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Opinión | ALTA FIDELIDAD

Laura Barrachina

Madrid

Las Spice Girls de Mexicali

‘Donde termina el verano’, con la que Elma Correa ha ganado el Biblioteca Breve, es una novela inusual e inédita dentro de la genealogía fronteriza

Elma Correa, autora de 'Donde termina el verano', Premio Biblioteca Breve 2026.

Elma Correa, autora de 'Donde termina el verano', Premio Biblioteca Breve 2026. / Jordi Otix

La frontera entre México y Estados Unidos es una de las más activas del mundo, más de tres mil kilómetros de línea divisoria entre una costa y la otra. Una línea en ocasiones física compuesta por ríos, desiertos, fallas, muros de hormigón y una violencia incesante cuyo relato nos ha llegado –oh, sorpresa– generalmente escrito por hombres y desde su perspectiva de hombres.

Sin embargo, dado que una de las tristes características de la vida fronteriza es el feminicidio, es importante verla a través de la mirada de escritoras como Cristina Rivera Garza, Rosario Sanmiguel o, ahora, Elma Correa, ganadora del premio Biblioteca Breve 2026 por 'Donde termina el verano', una novela inusual e inédita dentro de esta genealogía fronteriza.

Estamos en los años noventa en Mexicali, unas de las últimas ciudades de México antes de la frontera con Estados Unidos, y Elisa y Aimé viven aún sin identificar del todo como amenaza el zumbido que las rodea, entretenidas con los paseos por el centro comercial y preocupadas por conseguir dinero para comprarse las zapatillas originales de las Spice Girls, pero también intrigadas por la vida de los asentamientos de inmigrantes que tienen cerca de casa, ajenas al peligro que va a marcar sus vidas al final de ese verano, llenándolas de culpa, rencor y miedo.

Con estos mimbres que la autora conoce bien, Elma Correa levanta una novela que recorre dos décadas llena de recovecos y sorpresas, desacomplejada y mestiza porque sabe beber tanto de su tradición literaria como de fuentes pop, de las telenovelas que ven sus personajes, de 'True Detective' o de la MTV. Es refrescante como lectora poder identificarse de algún modo con la idea de amistad de dos niñas en el Mexicali de los años noventa, comprobar que los sueños, equivocaciones y delirios de la adolescencia se parecen tanto en cualquier lugar del mundo, aunque se distingan en los temores y consecuencias según el contexto.

Globalización

Ayuda que esa infancia suceda a mediados de los noventa, son los años de la verdadera globalización, los años del 'Wannabe' sonando en cada dormitorio juvenil del planeta, el tiempo de las camisetas ajustadas y los ombligos al aire, ropa deportiva selecta y promesas imposibles de amistad hasta el fin de los días ("If you wanna be my lover you got to get with my friends").

En las calles del barrio de Mexicali en el que sucede la novela, en sus modestos salones, es fácil escuchar los corridos de Chalino Sánchez, Los cadetes de Linares, Los invasores del Norte que los hombres de las casas hacen sonar, pero en las habitaciones a puerta cerrada de las niñas, especialmente en la de Elisa, que está a punto de marcharse a triunfar como atleta al otro lado de la frontera, está sonando en la radio el 'Buddy Holly' de Weezer o el 'Common People' de Pulp. Sin embargo, cuando crezcan, cuando los acontecimientos, la dureza de la frontera y sus actos las separen, la música también desaparecerá como sucede tristemente en la vida de algunos adultos.

Porque 'Donde termina el verano' es el relato del fin de la inocencia y el de una ruptura, pero también un canto a la esperanza a través de lealtades insospechadas, de redes al margen de la ley. Confío en escuchar algún día a Elisa y Aimé de adultas cantarse lo que Julieta Venegas y Natalia Lafourcade en 'Tengo que contarte': "Siento que no soy la misma y solo a ti te lo puedo decir".