CRÍTICA
'La penúltima hora', de Salman Rushdie: el pirata de las palabras
El autor convierte los cinco relatos de este libro en una discusión ética de altura en tiempos saturados de oscuridad
Entrevista a Salman Rushdie: "El odio no es una fuerza creativa, es mejor abandonarlo"

El escritor Salman Rushdie, autor del libro de relatos 'La penúltima hora'. / Ferran Nadeu

Nadie sale indemne de la ejecución tardía de una fetua, de 15 puñaladas a traición, de la pérdida de un ojo, por mucho que haya escrito un libro para exorcizarlo. Así las cosas, 'Cuchillo' no fue el único efecto secundario del atentado que casi acaba con la vida de Salman Rushdie (Bombay, 1947): 'La penúltima hora' también lo es, en la medida en que es la muerte la que reclama su espacio.
Veamos, por ejemplo, el primer cuento de esta colección de cinco, 'En el sur'. Trata sobre lo que ocurre cuando perdemos a nuestra sombra, esa con la que discutimos porque andamos pegados a ella día y noche. ¿Qué significa esa pérdida? Junior y Senior, vecinos, son la cara de una misma luna, un satélite que sabe que va a ser engullido tarde o temprano, literal o metafóricamente, por un tsunami. Pero cuando llega el tsunami, dice Rushdie, siempre es una sorpresa, nunca le tenemos preparada la alfombra roja.
Acaso esa pulsión de muerte, acuciada por una maldición recurrente, es una cuestión generacional, también presente en otros escritores británicos como el Julian Barnes de 'Despedidas'. Pero aquí no hay sentimiento de recapitulación o ajuste de cuentas, hay mirada hacia adelante. Prima, sobre todo, una mirada sobre el mundo que defiende la tolerancia, y que cree que aún es posible que el arte nos salve del despotismo ignorante de los populismos, de los policías del lenguaje.
El impulso de seguir creando
En estos relatos hay ecos de los 'Versos satánicos' y de 'Hijos de la medianoche', y los escritores vuelven, en 'Finado', en forma de fantasma para buscar a su alma gemela, en la figura de una alumna que se siente desaparecer, muerta en vida, hasta que ordena los archivos del espectro. Fracasar no es una opción, nos dice Rushdie, porque incluso aquel escritor, que solo publicó una obra a los 25 años, nunca cejó en su empeño de seguir creando, como si ese impulso le hiciera vencer la idea de haber perdido todo su talento o le obligara a olvidarse de cómo había sido marginado por ser homosexual en una época en que estaba penado por la ley.
La urgencia de la prosa de estos cuentos demuestra que Rushdie sigue dispuesto a practicar una literatura de la resistencia
En 'La intérprete de Kahani' aparece una pianista prodigio, y en 'Oklahoma', que está protagonizado por otro escritor, Franz Kafka, y una pintura de El Bosco, 'La extracción de la piedra de la locura', ocupan un lugar capital en el relato. El arte es una de las formas más puras de esa libertad que se debate largamente en 'Finado' junto al concepto de bondad. Tal vez "ser libre era abandonar la idea de ser bueno", o quizás pensar eso era extremadamente mezquino. En definitiva, Rushdie convierte estos cuentos en una discusión ética de altura en tiempos saturados de oscuridad.
"Nuestras palabras nos fallan". La frase con la que se cierra 'El viejo de la piazza', el último relato y el más alegórico, resuena como un grito de auxilio. Poco antes, es la misma lengua la que se pone en pie y suelta un alarido, porque se siente indispuesta, porque "teme estar deteriorándose", porque piensa en la muerte. Rushdie tiene miedo de que el lenguaje desfallezca ante el fanatismo de la resignación y el conformismo, aquel que luce una sociedad que ha perdido la capacidad de decir "no". La urgencia de la prosa de estos cuentos demuestra que, apuñalado o no, como un pirata de las palabras, Rushdie sigue dispuesto a practicar una literatura de la resistencia.

La penúltima hora
Salman Rushdie
Traducción de Luis Murillo Fort
Random House
272 páginas. 21,90 euros
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