Opinión | NACIDO PARA LEER

Periodista y escritor
Subrayar a Landero
Jamás lo vi a haciéndose el grande cuando ya lo era. Su pasión es contar y su otra pasión es escuchar
Luis Landero, en el pódcast 'Libros y Cosas': "Los escritores antes tenían un autoridad intelectual"

El escritor Luis Landero. / Marc Asensio
Me he pasado la vida subrayando a Luis Landero. Escuché hablar de él desde que lo descubrió Tusquets y lo redescubrió Rafael Conte, el más generoso, y justo, de sus exégetas. Conozco a pocos autores como Landero. Parece siempre que proviene de un libro que él mismo está escribiendo. La primera vez que vi a Landero él había sido convocado a tocar la guitarra en el Instituto Italiano de Cultura, en Madrid. Era tímido y flaco. Desde que llegó a aquel jaleo parecía un invitado que se iba. Ahora lo veo, en los saraos literarios, en los bares de su barrio, en los encuentros a los que lo ordena el oficio de la literatura. Todavía tiene aquel aire de estarse yendo.
Mira de lado, como para irse, pero luego, cuando lo alcanzan, se queda un rato como para que crean que sigue allí, que no se ha ido. En un tiempo hablábamos de fútbol, pero lo hace para distraer al que tiene al lado: en realidad de lo que a él le gustaría hablar sería de los sonidos del silencio. La última vez que lo vi ahora, presentando el último libro suyo, 'Coloquio de invierno' (en Tusquets, como todos los suyos), le pregunté a Landero cómo escribía, a qué horas, y a quién le dejaba leer lo que le salía de dentro. Alrededor estaba su mujer, Coté, su editor, Juan Cerezo, y su presentador, el poeta y narrador (y periodista) Antonio Lucas.
Le hice, pues, una pregunta, y después otra, y me miró como si, en efecto, se estuviera yendo. Pero ante él estaban la comida y un whisky, de modo que se quedó mirándome. Es un entrevistado fácil, porque es muy inteligente, y explica como si acabara de saberse la lección que le propones. Él daría muchas noches por no responder a nada, ni a preguntas ni a nada.
Pero Landero es varios, no sólo es ese que te escucha y que te mira y que se va, que parece que se está yendo. Fue su mujer, Coté, la que le dio entrada a una de las respuestas: Landero se pone a escribir sobre las nueve de la mañana, ni temprano ni urgente, escribe para leerse. Él me concedió la segunda parte de la respuesta: termina el folio (o los folios) sobre las doce y media, se para ahí y ya no hay día por delante que no sea recuerdo de lo que vino a decir. La noche le dará después algunas instrucciones. O a lo mejor ve un partido de fútbol.
Escribe y lo deja estar. Le dije: ¿y a quién le cuentas lo que escribes, Landero? Me miró como si yo fuera un entrometido. Frunció el ceño, miró a los celajes, y me terminó diciendo lo que sin duda se parece al tesoro que guarda: no le dice nada a nadie, ni a Coté, de qué va esa historia que tiene por medio. Escribe y escribe, y vuelve a escribir. Cerezo le preguntó en qué estaba ahora. Uf, ni media palabra le dijo, como si estuviera incubando una pasión o una idea.
'Coloquio de invierno' es de una belleza inquietante y abierta, como si él escribiera recibiendo, una a una, las palabras que contienen la ficción
Cuando leí el libro que más me conmovió, y que me parece que conmovió a todo el mundo, 'El balcón en invierno', me imaginé a Landero en aquel balcón precisamente, en el que el personaje principal (y así aparecía en el libro) era su abuela. Era fácil imaginarlo: estaba en el retrato. Pero es que cada vez lo veo, ahora también, vuelve a ser aquel chico grande del balcón. Él miraba a la abuela desde la parte de arriba de su estatura. Era un hombre grande ya, y aquella mujer que era su antepasada lo miraba como si el niño se le fuera a escapar del mundo. Él había escrito una obra de arte que estaba esperándole en la portada.
Ahora que recuerdo todo ese celaje me doy cuenta de que no se me borra de mi memoria porque acaso todas las viejas del mundo se parecen a mi abuela y a la de Landero. Y es emocionante sentir que él no se olvida de lo que ese libro, 'El balcón en invierno', le sigue diciendo hoy en día.
Un autor que escribe sin escribir
Este Landero celebraba esta noche su último libro, 'Coloquio de invierno'. Ya lo habrán leído, o apresúrense. Los libros nacen mirando, nadie los escribe mejor que la mirada. A veces, como vivimos cerca, yo lo invito a tomar cerveza o whisky o vino y él baja de la casa donde escribe de nueve a doce y entonces se empapa de lo que pasa alrededor. Simula, muchas veces, que está atento a lo que le dices, y de hecho escribe sin escribir historias que considera que acaso tú no has escuchado nunca, pero luego se va otra vez, con esa mirada, a ver cómo la gente (los niños, sobre todo) se divierte en la plaza de enfrente. Ya tenía aquella pasión, la guitarra, como un juego mayor, casi un oficio, que ejerció por esos mundos y que, en este libro nuevo, reaparece como un rasgo mayor de su biografía.
Jamás vi a Landero haciéndose el grande cuando ya lo era. Su pasión es contar, y su otra pasión es la de escuchar. De esta combinación nacen sus libros. Es, de los escritores que conozco, uno de los menos fatuos o engreídos, y eso que parece un elogio es tan solo la constatación de un modo de ser. El libro actual, el más próximo, 'Coloquio de invierno', está lleno de gente. Personajes que deciden juntarse para contar sus vidas, que parecen todas ellas el compendio de un universo de locos que han vivido historias de miedo o de dolor o de alegría, y que parecen nacidas de una imaginación sin freno pero que, cuando hurgas, son realidad pura de vivencias que él mismo ha escuchado o ha vivido de cerca.
'Coloquio de invierno' tiene 312 páginas, la última de las cuales termina con la palabra 'borroso'. Y resulta que todo el libro, todo, desde '8', que es la palabra con la que comienza, hasta ese final 'borroso' que lo culmina, es de una belleza inquietante y abierta, como si él escribiera recibiendo, una a una, las palabras que contienen una ficción que, si hurgas, es en realidad la parte de dentro (y de fuera) de la realidad.
Landero es su propio estilo. Nunca hay, en esa relación con lo que viene detrás, repetición alguna. Es un hombre inventando, aunque es evidente, y en este libro lo es, que en muchas de las historias que contiene su escritura siempre hay autobiografía. Heredero de sus propias vivencias es siempre el escritor inédito, aquel que no dice qué está escribiendo porque la escritura lo está escribiendo a él.
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