REPORTAJE
Treinta años de literatura balcánica tras la guerra: nombrar la herida
Hace tres décadas que se levantó el sitio de Sarajevo, el más largo de la historia moderna y símbolo de la guerra de la antigua Yugoslavia que también se dio por concluida con la liberación de la capital bosnia, una experiencia traumática que atraviesa la literatura balcánica

Una de las calles de Sarajevo, durante el asedio a la ciudad en la guerra de Yugoslavia. / EFE
En ‘Plegaria en el asedio’ un joven bosnio queda atrapado en el asedio de Sarajevo en el barrio de Grbavica, ocupado por las fuerzas serbias, donde tendrá que sobrevivir separado de su familia durante tres años. En él se ve un uso del lenguaje muy peculiar: frases cortas y omisión de verbos. De forma muy cruda, el texto sume en el terror y la esencia de la guerra. Damir Ovčina es el autor de este libro que publica Automática Editorial en España cuando se acaban de cumplir 30 años del fin del asedio de Sarajevo (29 de febrero 1996) y, por consiguiente, del final de la guerra de los Balcanes.
Un acontecimiento que, inevitablemente, ha marcado la literatura de la región en estas tres décadas. “Yo no hablaría en ningún caso de novela bélica. No hay un género como tal en el que la temática central sea la guerra pero la novela local que se conoce en España, es importante aclarar esto, gira en torno a las dinámicas del conflicto”, explica Miguel Roán, experto en la literatura de la zona y balcanólogo, además de residente en la zona. Pero, aunque no se puede hablar de una novela de guerra sí que esta “es un hecho clave para entender la literatura de la región, porque marcó profundamente a la sociedad y a varias generaciones de escritores”.
“Sus consecuencias siguen siendo patentes en todos los países de la antigua Yugoslavia, si bien en diferentes grados, así que claro que permea temáticamente todas esas literaturas”, afirma Marc Casal, traductor y autor del libro ‘La pìedra permanece’, que insiste en que, más que una corriente, lo que existe es una irrupción de la temática de la guerra: “El trauma de la pérdida de un mundo, sumado al trauma de la violencia con que este mundo desapareció, ha afectado no solo a los escritores que lo vivieron, sino también a sus descendientes. Por ejemplo en la novela ‘Hijo de papá’, del autor croata Dino Pesut, se habla de la relación entre un padre marcado por la guerra y su hijo, que, como el autor, no tiene ningún recuerdo de ella”.
Sin embargo, Miguel Roán insiste en una idea muchas veces errónea que el lector en España tiene de la literatura de la región: “La gente está intentando leer novela balcánica como para desentrañar cómo eran los conflictos o cómo fue la guerra, las razones, y eso no lo van a encontrar. La literatura balcánica no es eso”, recalca.
Los temas que se repiten
Los temas que más se repiten en esta literatura de las últimas tres décadas (si es que se puede poner el límite en algún lado a la creación literaria) son la memoria, la identidad, el exilio, el trauma, la pérdida y el desarraigo. “Tras un acontecimiento traumático como fue la guerra, siempre hay una mirada a ese mundo de ayer. De ahí la nostalgia. La guerra supuso un antes y un después y son numerosos los autores que han reflexionado sobre la pérdida de un espacio y una lengua común. Muchos de los textos que han escrito son ejercicios de memoria, es decir, de reconstruir lo vivido para intentar entender el nuevo mundo surgido tras la guerra. Algunos ejemplos son ‘Las aguas tranquilas del Una’ (2011), de Faruk Šehić (1970); ‘De ningún lugar a ninguna parte’ (2008), de Bekim Sejranović (1972-2020); o ‘Atrapa la liebre’ (2018), de Lana Bastašić (1986)”, señala Patricia Pizarroso, experta en la literatura de la región, traductora, crítica literaria y profesora del Instituto Cervantes en Liubiana (Eslovenia).
Alicia López, editora de Automática, una de cuyas apuestas es la traducción de autores de la región, cree que “es verdad que se ha hablado mucho de esa nostalgia tras la desintegración de Yugoslavia”. “Yo pienso que los escritores que tratan este tema de la identidad, e incluyo a las nuevas generaciones, lo abordan más desde la búsqueda constante que desde la pérdida o la nostalgia. Hay un sentimiento común de derrota en muchos de estos autores que viene desde antes de esta última guerra, pero no lo quiero ver desde una perspectiva totalmente pesimista, siempre hay algo de esperanza. Citando a Meša Selimović, uno de los grandes autores de la literatura yugoslava: 'Por increíble que parezca es lo más hermoso que puede hacer un hombre: intentarlo y no conseguirlo'".
