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ENTREVISTA

Alejandro Gándara, escritor: "Vivimos en una precariedad intelectual tan grande que las grandes preguntas nos hacen daño"

En 'Los textos robados a la felicidad', Premio de Ensayo Eugenio Trías, plantea una concepción de la felicidad que pasa demasiado desapercibida, siendo la única posible: aceptar lo que nos pasa y producir sentido con ello

El escritor Alejandro Gándara, retratado en Madrid.

El escritor Alejandro Gándara, retratado en Madrid. / José Luis Roca

Inés Martín Rodrigo

Inés Martín Rodrigo

Madrid
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Cuando uno se levanta, sostiene Alejandro Gándara (Santander, 1957), ha de captar la temperatura del día, el estado de sus energías, la fuerza que va a tener para hacer determinadas cosas, percibir hacia dónde se inclina su gusto, conocer el estado en que se encuentra. Lo que Aristóteles llamó el sentido común.

Por eso, lo primero que él hace es leer filosofía dura, o escribir. Esas son sus horas. A partir de ahí, ya establece los parámetros en los que se va a mover durante esa jornada, las tareas a las que podrá entregarse. Si no lo hace así, cuando comete ese error, se siente morir, víctima de una realidad a la que, dice, es alérgico, le hace mal.

Como Eugenio Trías, él consigue ver cosas distintas mirando lo que todo el mundo ve. Ese es el espíritu de una filosofía compartida que ha terminado convergiendo en un libro, 'Los textos robados a la felicidad' (Galaxia Gutenberg), por el que Gándara logró el IV Premio de Ensayo Eugenio Trías. Una obra en la que sigue reivindicando la ética de una vida buena y donde plantea una concepción de la felicidad que pasa demasiado desapercibida, siendo la única posible.

Voy a empezar con una pregunta muy corta y muy directa: ¿vivimos con miedo a ser felices?

Y después tendrás también preguntas fáciles, ¿no? [ríe].

No suelo hacer yo preguntas fáciles, la verdad...

Por eso no me gustan los escritores entrevistando. Es miedo a no saber ser felices y a no saber lo que es ser feliz. Vivimos en una precariedad intelectual, moral, incluso espiritual, tan grande que las grandes preguntas solamente nos hacen daño. No es que no las contestemos, no es que no las contemplemos, porque las grandes preguntas están también para ser contempladas, no para ser contestadas, porque raramente tienen respuesta.

Bueno, pero pueden producir sentido, y reflexión.

Claro. Ya desde Platón la verdad no es deseable en sí misma, pero el paisaje que se contempla mientras vas hacia ella es lo más hermoso de todo. Lo que no estamos es en esas condiciones intelectuales, morales y espirituales como para estar ahí. La gente confunde la felicidad con la alegría, con el éxito, con el control, básicamente. Yo creo que es una sociedad completamente dedicada al control de todo, del cuerpo, en primer lugar; los estados se dedican a controlar el cuerpo, las empresas se dedican a controlar el cuerpo.

Vivimos en una precariedad intelectual, moral, incluso espiritual, tan grande que las grandes preguntas solamente nos hacen daño

¿Cómo?

Pues diciéndote cómo tienes que morir, por ejemplo.

Precisamente, uno de los temas más demandados ahora por la industria editorial en la no ficción es el de la longevidad.

Yo a todos los editores que están haciendo esas cosas los metería en la cárcel, y a los autores que escriben sobre eso también. Hay gente que no puede estar circulando por la calle, son delincuentes intelectuales. No sé para qué quiere la gente la longevidad, los pocos años que vivimos ya son bastante duros, no aguantaríamos la memoria de todo el tiempo vivido, las pérdidas. Es una cosa absurda producto de esta mentalidad absolutamente ignara que trata la realidad como si fuera una cosa que se puede controlar. Aquí lo que se controla o se pretende controlar es el tiempo. Toda nuestra imaginación y todos nuestros placeres dependen de nuestra mortalidad, si no nos muriésemos, muchas cosas, muchos esfuerzos, carecerían completamente de sentido, serían vanos.

