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ENTREVISTA

Erri De Luca, escritor: "No confío en la posteridad, prefiero ser olvidado"

Publica 'La edad experimental', un libro de reflexiones que comparte con su amiga Inès de la Fressange, icono de belleza y elegancia que, como él, se niega a abrazar el mito de la juventud eterna

El escritor Erri De Luca.

El escritor Erri De Luca. / Paola Porrini

Elena Pita

Elena Pita

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Erri De Luca trabajaba como obrero de la construcción y una "casualidad" (que no lo fue tanto) quiso que Carlo Feltrinelli leyera una de las historias que escribía, y decidiera publicarla. Durante siete años más, hasta cumplir 41, siguió compartiendo la paleta y la escritura que le acompañaba desde la adolescencia, hijo de un burgués napolitano al que la guerra había despojado de todo menos de sus miles de libros.

Ahora, a sus 75 años, vive un descubrimiento vital que él llama "una vejez nueva", y "colectiva", porque ya no es aquella de la resignación descendente que atravesaron nuestros mayores, sino una etapa de exploración, experimental, una "ascensión" por el bosque de la vida que cuanto más se aproxima a las cumbres le permite ver más, de lejos y de cerca, que cuando la densidad de los árboles era espesa.

Maestro de la literatura que no se reconoce como tal, él sigue siendo un obrero, de la palabra y de la observación del mundo que le permiten escribir. Lo llama "el estupor de la vejez": entrena más que nunca, escala paredes de piedra con mayor ahínco, lee más, juega más… Y descubre pequeñas cosas en las que nunca antes se había fijado, como las flores silvestres que ahora admira, y también, grandes asuntos: la necesidad de hacer por los demás lo que pueda.

Hace unas semanas volvió de su decimoquinto viaje a Ucrania, condujo su propio camión a Jersón, llevando equipos electrógenos, alimentos, medicinas, humanismo. Publica 'La edad experimental' (Seix Barral), un libro de reflexiones que comparte con su amiga Inès de la Fressange, icono de belleza y elegancia que, como él, se niega a abrazar el mito de la juventud eterna.

¿Existe realmente eso que llama "una nueva vejez"? O ¿no será que es usted una excepción, como en casi todo?

Existe sí una nueva vejez colectiva: ancianos –que hoy somos muchos más que antes, porque vivimos más largo– que aprovechan esta etapa para estar activos tanto física como socialmente. La vejez de aquellos que nos antecedieron no nos sirve de modelo.

Es decir, ¿la novedad es que la gente se siente más joven a una edad anciana?

Yo no me siento joven, sino viejo, pero de una manera nueva, experimental: vivo una etapa de exploración. La vejez que me ha antecedido, la de mis padres, era un tiempo de resignación; yo, en cambio, voy hacia lo desconocido, busco experiencias físicas totalmente nuevas, entreno más que nunca para seguir escalando montañas, leo más que antes, juego mucho más a las cartas… Es casi como una nueva disciplina.

De hecho, contempla la vejez como una ascensión en lugar de un descenso. ¿Qué espera encontrar en la cumbre?

Pongamos esta metáfora: imagínate que nuestra vida es como atravesar un bosque cuesta arriba. Cuando estás en plena densidad arbórea, no hay muchas vistas, se ve poco; en cambio cuando alcanzas la cima, esa densidad se disipa y es cuando aprecias la visión de lejos, que sería el futuro que yo ahora sí veo pero no veía en medio del bosque.

¿Cómo sostiene usted el deseo de aventura, la capacidad de asombro, la curiosidad?

Mira, yo siempre he escalado montañas, pero nunca hasta ahora me había fijado que en medio de las rocas crecen unas diminutas florecillas lilas que apenas tienen dónde sujetarse en la pared. Y también me he dado cuenta de que cuando atravieso el prado delante de casa, lleno de margaritas en primavera, después de pisarlas las flores vuelven a erguirse como si hubiera pasado un viento, una brisa… No quedan aplastadas, con lo cual he descubierto que las flores son la vida más fuerte, la fibra más potente que existe. Yo nunca me había percatado de estas cosas, por ejemplo, y ahora me he convertido en un admirador de las flores silvestres, porque sólo la vejez me ha enseñado a verlas.

Con la edad uno pierde visión, pero ve más, dice en su libro. ¿A eso lo llama usted el "estupor de la vejez"?