Parece claro que la guerra no es la temática central de unos autores que han vivido marcados por ella (tanto los que eran adultos como los que eran niños durante la guerra), pero que sí viven aún mediatizados por ella
Parece claro que la guerra no es la temática central de unos autores que han vivido marcados por ella (tanto los que eran adultos como los que eran niños durante la guerra), pero que sí viven aún mediatizados por ella, tal y como marca Miguel Roán: “Yo no creo que la novela balcánica nueva esté caracterizada por la guerra a nivel temático, pero sí es una novela en la que la guerra es atmosférica, desde ese punto de vista, afecta a los individuos. Hay un tema que es fundamental, cuando hay un contexto de guerra es difícil crear mundos paralelos, es decir, la inspiración te lleva por ahí. Por ejemplo, está el caso de Dubravka Ugrešić (‘El museo de la rendición incondicional’, ‘El ministerio del dolor’, donde ahonda en el sufrimiento del dolor interno de la pérdida de Yugoslavia…), a la que se le achacaba que no le habían dado el Nobel porque no había creado un mundo de fantasía paralelo, es decir, con personajes fantasiosos, escenarios fantasiosos. Pero es que el peso de la guerra, del conflicto, la fragmentación de Yugoslavia, de la crisis moral, la crisis económica, de la crisis personal, el exilio, hace que sea muy difícil que tú quieras escribir otra cosa que no sea esa”.
Un mundo perdido
Algo en lo que está de acuerdo Marc Casals, que aborda la certeza de un mundo perdido que ya no volverá: “Cuando a uno se le rompe el mundo, como les ocurrió a tantos balcánicos a partir de los años 90, la literatura es algo que permite no sanar la herida, porque quizás no sea posible, pero al menos nombrarla. No hay tanta nostalgia en la mayoría de libros como un duelo por ese espacio perdido, por esa identidad perdida, por ese territorio vital que ya no existe y la sensación de que, incluso aunque uno se haya quedado en los mismos lugares, estos se han vuelto un poco ajenos”.
Cuando a uno se le rompe el mundo, como les ocurrió a tantos balcánicos a partir de los años 90, la literatura es algo que permite no sanar la herida, porque quizás no sea posible, pero al menos nombrarla
¿Pero existe un lenguaje común más allá de la contienda? “La guerra –cuenta Patricia Pizarroso- supuso un antes y un después en la sociedad yugoslava. Sin embargo, no creo que podamos hablar de un lenguaje literario de posguerra. La guerra determinó en muchos casos la temática de las obras, pero no necesariamente el estilo. Por ejemplo, la sensibilidad de Semezdin Mehmedinović (1960) en ‘Sarajevo Blues’ (1992) o ‘Diarios del Olvido’ (2017) es distinta al estilo grotesco en ‘Los bosnios ‘(1993) o socarrón en ‘El libro de las despedidas ‘(2020), ambas de Velibor Čolić (1964)”.
Aunque el haber vivido un conflicto así, que trastoca todo, sí que lleva, en opinión de Marc Casals, a que, aunque no se puede establecer como norma, exista una cierta fragmentación en buena parte de la escritura de los autores balcánicos en la última década. “Hay escritores más 'atmosféricos' que otros, igual que los hay más crudos, más líricos, etc. Sí que se nota una predominancia de lo fragmentario por la razón de que la guerra fragmentó la realidad, la hizo añicos. Muchos autores de la región hablan de la escisión fundamental entre el antes y el después, y quienes se marcharon entre el aquí y el allí. El fragmento es la forma de presentar todas esas piezas desencajadas, e inencajables”, remata en un argumento que comparte Patricia Pizarroso: “Hay obras fragmentarias, pero que, de nuevo, tienen que ver con la forma en la que el autor quiere contar la historia. Un ejemplo de ello es ‘Relojes en la habitación de mi madre’ (2014), de Tanja Stupar Trifunović (1977), en el que se entrelazan líneas temporales, hay monólogos internos y la memoria se reconstruye como si fuese un mosaico para hablar sobre el duelo y las guerras de disolución”.
Aunque en la literatura las certezas casi no existen, el refrendo está en el propio Damir Ovčina, el autor mencionado al principio de este texto, que se quedó atrapado entre el horror y la incertidumbre en el comienzo del asedio de Sarajevo. Tuvo que esperar 20 años para poder escribir ‘Plegaria en el asedio’.
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