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CRÍTICA

'Un escándalo en Königsberg', de Christopher Clark: santos o santurrones en la patria de Kant

En este ensayo, el autor relata la injusta persecución de dos clérigos pietistas acusados por el poder de la Prusia Oriental de 1830 de predicar una religión fuera de "los confines de la razón"

El historiador Christopher Clark, autor de 'Un escándalo en Königsberg', visto por el ilustrador Pablo García.

El historiador Christopher Clark, autor de 'Un escándalo en Königsberg', visto por el ilustrador Pablo García. / Pablo García

Ramón Punset

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Christopher Clark (Sídney, 1960), catedrático de Historia en Cambridge, es muy conocido por obras como 'Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914' y 'Primavera revolucionaria. La lucha por un mundo nuevo, 1848-1849', soberbias. 'Un escándalo en Königsberg' no tiene semejante ambición, y en algunos aspectos debe reservarse el juicio riguroso de su autor ante la carencia de fuentes fidedignas, lo que además repercute en un déficit de sistematicidad del aluvión de materiales acarreados. Así lo demuestra la necesidad, para cuadrar el empeño, de unas "consideraciones finales".

No obstante, el estudio de la injusta persecución en Königsberg (entonces capital de Prusia Oriental), patria de Immanuel Kant, contra dos clérigos pietistas, Johann Ebel y Heinrich Diestel, durante la segunda mitad de 1830, constituye un ejemplo admirable de la complejidad analítica y el pulso literario que caracterizan el estilo de Clark. La obra no llega a las 200 páginas, pero, en tanto que cuadro histórico e intento de especulación psicológica, posee una riqueza de pinceladas y matices extraordinaria. Ciertamente, impresiona. Me pregunto cuántas veces habría que leer 'Un escándalo en Königsberg' para exprimir su proteico texto por completo.

A fin de comprender el drama sufrido por los dos honestos pastores, debemos consignar la extraordinaria susceptibilidad de los gobernantes prusianos de la época ante cualquier conducta que afectara a la unidad monolítica de la Iglesia evangélica. Algunos fieles protestantes que sentían un "despertar" de la conciencia religiosa, un renacimiento personal, menospreciaban abiertamente las instituciones confesionales oficiales.

En un contexto en que la práctica y la estructura institucional de la religión oficial iban cayendo poco a poco bajo el control del Estado, era muy probable, escribe Clark, que las fronteras entre la no conformidad religiosa y la resistencia política se desdibujaran. Toda desviación con respecto al rito de la Unión, crítica a la Iglesia oficial, intento de conservar las antiguas tradiciones luteranas o calvinistas o actividad potencialmente sectaria o separatista se interpretaba como un desafío.

Tensión entre razón y fe

Cuando Ebel fue a estudiar Teología a Königsberg, entró en un mundo impregnado de un racionalismo filosófico escéptico. La tensión entre la razón y la fe, entre la filosofía y la revelación, fue uno de los temas centrales de aquellos años de angustiosa iniciación. Para muchos, era una cuestión llena de urgencia y de dolor. Resolverla no era solo un problema teórico. Se trataba -aún hoy- de la búsqueda de un equilibrio personal fundamentado en la concordancia entre el mundo y las Escrituras, entre la libertad y la gracia.

Igual que otros, Ebel buscó esos bienes en una fuente marginal y esotérica: la doctrina del teósofo Johann Heinrich Schönherr. Según escribió, la buena noticia que recibió de este maestro fue que la razón y la revelación bíblica estaban en armonía. Poco importa aquí la atrabiliaria construcción de Johann Heinrich Schönherr sobre los dos "seres primordiales" que originaron el mundo, y su mayor o menor compatibilidad con el Génesis, no mucho menos singular como relato.

A criterio del gobernador provincial de Prusia Oriental, la de Ebel no era "una religión dentro de los confines de la razón" en el sentido kantiano, sino una razón dentro de los confines de la religión. Y, en efecto, al modo de ver de Ebel, la razón no era la precondición y la verificación legítima de la fe, sino la sierva y la herramienta de la fe religiosa. Por consiguiente, el entusiasmo religioso de los ebelianos, creía el gobernador, venía a ser una forma de 'pietisterie', de exceso pietista.

Ahora bien, como observa Clark, el apego a la razón suponía algo más que un compromiso abstracto. Era una modalidad de conducta con una fuerte dimensión performativa. Y la labor pastoral de Ebel, no su fundamentación teológica, resultó ser el motivo real de su injusta persecución. Ebel era un predicador empático, sobre todo entre las mujeres, que llenaban su iglesia, donde no había el aburrimiento de los sermones pronunciados a la manera racionalista, sino alegría cristiana.

Una de esas mujeres, la joven viuda Ida von der Groeben, nos deja un testimonio del papel desempeñado por el clérigo y de la alta calidad de su ministerio. Ida se hallaba aquejada de un temor religioso por considerar que no amaba suficientemente a Dios. A principios del siglo XIX, se reconocía la existencia de modalidades de melancolía religiosas. La mayor angustia se originaba en la idea de que los pecados del sujeto eran demasiados y demasiado graves para que Dios los perdonara. Sentimiento, además, que podía chocar con el Evangelio en los pasajes relativos al pecado contra el Espíritu Santo. Ebel curó a su parroquiana inculcándole la convicción de que tenía que aprender no a amar, sino a ser amada, lo que evidenciaba la profunda comprensión del pastor respecto del conflicto de Ida.

Resentimiento masculino

Esta "curación" acrecentó el prestigio de Ebel. Pero, en la mediación como consejero matrimonial y terapeuta 'avant la lettre', cada clérigo corría graves riesgos en una sociedad tan patriarcal. Lo propio les sucedía, por ejemplo, a los sacerdotes católicos franceses más o menos por la misma época: el papel del cura como la primera (y a menudo única) fuente de consejo y de consuelo para las mujeres con matrimonios desdichados era el causante de un profundo resentimiento entre los hombres republicanos.

"Nunca sabremos exactamente -dice Clark- qué consejos dispensaban Ebel y Diestel a los parroquianos que se encontraban en todo tipo de apuros, pero resulta llamativo que tantos varones los vieran como unos desestabilizadores de la armonía familiar que provocaban que las mujeres se distanciaran de sus maridos". Quizá podría ello deberse también, aventura el historiador, a que los esfuerzos de los pastores por reformar el impulso sexual y subordinarlo al amor y a la razón resultaban más atractivos para las mujeres que para los hombres. Hubo, pues, muchas quejas masculinas contra los dos clérigos, pero ninguna de una mujer. Ambos fueron calumniosamente acusados de sectarismo y depravación. Y no tuvieron un juicio justo.

Un escándalo en Königsberg. Noticias falsas en el siglo XIX

Christopher Clark

Traducción de Alejandro Pradera

Galaxia Gutenberg

200 páginas. 22 euros