En ese sentido, en el libro desvela una concepción de la felicidad a veces invisible, que pasa desapercibida. No me resisto a preguntarle qué es la felicidad para usted.

Lo mismo que para todo el mundo. La felicidad es nuestra capacidad de aceptar lo que nos pasa y producir sentido con eso. No hay otra forma. Lo otro es alegría o exaltación o cannabis o rock and roll. El ejemplo de los griegos siempre me ha resultado muy emocionante, porque es una sociedad que vive en perpetuas guerras, pestes, hambrunas, y produce la 'Ilíada', la tragedia clásica, esa escultura maravillosa y sobre todo produce la polis, el primer sistema que se conoce donde se aspira a que muchos puedan decidir sobre su propia vida y darse sus propias leyes. El dolor es un magnífico productor de sentido si estás en condiciones de aprovechar su fuerza para proyectarla sobre el mundo, no hay otra forma de sentido que la que sale del dolor y camina hacia la aceptación.

Alejandro Gándara, fotografiado en Madrid durante la entrevista con 'ABRIL'.

Alejandro Gándara, fotografiado en Madrid durante la entrevista con 'ABRIL'. / José Luis Roca

Con su escritura, también en este ensayo, defiende una ética para una vida buena. Pero me pregunto si esa es una batalla perdida hoy.

Yo no la doy por perdida. Si tienes una forma de pensar, tienes que luchar por ella, no puedes pensar de una manera y actuar de otra, eso está condenado hasta en el Evangelio. Tienes que hacer algo con lo que sabes y, a pesar de la derrota o de las dificultades o a pesar de que el mundo se hunda, hay que soportar la carga de ser uno el que es y no el que esperaba ser. Tenemos que ocuparnos de nuestra propia vida, esa es nuestra misión mientras estamos vivos.

El amor, la identidad, la amistad, los valores, el trabajo, el esfuerzo... son los grandes temas de cualquier tiempo, no sólo del nuestro. ¿Por qué hemos entrado en conflicto con ellos?

No lo sé. Lo que sí sé es que lo que ha entrado en esta última época en la ecuación, y de una forma muy dañina para el debate intelectual, es la creencia. Ha habido un desplazamiento de la ideología y la discusión de ideas por la creencia. La gente no vota en una dirección o en otra porque esté convencida o persuadida intelectual o ideológicamente de que eso es bueno, sino porque cree en el equipo al que vota. Estamos en un mundo sentimentalmente futbolero. Y las creencias no se pueden debatir con las ideas, están en distintos hemisferios del cerebro y en distintos hemisferios del alma. La creencia no se disuelve con razones y hace daño porque silencia, solamente existe ella y se nutre de los individuos, no los individuos de ella.

La felicidad es nuestra capacidad de aceptar lo que nos pasa y producir sentido con eso. No hay otra forma

Y ese misticismo, esa espiritualidad que parece estar volviendo a emerger, ¿es síntoma de que necesitamos volver a creer en algo para recuperar el rumbo perdido?

La humanidad nunca ha tenido ningún rumbo ni ha vivido ninguna época de esplendor. Lo que está volviendo a emerger es una nueva clase de control, que es el control de uno mismo o eso que Charles Taylor llamaba la autenticidad. El individuo se relaciona con el mundo a través de una serie de esferas que a veces están conectadas y a veces se desconectan; una es la razón y la otra la espiritualidad. Hay muchísima gente que es tremendamente espiritual, pero que no tiene dos dedos de frente, por decirlo así. Una persona muy espiritual es Trump. Él cree realmente que el mundo va a adoptar las formas que tiene él en su imaginación. Eso es espiritualidad. No son gente con la que a uno le gustaría pasear por este mundo.

