Opinión | ALTA FIDELIDAD
Laura Barrachina
Hombres frente al espejo
Al tristemente desaparecido exministro de Cultura José Guirao le hubiera encantado el nuevo disco de Bill Callahan

El exministro de Cultura José Guirao, fallecido el 11 de julio de 2022. / José Luis Roca
A veces me acuerdo de José Guirao, ministro de cultura, en la sala de las musas del Museo del Prado, al mando de una mesa de mezclas, pinchado canciones de Madonna para celebrar el bicentenario de la pinacoteca y se me escapa una sonrisa, como a él aquel día que parecía estar revisando una mañana de reyes. A Pepe, como le llamaba todo el mundo, le quería también todo el mundo.
Era cultísimo, discreto, elegante y amable. Estaba aquí por la belleza y para que todos pudiéramos encontrarla accedió a los despachos. Tomaba distancia de ellos en su jardín japonés de la Vera, escribiendo sin decírselo a casi nadie, como si le avergonzara pretender hacer lo mismo que sus admirados y amigos José Ángel Valente o Juan Goytisolo.
Poco antes de morir en 2018 como consecuencia de un cáncer, Pepe les explicó a algunos amigos, entre ellos Carlos Alberdi, dónde tenía algunos textos con los que ellos sabrían qué hacer. Uno de ellos es ahora una novela publicada por Pre-Textos, 'Las aguas de la noche', en la que hay mucho material autobiográfico, paisajes de su infancia en Pulpí, deseos, frustraciones y pensamientos.
Todo texto tiene algo de retrato, como lo tienen las palabras que elegimos para comunicarnos o las que desechamos, todo habla por nosotros, como por Guirao hablaban sus ojos claros y alegres, su cadencia al hablar y al andar, con la cabeza erguida, digna, pero no orgullosa.
Ahora esta novela también ejerce de autorretrato y, en cierto modo, de testamento del hombre que murió demasiado joven, tenía sesenta y tres años, esa edad entorno a la que, observo, hay un cuestionamiento existencialista, un regreso al pasado, más abultado que el futuro que espera.
Aunque al almeriense le gustara Madonna y la alegría del 'funky' que pinchó aquella tarde en el Museo del Prado, sé que estos días estaría disfrutando del nuevo e introspectivo disco de Bill Callahan 'My days of 58'. Hace unos años, el músico estadounidense fue diagnosticado de cáncer de colon y cuenta que, aunque no tuvo que someterse a ningún tratamiento más allá de una exitosa operación, esta experiencia, junto con la cercanía de su sesenta cumpleaños, le marcó profundamente.
Fruto de aquellos días es este trabajo hermosísimo en el que se examina frente al espejo, se mira a cada arruga, a cada cicatriz y les pregunta de dónde vienen y para qué sirvieron, no necesariamente con nostalgia o dolor, pero siempre con la cruda constatación de que la vida deja marcas.
A lo largo del disco, Callahan se cuestiona de diferentes maneras qué es un hombre, qué es ser un humano, pero también como persona de sexo masculino hoy en día, cómo debería ser, cómo querría él ser, como dice en 'The man I’m supposed to be', en la que repite que no quiere ser quien es, sino quien debería ser, el deseo que tiene de entrar de nuevo en la habitación siendo la persona que esperan de él.
En este álbum hay un puñado de canciones bien alegres como 'Highway born' en la que se confiesa un músico errante, apasionado de las autopistas y los viajes, pero Callahan ha elegido cerrarlo con tema que roza ser un mantra de meditación, por su sonido y por su letra, 'The world is still' que en realidad engancha perfectamente con el primero, en una circularidad budista que, estoy convencida, hubiera hecho sonreír a Pepe, así vuelvo a verle ahora.
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