REPORTAJE
Dictadores de papel
Un recorrido por las novelas sobre caciques con motivo del centenario de ‘Tirano Banderas’

Ramón María del Valle-Inclán, autor de 'Tirano Banderas'. / EP

Con el pasar de los años, la novela de dictador se ha convertido, por derecho propio, en uno de los subgéneros literarios más representativos y visceralmente autóctonos de la literatura latinoamericana. Esas ficciones surgieron como respuesta a la más que convulsa realidad política y social del continente y focalizaron sus tramas en torno a la figura de unos caudillos, de unos líderes autoritarios y de unos tiranos que ejercían un poder absoluto y absolutamente desmedido sobre sus naciones.
Gracias al poder de estas ficciones, algunos de los escritores más sobresalientes de ese continente supieron explorar mecanismos capitales de unas figuras déspotas cuya mecánica de opresión y de alienación producía profundas cicatrices en la memoria colectiva de los pueblos. Todos ellos indican con sus novelas que los dictadores, en cualquiera de sus sentidos, sin sentidos y formas, emergen como la metáfora en forma de delirios poéticos de las infinitas dialécticas del poder conformadas bajo el prisma de la existencia tentacular de unos dictadores que no son sino la expresión encarnizada del egoísmo, la autoglorificación, la voluntad de poder, la crueldad y la violencia.
Más que meras biografías noveladas, estas obras radiografían una honda patología política endémica en la historia de América Latina, utilizando al dictador como un prisma para examinar la identidad nacional pergeñada por una insaciable violencia estructural, casi atávica, y que se identifica salvajemente con la Historia, la Patria, el Estado, la Nación y el Pueblo, así: en mayúsculas. Y enfatizando hasta decir basta el deber inexcusable de narrar lo inenarrable.
Frente a las invencibles ansias de poder, miles de lectores se dieron cuenta de que los dictadores y las dictaduras, de que los tiranos y las tiranías y de que los autoritarios y el autoritarismo han existido desde que el hombre es hombre. Y quizá por ello y ahora más que nunca, ahora que muchos de los gobernantes de hoy en día muestran la cara oscura del poder, es pertinente regresar al modo en que la literatura ha mostrado la faz dictatorial que se alza con mano de hierro sobre las naciones latinoamericanas que en el siglo XIX empezaban a caminar.
Civilización o barbarie
Albricias entonces ahora que se cumplen cien años de la publicación de 'Tirano Banderas. Novela de Tierra Caliente' de Ramón del Valle-Inclán y aparece una edición con prefacio de Juan Manuel de Prada e ilustrada por Silja Goetz. En su texto iluminador, De Prada hace notar que el libro de Valle-Inclán no fue el primero. Se adelantaron Joseph Conrad con 'Nostromo' (1904), ambientada en la imaginaria república de Costaguana, y Domingo Faustino Sarmiento con 'Facundo' (1845), sobre el caudillo Juan Facundo Quiroga, que abrió el campo especulativo sobre la dicotomía entre 'civilización' o 'barbarie'. Esta última fue la primera elaboración madura de la figura del caudillo y la que dio carta de navegación a la fundación histórica de esa figura como un mito negativo construido a partir de unas fuerzas bárbaras.
Cierto: Valle no fue el primero, pero sí fue el que tuvo el mérito, afirma De Prada, de "haber erigido en su plenitud y verdad míticas esta imagen del arquetipo caudillista sobre la turbamulta de fuerzas caóticas y destructivas que carcomen las sociedades americanas, renovando sus calamidades, sus frustraciones, la sustancia turbulenta en la que tales sociedades se debaten agónicamente, atrapadas en la telaraña de un poder ejercido desenfrenadamente por aventures tan carismáticos como cerriles, tan magnéticos como protervos".
Todos estos textos buscan dibujar una cartografía literaria que contrapone a la verdad unívoca de las dictaduras la verdad equívoca de lo real
Santos Banderas, situado en la región imaginaria de Tierra Firme, tiene algo de personaje pesadillesco, alucinado y sonámbulo en el mismísimo centro de un teatro disparatado muy propio de la estética esperpéntica de Valle-Inclán que se convertirá en una potentísima marca de agua de este tipo de novelas. Concluye de Prada: "Valle es el último virrey de Indias de la literatura española [...] que nos brinda una obra que no es del pasado, ni tampoco del presente, ni de ningún futuro concreto; una literatura que es la metamorfosis final del esperpento, como poética del sentido trágico de la vida española, fundida en cónclave o aquelarre con la palpitación telúrica de América".
El personaje de Valle no está pensado como la quintaesencia de un hombre poderoso, sino, de acuerdo con su narrada millones de veces decisiva epifanía estética (los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato de Madrid deformando la imagen de los paseantes), como la condición especular "que indaga sus posibilidades de espectro, el fantasma que proyectan, la sombra doblada en la pared", tal y como afirma Juan Villoro, a propósito de 'Tirano Banderas' en 'Efectos personales'.