¿Y qué me dice de la inteligencia artificial?, ¿tiene alguna posibilidad la inteligencia humana frente a ella?

La inteligencia artificial está hecha a imagen de la inteligencia dominante, que es una inteligencia instrumental, básicamente. Como llevamos ya siglos siendo literales, intentando controlar el mundo, cuantificarlo, haciendo de la ciencia nada más una ciencia aplicada, el resultado es que, efectivamente, la inteligencia que va a producir no va a ser la inteligencia de Lord Byron. Pero a nosotros eso nos importa un carajo, porque nuestro problema somos nosotros. Uno lo que tiene que hacer es trabajar con su propia vida. La materia del novelista es su propia vida, pero la materia de la gente común también.

Ahora que habla de la materia de la gente común, a pesar de los filtros, de toda esa supuesta felicidad que mostramos en redes sociales como Instagram, la ansiedad es uno de los grandes males de nuestro tiempo. ¿Por qué?

Estamos completamente abocados a tener una identidad por reconocimiento. Al no haber una educación del individuo en cuanto tal, no para el mercado laboral, sino para él mismo, los individuos realmente no saben quiénes son y, al no saber cómo son, se lo tienen que decir. Las redes sociales no son nada más que la expresión desesperada de la busca de identidad a través de lo que los otros reconocen en ti. Pero realmente es una carencia tan profundamente arraigada en lo social que casi ninguno nos libramos de ella.

Las redes sociales no son nada más que la expresión desesperada de la busca de identidad a través de lo que los otros reconocen en ti

Es que es muy difícil saber quién es uno mismo.

Es que esa pregunta de nuevo hay que hacérsela de determinada manera. Esta idea de que se produzca sentido con lo que te pasa es la clave de todo. Yo lo que me pregunto siempre es qué se hace en las escuelas. Nos meten a los cuatro o los cinco años y salimos a los 25. Se supone que después de todo ese tiempo deberíamos ser filósofos, astronautas, cirujanos plásticos... y ni siquiera conocemos nuestro propio cuerpo. No nos miramos. Estamos esperando todo el tiempo a que nos digan cómo nos hemos comportado, si hemos sido cobardes, valientes, atrevidos, audaces...

¿Y en qué espejo debemos mirarnos para poder vernos?

Esa es una tarea muy ardua, eso es lo que planteó Platón y es una cosa muy complicada. En todo caso se trata de ser capaz de mirar en los propios actos y de tener una mirada exterior con la que dialogar. Eso es lo que los griegos llamaron educación. Pero tampoco tenemos formas de asociación civil que funcionan como comunidad, donde uno pueda producir esos intercambios y ese reconocimiento.

Y en estas circunstancias, en esta civilización que estamos destruyendo poco a poco, pero con constancia, ¿corre peligro el amor?

Siempre, claro, por eso se llama amor, si no se llamaría otra cosa, se llamaría fondos de inversión controlables, por los que hay gente que siente amor. El amor siempre ha sido un damnificado, en todas las épocas. El amor es clave. El amor es la tensión entre lo perecedero y lo estable. Ahí es donde se juegan todas las grandes fuerzas que ponemos en diversos sitios en nuestra vida, en el trabajo, en la profesión, en la familia. Es un campo de juego donde por un lado está el deseo de estabilidad, que el deseo permanezca y viva para siempre y que nosotros nos convirtamos en seres deseantes de forma permanente y que los deseos no desaparezcan, y el sentimiento y la experiencia de que esas cosas tienden a desaparecer. Y ese juego se juega de diferentes maneras. Es un campo absolutamente maravilloso, profundo y rico y en este momento de los más interesantes. La política no tiene ningún interés, es lo de siempre, y hay que romper completamente con la actualidad, exponerse a ella desde el principio del día es exponerse a perder toda conexión con uno mismo.

Los textos robados a la felicidad

Alejandro Gándara

IV Premio de Ensayo Eugenio Trías

Galaxia Gutenberg

336 páginas

22 euros