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CRÍTICA

'La chica más lista que conozco', de Sara Barquinero: los límites del discurso de la razón

La autora se ratifica como una de las autoras más brillantes del momento con su última novela

Sara Barquinero: "Invisibilizar realidades como el suicidio no hace que las personas deprimidas lo olviden"

La escritora Sara Barquinero, autora de 'La chica más lista que conozco'.

La escritora Sara Barquinero, autora de 'La chica más lista que conozco'. / José Luis Roca

Anna Maria Iglesia

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Barcelona
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Tras la ambiciosa 'Los escorpiones', las expectativas eran inevitables. Aunque no era una novela perfecta, es incuestionable su ambición literaria, poco común en un panorama literario donde abunda la homogeneidad y la reiteración de fórmulas. A priori, 'La chica más lista que conozco', la nueva novela de Sara Barquinero (Zaragoza, 1994), puede parecer menos ambiciosa por el hecho de que aquella respondía al intento de construir una novela total sobre el tiempo presente poniendo el foco en las redes sociales, los discursos conspiranoicos, el individualismo y el miedo y la culpa como estrategias del discurso neoliberal.

Sin embargo, no hay que engañarse, porque la ambición no falta en 'La chica más lista que conozco', obra que no se inscribe en ningún género concreto, sino que participa de varios, lo que obliga a plantear distintos acercamientos críticos para sacar a la luz no solo los distintos niveles de lectura -como diría Umberto Eco- que propone, sino los diferentes sustratos discursivos que la conforman.

El espacio es limitado, así que no cabe otra que concisión. Por un lado, se puede leer 'La chica más lista que conozco' como un 'bildungsroman' en torno a una joven que llega a la gran ciudad para estudiar en la universidad y que dialoga con obras como 'Nada' de Carmen Laforet, 'Julia' de Ana María Moix y 'Una chica en la ciudad', el último trabajo de Mercè Ibarz. Por otro, la inscripción dentro de esta estela narrativa no puede hacernos pasar por alto el abierto diálogo que Barquinero establece con la tradición anglosajona de la novela de campus: aquí encontramos a Kingsley Amis, Mary McCarthy y David Lodge, cuya novela 'El mundo es un pañuelo' es una irónica y ácida crítica al mundo académico y sus dinámicas.

Disección de las luchas de poder

Como en parte en Lodge, a través de la experiencia de Alicia, que llega a Madrid para estudiar filosofía, la autora disecciona con ironía sutil las rencillas, las luchas interdepartamentales, los abusos y las luchas de poder escondidas y justificadas por supuestos debates teóricos inexistentes… No obstante, este es solo el punto de partida de Barquinero, que, si bien opta por un narrador externo, convierte a Alicia en una especie de testigo de todo, como lo es el protagonista de 'Todas las almas' de Javier Marías.

A Barquinero no le interesa detenerse en los conflictos en sí del mundo universitario, sino en cómo estos son síntoma y consecuencia de un tiempo y un contexto muy concreto

Lo que le interesa a Barquinero no es detenerse en los conflictos en sí del mundo universitario, sino en cómo estos son síntoma y consecuencia de un tiempo y un contexto muy concreto. De ahí que ponga el acento en el discurso amoroso y sus contradicciones. Y cabe hacer énfasis tanto en el término 'discurso' como en el adjetivo 'amoroso', porque van juntos, pero, al mismo tiempo, se separan en cuanto –y aquí cabe necesariamente citar a Borja Bagunyà con 'Los puntos ciegos' y a Raquel Taranilla con 'Noche y océano' finalmente la pregunta en torno a la cual gira la novela es la capacidad del discurso, en este caso filosófico, no solo de ordenar, sino de dar coherencia y sentido a las ideas que defiende y que, sin embargo, no tienen correlación en la realidad.

Asimismo, Barquinero estructura la novela sobre el modelo del tratado kantiano. La voz narrativa se desdibuja y es el texto, en su carácter dialéctico, el que va sacando a la luz las aporías del discurso racional, que fracasa en su intento de ordenar la dimensión amorosa –pensemos aquí en Roland Barthes– y las lógicas de poder expresadas a través del abuso sexual.

Dichas lógicas –y aquí la escritora es particularmente crítica con ciertos discursos de la izquierda– se replican a pesar del marco discursivo-ideológico que las envuelve. "Tuvo la intuición de que, cuando ella misma pensase en la felicidad de sus años universitarios, se acordaría justamente de ese primer curso en el que creían que iban a revolucionar el pensamiento", pero no hay revolución posible ante el fracaso de un lenguaje hecho de excesos retóricos –Barquinero es brillante en hacer del estilo la expresión de la idea–, de palabrería y referencias, pero incapaz de hacer frente a las distintas dimensiones del mundo y del individuo, cuyas prácticas y pulsiones escapan de ese supuesto orden del discurso.

Barquinero firma una excelente y compleja novela y se reafirma como una de las autoras más brillantes de su generación.

La chica más lista que conozco

Sara Barquinero

Lumen

448 páginas

22,90 euros