Opinión | DAME UNA NOCHE

Escritor.
Escribir la guerra
A veces das con libros que se acercan más que otros al horror, como ‘Compañía K’, de William March

Un fotograma de la película ‘Compañía K’. / EP
Las guerras legan ruinas, muertos, vidas destrozadas, generaciones perdidas y, en un momento dado, novelas y poemas. La necesidad de contar va siempre más lejos que cualquier reacción humana ante la realidad. Difícil que una devastación la detenga. Es así: siempre después de las guerras habrá libros. Pasará también tras la guerra de Irán, como antes sucedió con tantas y tantas contiendas, desde la de los aqueos y los troyanos en adelante. Es facilísimo citar títulos porque muchos han alcanzado la condición de clásicos, obras maestras que resisten el paso de los siglos. Ninguna época tan pródiga, por supuesto, como los siglos XIX y XX, con sus guerras europeas, mundiales, civiles, etcétera.
Hay siempre una distancia imposible de recorrer entre vivir una guerra y leerla, obvio. Leerla sirve para hacerse una idea de su alcance. Idea lejana. No se puede aspirar a más: un relato es eso, una aproximación a lo que pasó realmente. Pero a veces das con libros que se acercan más que otros al horror. Me pasó con 'Compañía K', de William March, una especie de biblia de la Primera Guerra Mundial publicada en España por Libros del Silencio.
Estructurada en 113 capítulos breves, o momentos, es guerra pura y dura, sin distracciones. Hay que entender por guerra los momentos previos a la partida, cuando tu cabeza debe asumir la idea de la muerte probable y decir adiós; el periodo propiamente bélico, cuando mueres, o sobrevives matando al enemigo; y la posguerra, otro periodo encarnizado de lucha, en el que no sabes cómo quitarte las balas que oíste silbar cerca de tu cabeza.
Cada soldado de la Compañía K resume la guerra a su manera. Pero todas las maneras te «hablan» de un escritor que fue a la batalla, pisó los campos de combate, fue herido, mató, conoció atrocidades imposibles de escribir y que, sin embargo, escribió por encima de todas las dificultades. La poética de cada detalle es el certificado de autenticidad de la guerra. Marc fue infante del Quinto Regimiento de Marines de la Segunda División de EEUU.
Su testimonio abre la novela, años después del fin de la guerra, pensando en el libro que acaba de terminar. Empezó siendo un testimonio de su compañía, pero durante su transcurso cambió su propósito: "Quiero que sea un testimonio de todas las compañías de todos los ejércitos. Si el reparto y el fondo son norteamericanos, es porque el panorama norteamericano es el que mejor conozco. Pero los hombres sobre los que escribo podrían ser franceses, alemanes, ingleses o rusos".
Los soldados mueren fusilados, destripados por bayonetas, reventados por granadas, gaseados, ajusticiados por sus propios compañeros. Algunos se suicidan, incluso años después. La muerte está todo el tiempo presente. Y ni siquiera es heroica. En el relato del soldado Wendell, un capitán le ordena escribir a los familiares de cada uno de los fallecidos, y redacta cartas de condolencia. Concede a cada hombre una muerte gloriosa y romántica. Tras 30 cartas, decide escribir una en la que reluzca la verdad. "Estimada señora: Su hijo falleció innecesariamente en el bosque de Belleau. Le interesará saber que en el momento de su muerte estaba plagado de bichos y debilitado por la diarrea. Tenía los pies hinchados y podridos y apestaba. Vivió como un animal asustado, pasando frío y hambre. Entonces, el 6 de junio, le alcanzó un pedazo de metralla y sufrió dolores horrorosos mientras agonizaba lentamente. Pasó tres horas enteras entre gritos y maldiciones. No tenía nada a lo que aferrarse: había aprendido hacía tiempo que lo que usted misma, su madre, que tanto lo quería, le había enseñado a creer mediante unos sustantivos tan inanes como horror, valentía y patriotismo, era una enorme mentira…".
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