selecciona y omite.
Han Kang articula un conjunto de capas donde la amistad entre mujeres, la enfermedad, la memoria y un sustrato científico aparecen como capas que se superponen en la reconstrucción de la historia
En este contexto, la disputa interpretativa entre la narradora y el crítico de arte no funciona únicamente como conflicto argumental, sino como eje estructural de la novela. La figura del crítico encarna la pretensión de fijar sentido y estabilizar la lectura de las obras y de la vida de Inju, mientras que la resistencia de Cheonghee no propone una alternativa verdadera, sino la exposición de los límites de cualquier reconstrucción. La novela desplaza así el problema desde la interpretación hacia una cuestión más radical: la imposibilidad de fijar una versión plenamente objetiva de los hechos.
'Tinta y sangre' desactiva la idea misma de investigación como acceso a la verdad: cuanto más se indaga, más evidente se vuelve que no hay un centro al que llegar. La novela no resuelve ese límite, ni parece interesada en hacerlo. Antes bien, lo convierte en su materia misma: la imposibilidad de conocer completamente lo ocurrido no bloquea la narración, sino que es precisamente lo que la pone en marcha. La búsqueda, la pregunta, la necesidad de comprender –frente a la imposibilidad de hacerlo plenamente– encuentran aquí su forma y su sentido.

Tinta y sangre / Tinta i sang
Han Kang
Literatura Random House / La Magrana
Traducción de Sunme Yoon / Héctor López Bofill y Hye Young Yu
312 / 392 páginas
22,90 euros
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