Exacto. O sea, vemos más cosas, cosas más simples.

He llegado a una edad en la que cada día tiene derecho a ser el último, pero prefiero pensar que es el penúltimo y así no malgasto ni un momento de la jornada

¿También la visión del mundo se hace más amplia?

El mundo siempre me ha interesado, y también esa visión se vuelve más amplia. Cuando se produjo la invasión de Ucrania, compré una furgoneta y con un amigo empezamos a hacer viajes para llevar lo que nos pedían los hospitales, los orfanatos, las agrupaciones de refugiados de la guerra con los que tenemos contacto directo. Hemos hecho ya 15 viajes, hace una semana regresé del último, a Jersón, llevando grupos electrógenos, alimentos, medicinas, lo que nos piden. Son viajes largos, duros, pero me parece que es lo justo, lo que tengo que hacer. Hay un proverbio yidis que dice: "Si sientes que tienes que hacer algo, es que puedes hacerlo". Bien, pues yo le doy la vuelta y me digo: si puedo hacer una cosa, tengo que hacerla. ¿Tengo medios y recursos para hacer estos viajes, que emprendemos y pagamos mi amigo y yo? Pues lo hago. Esto encaja con mi idea de la vejez: necesito ver el mundo de cerca, estar físicamente presente, meter mi nariz en ello y participar. 

¿Qué es la lentitud, De Luca?

Ir a pie, caminar. En mi disciplina hago caminatas de hora y media al día, sin prisas, voy poco a poco, y de ahí sale una serie de gestos cotidianos que me aportan serenidad, así que cada vez hago menos cosas pero más lentamente. He llegado a una edad en la que cada día tiene derecho a ser el último, pero prefiero pensar que es el penúltimo y así no malgasto ni un momento de la jornada.

"Este es mi mejor tiempo", sostiene. ¿Vive más intensamente porque es consciente de la finitud?

No, no soy consciente del fin. Pero para mí es siempre una sorpresa despertar por la mañana, me maravillo de estar vivo cada día.

Cuenta que despierta usted cada mañana en hebreo, ¿es esto metáfora de algo o síntoma?

Es una realidad: mientras desayuno leo algunas páginas del Antiguo Testamento en hebreo.

Usted, que ha traducido del hebreo parte de la Biblia, ¿cree que la muerte es el fin no sólo material, sino también espiritual y energético?

He traducido algunos libros de la Biblia, de forma muy literal, porque las traducciones se han distanciado del original hebreo, en función de la motivación teológica, lo cual manipula el contenido.

Para mí es siempre una sorpresa despertar por la mañana, me maravillo de estar vivo cada día

¿No deberían leerse de manera metafórica los textos sagrados?

A mí me gusta leerlos literalmente, aunque sí es cierto que una lectura literal a veces ha llevado a herejías, como fue el caso de Lutero. Pero es mucho más bonito en mi opinión leer la literalidad y no perder ni un ápice del sentido original. Te pongo un ejemplo, y hay miles. En uno de los salmos de David, él imagina que está a punto de morir y dice: "En tu mano estoy a punto de entregar mi viento", donde las traducciones no dicen viento sino alma, espíritu. Pero David dice 'viento', porque se está refiriendo al acto de su nacimiento. Cuando una criatura nace, hay un viento, un soplo que le entra desde fuera, irrumpe en sus pulmones y es así como empieza la vida. Y es ese viento lo que él quiere entregar o devolver a su muerte, e imagina una mano que lo recoge, que es la misma que puso el aire en sus pulmones al nacer. Una imagen poética preciosa que se pierde en todas las traducciones.

Le preguntaba si cree que todo acaba con la muerte física.

No soy creyente, no tengo esta relación con la divinidad, pero creo que sí, que todo termina. Cultivo una extraña espiritualidad que me permite sentir a las personas que me faltan, se han ido pero yo las siento, estoy y vivo con ellas, como si las hubiera prolongado. Es una corporalidad prolongada que no percibo con los sentidos, no sé cómo lo percibo, pero siento la presencia de las personas amadas y no las echo en falta. No sé si puede significar algo, porque lo que no creo es que haya nada después, así que lo que queramos intercambiarnos tenemos que hacerlo ahora: no creo que haya tiempo añadido.

