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Opinión | ES DECIR

Rafael Vallbona

Barcelona

De premios y galas

Hubo un tiempo en que las fiestas literarias eran divertidas

Fachada del MNAC durante la Nit de les Lletres Catalanes.

Fachada del MNAC durante la Nit de les Lletres Catalanes. / Europa Press

A partir de 1982, con la Transición más o menos encarrilada, las fiestas de entrega de premios literarios dejaron de ser el cenáculo casposo o clandestino que muchas habían sido (y que algunas mantienen con orgullo) y se convirtieron en lo que tenían que ser: una fiesta. Ruedas de prensa como la de Francisco González Ledesma tras ganar el Planeta en 1984 con 'Crónica sentimental en rojo', con la televisión y un alud de periodistas desparramados por la moqueta del salón tomando notas y tronchándose con la inteligencia del autor o, diez años después, el discurso de Ferran Torrent tras ganar el Sant Jordi son momentos de los que los periodistas del ramo no olvidan.

Los premios literarios en catalán también tomaron nuevos aires. La tradicional descentralización de la Nit de Santa Llúcia proyectó a todo el país la nueva vida cultural de ciudades como Tortosa (1982), Mataró (1983), Perpinyà (1988), Puigcerdà (1992) y Solsona (1994), por citar algunas, además de permitir que la sociedad local luciera sus galas en público. Luego la cena podía ser flojilla, pero la clientela se relacionaba, tomaba, reía, aplaudía a los ganadores y se sentía parte activa del nuevo país que se estaba construyendo.

Pero eso se acabó. A partir de 2020, la Nit dejó de interesarse por el resto del país (un clásico de la cultura catalana), se instaló de forma estable en el Teatre Nacional (TNC) y aburrió más que unos premios de cine, que ya es decir. Al menos los Pla y Nadal mantuvieron el aire festivo, con cena, copeteo y muy poca literatura, para no cansar a los invitados y permitir una relajada vuelta a la vida cotidiana tras las fiestas navideñas.

El pasado sábado, 14 de marzo, la nueva Nit de les Lletres Catalanes, reinvención primaveral de Santa Llúcia con la excusa de darle un aire de modernidad a la que había sido la celebración por excelencia de la literatura catalana y, de paso, intentar vender algunos libros más, sana iniciativa esta, se estrenó con una flojera preocupante.

Del TNC se pasó a la gélida Sala Oval del MNAC, con una puesta en escena más próxima a un velatorio que a una fiesta, un público más silente que en una misa solemne y un espectáculo pensado para la televisión que aburrió por más que los presentadores, Xavier Graset y Elisenda Pineda, intentaron ponerle un poco de gracia. El 'share' de TV3 debió de ser de lujo. El resultado me lo resumió un amigo vía WhatsApp: "En la vida me he sentido peor catalán". Quizás no hay para tanto (él es así), pero es que yo ya me había dormido en el sofá hacía rato y no pude argumentar en su contra.

El nuevo camino que ha tomado la concesión de los galardones literarios en catalán más importantes (hecho irrefutable) necesita una sesión de autocrítica. Puede que ayuden a reforzar el orgullo y la autoestima entre el auditorio que ya tiene la literatura catalana, como anunció el presidente de Òmnium Cultural, Xabier Antich, pero lo que es ampliar la base lectora, sobre todo entre los jóvenes, va a ser complicado.

Una fiesta es un acto organizado para el disfrute de una colectividad, y la Nit de les Lletres Catalanes no fue eso. Que santa Llúcia nos conserve la vista y el placer por la lectura; más no podrá hacer, la pobre.