REPORTAJE
El tiempo, el tema literario de nunca acabar
Libros recientes como 'Cronofobia', de Sergio C. Fanjul, '¡Adelante, Cronófobos!', de Diego Garrido, o 'Juvencolía', de Silvia Herreros de Tejada, reflexionan sobre el discurrir del tiempo y las inquietudes que suscita, aunque no se trata de una fijación novedosa, ni mucho menos

Fotograma de la adaptación al cine de 1986 de la novela de Michael Ende 'Momo'. / EP
¿En qué piensan los adolescentes? Es una pregunta con múltiples respuestas que probablemente incluyan temas como los estudios, el cambio climático, los mejores lugares para salir de fiesta, el sexo o los festivales de verano. El futuro también es candidato a aparecer en el listado, pero el miedo al paso del tiempo no parece una preocupación muy propia de un adolescente. Sin embargo, el periodista y escritor Sergio C. Fanjul empezó a los 14 años a cavilar sobre el asunto mientras sus amigos le decían que dejase de darle tantas vueltas y se dedicase a vivir. Un “no te ralles, tío” de manual que no tuvo mucho efecto porque ahora ya está en la mediana edad y sigue en las mismas, aunque ha conseguido sacar algo de provecho con su temor: ha escrito el libro 'Cronofobia', recién publicado en Arpa Editorial.
Después de tres décadas con ese temor al calendario, Fanjul no sabe muy bien cómo ha hecho para no perder la cabeza. “La cronofobia es una condición fastidiosa, pero no inhabilitante del todo”, dice, aunque señala que un aracnofóbico puede separarse de las arañas o alguien con vértigo tiene la opción de no subirse a las alturas, pero nadie puede desligarse del tiempo. Así que al cronófobo no le queda otra alternativa que “entretenerse, distraerse, entrar en estado de flujo, tomar drogas que te alejen de la realidad. Pero el tiempo siempre está pasando”.
Esa es una de las primeras lecciones de su ensayo, que incluye experiencias personales, referencias a otras obras literarias del mismo tema, datos científicos, argumentos filosóficos o fragmentos de entrevistas realizadas a otros. Como por ejemplo la que le hizo al cantante y escritor Mikel Erentxun, exvocalista de Duncan Dhu (los de: “Hoy podrás beber y lamentar/ Que ya no volverán/ Sus alas a volar/ Cien gaviotas, ¿dónde irán?”), que descubrió en esa conversación que lo que le sucedía tenía un nombre: cronofobia. Se emocionó tanto al recibir, por fin, un diagnóstico que llamó a su mujer en ese mismo momento para explicárselo.
Una sensación común
“Creo que un acierto del libro es tratar un tema que tiene un público potencial del 100%. ¿A quién no le incumbe? Después de su publicación he recibido muchísimos mensajes de gente que es cronófoba, pero que no le ponía nombre”, sostiene Fanjul. Ahora que su círculo social ya empieza a peinar canas, se siente “más acompañado”. Él comenzó de forma precoz, pero cree que la suya es una sensación común de la mediana edad porque “las personas se dan cuenta de su propia finitud, de que no somos eternos, de que, con suerte, hemos consumido la mitad de nuestras vidas”.
(En la mediana edad) Las personas se dan cuenta de su propia finitud, de que no somos eternos, de que, con suerte, hemos consumido la mitad de nuestras vidas
Diego Garrido, autor de la novela '¡Adelante, Cronófobos!' (Anagrama), fue consciente de que hay un ‘final’ que espera a todo ser viviente cuando solo tenía cuatro años. Mientras esperaba a que su madre comprase una barra de pan sentado en el coche aparcado en doble fila, el niño entendió súbitamente que “morir, como hacían los demás, quería decir exactamente que nada iba a existir más”, recuerda. Para él, ‘tiempo’ es un eufemismo de ‘muerte’, así que cuando se habla de uno se habla de lo otro, lo que es muy difícil de aceptar para los humanos. “Creo que, esencialmente, vivimos en virtud de un olvido: que nos vamos a morir, que vamos a dejar de existir y con nosotros todo, para siempre. ¿Cómo se come esto? ¿Qué significa para siempre? No lo sabemos, no podemos saberlo”, sostiene.