Es bonita esa percepción de la presencia, que tampoco sé cómo llamar, pero ¿no cree que es importante para vivir pacientemente?

Sí, pero más que espiritual es una prolongación de la corporalidad.

Y también dice que nunca vivió una primera vez, porque todo lo sucedido lo había soñado. ¿Soñado o deseado?

Soñado en el sentido de premeditado. Me he entrenado para lo que pudiera suceder de modo que, cuando sucede, lo reconozco como una segunda vez. Es así porque mi cabeza juega siempre con las múltiples posibilidades.

Cultivo una extraña espiritualidad que me permite sentir a las personas que me faltan, se han ido pero yo las siento, estoy y vivo con ellas, como si las hubiera prolongado

De Luca, trabajó usted como obrero de la construcción hasta los 40 años. ¿También esto lo había premeditado, como una renuncia a su pasado, en pos de la libertad?

No, porque no fue exactamente una decisión. Tenía 20 años y estaba en los movimientos revolucionarios de izquierda en Italia, milité en Lotta Continua durante los años 70; no estudié ninguna carrera, no tenía nada. Empecé a trabajar de obrero y así me mantuve en total 21 años. Luego los libros me enseñaron otro modo de ganarme la vida. Pero no fue nada inmediato, de hecho seguí siendo obrero unos siete años después de publicar mi primer libro.

¿Cómo sucedió? ¿Cómo se produce el tránsito a la literatura? Aunque usted siempre había escrito y leído mucho, ¿no?

Sí, crecí en una casa llena de libros, con lo cual ya de niño era un gran lector, y la escritura fue como una compañía desde la adolescencia, y mientras trabajaba de obrero también había siempre un momento de la jornada que dedicaba a esta modalidad de compañía: las historias me hacían compañía. Yo era muy tímido entonces, tenía mucho tiempo para contarme historias.

¿Y qué hubo de suceder para cambiar el ladrillo por el papel?

Fue una casualidad. Una compañera de los años revolucionarios entró a trabajar como secretaria en Feltrinelli. Y, sin decirme nada, cogió un relato mío y lo dio a leer en la editorial: quería saber si lo que yo estaba haciendo tenía algún sentido, si podía valer. Y quisieron publicar la historia, y bueno, pues adelante.

El proletariado ha asumido la mentalidad de la burguesía, ha adquirido sus mismos gustos

Nació en Nápoles en plena posguerra y por tanto viviría estrechamente, pero ¿no es cierto que su padre era una persona culta y formada?

Sí, mi padre era un lector de una familia burguesa. Pero la guerra se lo quitó todo, lo destrozó y tuvo que empezar de cero. Siempre entre muchos libros.

Pasó usted del activismo y la insurgencia política a ser trabajador humanitario en varias guerras y defensor del medio ambiente. ¿Hubo desencanto político, De Luca?

No hubo desencanto ni desilusión, fue una derrota: la constatación de una derrota. La comunidad en la que habíamos pasado tantos años juntos se disgregaba. Desapareció ese Nosotros con mayúscula, y me quedé solo, y eso supuso para mí una profunda transformación. Más que una desilusión, fue un cambio total de vida: estaba solo, no pertenecía a nada y era obrero.

¿Qué le parece que hoy sea el agro y gran parte del proletariado quienes aúpan el populismo y la ultraderecha, como es el caso de Francia? ¿La derecha gana porque la izquierda está desmembrada?

El proletariado ha cambiado muchísimo, se ha adelgazado tanto socialmente como en su número. Los obreros ya no constituyen la masa crítica que eran en el siglo pasado, están más aislados y atentos a su propia condición; en consecuencia, los sindicatos son más débiles. Así pues, el proletariado ha asumido la mentalidad de la burguesía, ha adquirido sus mismos gustos.

De Luca, ¿cómo debiera ser el último de sus días, qué espera?

No imagino los últimos días, sino el último: irá bien en cualquier sitio, menos en una cama de hospital.

Y, así como se pregunta su amiga Inès de la Fressange, ¿a usted cómo le gustaría ser recordado?

No tengo confianza en la posteridad, no la conozco ni me interesa. Cuando este hermoso paseo haya terminado, prefiero ser olvidado.

La edad experimental

Erri De Luca e Inès de la Fressange

Traducción de Carlos Gumpert Melgosa

Seix Barral

152 páginas

18,90 euros