Dos de los sellos distintivos de la novela surtirán efecto, 'muchos años después', en la nueva novela latinoamericana: por un lado, el efecto de la simultaneidad que provoca, en el tiempo narrado, una suerte de "velocidad de las cosas", por decirlo con Rodrigo Fresán; por otro, una fructífera mezcla de géneros capaz de convertir la prosa narrativa en poesía pura: "Acaso fue el primer escritor de lengua española que comprendió que, para sobrevivir en el mundo moderno, la novela iba a regresar al suelo común de la poesía"; José Emilio Pacheco 'dixit'. La 'Novela de Tierra Caliente' busca como agua de mayo convertir el festín de la palabra en un círculo de voces cruzadas y coloquialismos que "operan como puntos negros del idioma, rarezas para 'no' ser entendidas", sentencia Villoro. De ahí al capítulo 68 de 'Rayuela' de Julio Cortázar va un solo paso.
Destruir creando
Tal vez lo que legó Valle-Inclán con más fuerza a las novelas de dictador es una clara voluntad de desfigurar al tirano, de distorsionarlo, de destruirlo creándolo, y abrió la puerta a que el resto de dictadores de papel no sean sino figuras pergeñadas por la parodia. Este arquetipo del dictador que indica De Prada puede considerarse como el punto álgido de los discursos delirantes del poder que todo lo confunde y cuya escritura en América Latina se hizo barroco. Sí. Las barroquísimas novelas de dictador han creado ese potente subgénero que ha dado como resultado algunas de las novelas más importantes del continente.
Carlos Fuentes creía que estas novelas resignificaban lo que todas las novelas, de hecho, tienen de esencial: dar cuenta de otra mirada sobre la realidad, una mirada que es capaz de mostrar lo que la historia silencia
En 1851, apareció la primera de las muchas referencias: la novela de José Mármol 'Amalia', un texto narrativo que no era sino una furibunda crítica a la dictadura de Juan Manuel Rosas. Lo más sugerente de las novelas de dictador pasa por dos hechos sin los cuales no: sus imaginarios convierten la historia en mito y esos mismos imaginarios multiplican 'ad infinitum' una multiplicidad de verdades que es precisamente lo que las dictaduras tratan de abolir. Es, en este sentido, que Carlos Fuentes creía que estas novelas resignificaban lo que todas las novelas, de hecho, tienen de esencial: dar cuenta de otra mirada sobre la realidad, una mirada que es capaz de mostrar lo que la historia silencia, ofrecer una nueva aproximación a lo que la novela afirma y dice y que otros saberes no quieren ni pueden decir. Porque todos estos textos buscan dibujar una cartografía literaria que contrapone a la verdad unívoca de las dictaduras la verdad equívoca de lo real, que claro, en este ámbito, no siempre es 'lo real maravilloso'.
La reescritura de la historia continúa con 'El señor presidente' (1946) de Miguel Ángel Asturias, 'El reino de este mundo' (1949) de Alejo Carpentier, 'Pedro Páramo' (1955) de Juan Rulfo y con tres novelas que aparecieron en 1974 y que lo que hicieron fue no tanto construir el mito como aquellas tres, sino deconstruirlo: 'El recurso del método' de Alejo Carpentier, 'El otoño del patriarca' de Gabriel García Márquez y 'Yo, el Supremo' de Augusto Roa Bastos. Si a este triunvirato colosal le añadimos las novelas de Arturo Uslar Pietri 'Oficio de difuntos' (1976) y de Mario Vargas Llosa 'La fiesta del Chivo' (2000), ya tenemos una de las manifestaciones literarias más deslumbrantes de la tradición latinoamericana. Son todas ellas novelas que más que reflejar unos hechos históricos los distorsionan de tal manera que los convierten en potentemente imaginarios haciendo converger en las figuras del dictador un compendio de dictadores.
En cualquier caso, de Sarmiento en adelante, estas novelas construyen unas y deconstruyen otras la figura del dictador intentando narrar la historia moderna de América Latina, a veces acudiendo a la mente confusa de un dictador que aboga por el recurso del método como en Carpentier (aludiendo claro está al método cartesiano), a veces como la pura ausencia de método como en García Márquez en la figura de un dictador senil y descoyuntado cuyos recuerdos finales no son sino un confuso amasijo de memoria distorsionada, a veces a través de un narrador compilador que problematiza la relación que tiene la historia con los documentos y con los testimonios como en el caso de Roa Bastos y su 'supremo' José Gaspar de Francia, a veces a través de la mediatización de lo narrado por los puntos de vista de los distintos protagonistas como en el vejestorio de Vargas Llosa.
Bestiario político
En 1967, Carlos Fuentes y Vargas Llosa plantearon que cada novelista latinoamericano escribiera una novela sobre un dictador de su país, proyecto que recibió el título de 'Los Padres de la Patria' y que daría lugar a lo que llamaron un "bestiario político": Alejo Carpentier escribiría sobre el dictador cubano Gerardo Machado, el propio Fuentes sobre Antonio López de Santa Anna, García Márquez sobre Tomás Cipriano de Mosquera, Otero Silva sobre Juan Vicente Gómez, Juan Bosch sobre Rafael Leónidas Trujillo, José Donoso sobre Mariano Melgarejo, Julio Cortázar sobre Juan Domingo Perón, Vargas Llosa sobre el general Sánchez Cerro, Augusto Monterroso sobre Anastasio Somoza y Roa Bastos sobre el doctor Francia. Ese proyecto no cuajó, pero queda la ambición de unos escritores que, con el estímulo inestimable del 'Tirano Banderas' de Valle-Inclán, forjaron una literatura que dejó de ser pintoresca, costumbrista y regionalista para convertirse, a través de un lenguaje y unas estructuras asombrosas, en poderosamente universal.
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