A Silvia Herreros de Tejada no le quedó otra que aprender a relacionarse de forma llevadera con la fugacidad de la existencia cuando le diagnosticaron cáncer de mama a los 48 años. De golpe, la mortalidad dejó de ser una idea abstracta y cobró forma de células desbocadas. “Durante los largos meses de enfermedad me brotó una sensación muy nítida de melancolía por la persona que yo había sido ‘antes’, cuando me consideraba ‘joven’”, comenta. De ahí nació el término ‘juvencolía’, que es el sentimiento “que aparece cuando descubrimos que la juventud quizá no era solo una etapa, sino también una ficción que nos seguíamos contando sobre nosotros mismos”, desarrolla Herreros de Tejada. Su libro 'Juvencolía: Sobrevivir al hechizo de la juventud eterna' (Debate) lleva unas semanas en las librerías. Otro título nuevo sobre el paso del tiempo, aunque, según explica la autora, “si la cronofobia mira hacia delante con pánico, la juvencolía mira hacia atrás con melancolía”.
El tic tac es político
En 1973, el escritor alemán Michael Ende publicó 'Momo', una novela dirigida al público infantil y juvenil que trata, precisamente, sobre el tiempo. En su momento, algunos la interpretaron como una crítica al capitalismo que hace que el tiempo solo tenga valor si se utiliza para algo productivo. Ahora se lee casi como una profecía. Momo, la niña protagonista, ve cómo los hombres de gris que trabajan para el Banco de Tiempo manipulan a toda la ciudadanía para convencerles de que ahorrar segundos les proporcionará un futuro mejor. Pasar el rato sin hacer nada más que jugar, disfrutar con los amigos o inventar historias se considera a partir de la aparición de estos captadores de clientes como un derroche y la sociedad se esfuerza por trabajar todo lo que puede para ahorrar. “Pero el tiempo es vida. Y la vida reside en el corazón. Y cuanto más lo ahorraban los seres humanos, menos tenían”, escribió Ende, autor de otros clásicos de la literatura como 'La historia interminable'.
En 1973 Michael Ende publicó 'Momo', una novela dirigida al público infantil y juvenil que algunos interpretaron como una crítica al capitalismo que hace que el tiempo solo tenga valor si se utiliza para algo productivo
Esa idea del pensador alemán coincide con la de Sergio C. Fanjul acerca de que el tiempo es una cuestión política. “El movimiento obrero, por ejemplo, nació con claras reivindicaciones temporales: una jornada laboral asumible. Seguimos en esas, luchando por reducir la jornada, en mitad de grandes controversias”, manifiesta. Para el ovetense, “la derecha se ha apropiado del término libertad, una libertad a mi juicio adolescente, pero ¿qué libertad más grande hay que tener más tiempo libre y mayor salario?”, sostiene, y concluye: “La izquierda debe disputar el término, y la lucha por el tiempo es una manera idónea de hacerlo”.
Los comerciales del Banco del Tiempo imaginado por Ende prometen una mejora vital a sus potenciales inversores si utilizan bien su capital temporal. Para Silvia Herreros de Tejada esto se aplica en la realidad actual a la imposición social de mantener la juventud pese a que las manillas de los relojes no paren de dar vueltas. “No basta con haber sido joven: se espera que sigamos siéndolo simbólicamente, en la apariencia, en la energía, en el deseo, en la curiosidad, en la promesa de que siempre hay algo más por empezar”, señala. Y prosigue: “Eso introduce una tensión constante en nuestra relación con el tiempo. Porque envejecemos comparándonos constantemente con un ideal de juventud y claro, acabamos perdiendo, y aparece la juvencolía. El problema cronófobo ya no es solo que la vida tenga un final, sino que vivimos en una cultura que ha convertido la juventud en uno de sus grandes mitos”.
