Opinión | LiterNatura
Violeta Serrano
En la sierra que ardió
David Muñoz Mateos, formado en la Fundación Antonio Gala, escribe con agilidad y con la precisión de quien conoce a la perfección el lenguaje

El escritor David Muñoz Mateos. / Rubén Ruiz
Hay un narrador que necesita saber la historia de Samuel, como si su vida fuese a la vez un enigma necesario para comprender este mundo que se nos escapa de las manos. Ese narrador es alguien que vivió su infancia y juventud con él y ahora, con ganas de escribir una novela, decide tomar a aquel viejo compañero como parte central de su relato. Y lo hace generando un híbrido entre la novela y el ensayo que, al mismo tiempo, es una elegía frente a un espacio que se nos muere: la España olvidada.
El lugar de donde el autor procede y por eso sabe que el Planeta es enorme pero, al mismo tiempo, puede comprenderse en parcelas mínimas, en fragmentos concretos, como la Sierra de la Culebra, en Zamora, que ardió como solo pueden hacerlo las cosas hermosas que quedarán en nuestra memoria para siempre.
Samuel, el personaje principal de esta historia, es un niño feral, criado en la naturaleza, a medio camino entre humano y fiera. Un niño que se hace adulto y no encaja en la sociedad que pretende convertirlo en uno más, integrarlo. Pero no es posible: no pertenece a esa lógica. Creció escuchando el instinto salvaje que te alerta cuando un ruido enturbia la noche o el viento te indica lo que está por venir según desde dónde y a qué velocidad. Samuel es un sabio sin universidad, un rey sin corona: su vida plena no consiste en sentirse seguro entre cuatro paredes y un techo donde guarecerse.
Su felicidad está bajo las estrellas, a la intemperie, sin miedo ni piedad. Respeta tanto a los animales que solo él es capaz de matar a los que más temen quienes se dicen grandes hombres mientras enarbolan escopetas y llenan el buche de alcohol para sentirse valientes. Los lobos fueron su guarida y refugio, por eso mismo él sí sabe cómo encontrarlos y, si es necesario, acabar con ellos desde el respeto de quien vivió a su lado. Samuel sabe mucho más de lo que puede expresar y en esa virtud que pocos destacan se fija el narrador de esta historia.
Un narrador que tiene muchos rasgos similares al artífice de esta bellísima novela: David Muñoz Mateos, formado en la Fundación Antonio Gala en su décima promoción y ya autor de otra novela publicada en 2016 por Caballo de Troya: 'Felipón'. Nació en Zamora en 1988, se formó muchísimo y luego se fue para perseguir un éxito que se convirtió en cenizas, igual que los paisajes que dejamos atrás. Hoy escribe desde un París que tal vez sea ajeno y gris pero desde el que nos regala la virtud de su trabajo: se agradece, y mucho.
Muñoz Mateos escribe con la precisión de quien conoce a la perfección el lenguaje, como un espejo inverso a quien quiere dar el protagonismo en esta historia: el niño feral Samuel. Tal vez por su condición de traductor, toma las decisiones correctas en un texto que está lleno de desafíos. No solo debe dar voz a quien apenas tiene lenguaje y transmitir desde esa dificultad todo lo que implica una esencia tan fascinante como la de este personaje, a medio camino entre lo humano y lo animal, un ser híbrido, sino que logra describir un escenario en ruinas con el punto justo de temeridad y belleza.
No es fácil, pero la naturaleza se nutre en realidad de ese equilibrio: Muñoz Mateos escribe con la misma agilidad con la que su personaje, Samuel, domina el monte. Y caminar a través de sus páginas es un placer similar al de ver atardecer desde el valle en el que cada noche yo misma recojo mis sueños para despertarlos de nuevo cuando la montaña se muestra bajo el nuevo sol, impertérrita ante nuestro desconcierto de humanos, apenas eso, humanos.
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