Una inquietud milenaria
Casi parece que se ha iniciado una tendencia a reflexionar y escribir sobre el discurrir del tiempo y las inquietudes que suscita, pero no es una fijación novedosa, ni mucho menos. Diego Garrido indica que la cronofobia es una patología “antiquísima” –en su novela se habla de ella con ironía precisamente por eso– y, de hecho, es “el motor mismo de toda la metafísica, que es la creación del absoluto, una invención pura y dura”. Asimismo, sostiene que: “Platón se inventó un mundo de ideas porque no aceptaba la muerte. Las religiones lo mismo. Quizá incluso el homo erectus, con los primeros ritos funerarios, tuvo ya la intuición, la insatisfacción”.
Platón se inventó un mundo de ideas porque no aceptaba la muerte. Las religiones lo mismo. Quizá incluso el homo erectus, con los primeros ritos funerarios, tuvo ya la intuición, la insatisfacción
Fanjul está convencido de que los humanos tenemos “unas relaciones conflictivas con lo temporal. Hay una sensación de futuro abolido que nos lleva a una nostalgia enfermiza. El presente parece eterno, vivimos en un presente ubicuo”. Gestionar la cotidianidad se ha convertido en un problema, el estrés y la ansiedad están a la orden del día y la frase ‘no llego a todo’ casi parece un lema. Además, está la tecnología “que no nos permite estar atentos a lo que acontece en el instante y que nos tira de la manga constantemente”, afirma y añade que “la muerte, el fin del tiempo personal, es un tema tabú. Es decir, nuestras relaciones con el tiempo son desastrosas lo mires por donde lo mires”.
Para Garrido, las personas pensamos “con más soberbia que sumisión” que la ciencia y la tecnología nos harán inmortales y la finitud “será un mal sueño”, pero también cree que “vendrán tiempos peores, porque el curso o la aceleración de la civilización es imparable”. De hecho, el escritor concluye que “lo que es seguro, en cualquier caso, es que a nosotros, como a los dinosaurios o a los neandertales, nos toca unirnos a la mayoría: a los muertos. Vamos al mismo saco que nuestra abuela o un diplodocus”. Se tenga cronofobia o no.
Otros intentos de escribir el tiempo
Desde Agustín de Hipona hasta Juan José Millás: la historia de la literatura está plagada de libros que tratan sobre el tiempo, tanto de manera explícita como conceptual. Imposible no mencionar a Marcel Proust con 'En busca del tiempo perdido' y su dichosa magdalena mojada en el té, o el 'Ulises' de James Joyce. Diego Garrido se declara fan de Proust y también menciona 'Ada' de Nabokov, 'Zibaldone' de Leopardi o la saga de los Glass de Salinger. Para Silvia Herreros de Tejada, 'La señora Dalloway' de Virginia Woolf capta su concepto de ‘juvencolía’ de manera “magistral y efervescente”, aunque si tiene que mencionar un título sobre el paso del tiempo escoge “'Peter Pan', de J. M. Barrie, el gran mito moderno sobre la eterna juventud”.
El libro de Sergio G. Fanjul está plagado de referencias como 'No tengo tiempo. Geografías de la precariedad', de Jorge Moruno; 'Me acuerdo', de Georges Perec; 'Neuromante', de William Gibson o 'El volumen del tiempo', de Solvej Balle, la obra de siete tomos de la que Anagrama ha publicado las tres primeras entregas. El autor de 'Cronofobia' no necesitó esforzarse demasiado para encontrar obras en las que apoyarse, porque como cronófobo desde la adolescencia “es la documentación de toda una vida, siempre he leído sobre el tema, por interés personal, no para escribir un ensayo”. Un tiempo bien aprovechado.
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