Opinión | CUADERNO DE NOTAS
Biel Mesquida
La estética del insignificante
"No sé si soy guapa. Siempre he sido diferente", decía Monica Vitti. Por suerte, nunca le supuso un problema

La actriz italiana Monica Vitti, sentada junto al director Michelangelo Antonioni. / EP
LO ANODINO. Cada vez me atrae más lo que no tiene ningún interés: lo anodino, lo irrelevante, lo poco, lo ordinario, lo ordinaria, lo irrisorio, lo insustancial del gris, lo que pasamos por alto.
Lo que me da un cierto desasosiego, lo que me hace estar torpe, lo que me inquieta.
Lo que tengo muy cerca y nunca había visto.
Cantaré estos pequeños gestos de cada día que son la sal de la tierra.
Romperé ritmos, ideas, acciones, personajes, versos, todo lo que toque, zurciré, saquearé, robaré, recompondré, maquillaré, coseré material de aquí y de allá para conseguir un quebradizo despertador salvador.
Produciré conmociones y emociones a voluntad.
Incertidumbres, 'objets trouvés', contradicciones, desdoblamientos, sentidos plurales, que una cosa parezca otra, un sinfín de puntos de vista. Todo esto y más forma parte del arsenal para que no me encuentres donde me esperas, para que no te fíes de las verdades que parecen llamativas y ciertas y después descubres que son el puro cartón piedra de los falsarios.
¡HÁBLAME! ¡NO ME OYES, HÁBLAME! Háblame de lo que nunca me has contado. Háblame de las cosas que te vienen a la cabeza cuando me miras. Háblame del verano y de sus grandes ausencias. Háblame del peso de las rosas. Háblame de aquellos que no saben hacer uso de las palabras, enterrados como están en los trabajos y las estaciones. Háblame de los entristecidos. Háblame de las asociaciones de ideas que haces, de las emociones que te atraviesan, de las pistas por las que te orientas. Háblame de ese vuelo con destino a la ternura. Háblame de esa distancia que no impide el vínculo tenaz ni la empatía suave. Háblame de estos cabeceros hemorrágicos que te transportan a paraísos artificiales desconocidos. Háblame de las indiferencias que sientes por tantas cosas fútiles y vanas. Háblame de las carreras que te pegas para llegar temprano a una cita con un desconocido que has conocido en una red digital. Háblame de las cosas que te repugnan.
Háblame de tus curiosidades. Háblame de tus relaciones hostiles. Háblame de todo lo que está a punto de desaparecer. Háblame de este viento que arrastra las hojas secas de los plátanos y golpea los cristales con la violencia de los siglos. Háblame de lo que no hace falta escribir, de todo aquello de lo que basta con charlar. Háblame de esta nada que hace que aparezcas. Háblame de la aclimatación a las pérdidas. Háblame de las cadencias extremadamente precisas que mueven tu cuerpo. Háblame de la lejanía de la tierra propia. Háblame del dulce empeño que te invade muchas noches. Háblame de las fugas que inventas ante cada esquina inesperada. Háblame de los escalofríos que sientes cuando en la casa desierta y silenciosa escuchas las voces que te cuentan paisajes de deslumbramientos y soledades. Háblame de esos pedazos de tiempo que guardas entre las sábanas y las colchas perfumadas de lavanda al fondo de los canteranos.
Háblame de las libertades nuevas que pagas con dolores. Háblame de tu capacidad para identificar los ecos que resuenan entre las caricias. Háblame de tus miedos prohibidos que te atacan cuando menos lo esperas. Háblame de las angustias que te hacen llamar a la mala hora de la noche y después no recuerdas nada. Háblame del ardor de las piedras que acaricias entre los surcos para hacer aquellas pequeñas cabañas. Háblame de tus enemigos. Háblame de los problemas que convierten tu vida en un campo de debilidades. Háblame de esas sensaciones erráticas que te asaltan cuando ves las migraciones de los pájaros que observas tras los cristales de la sala como si fueran un milagro. Háblame de la actividad permanente de tu cerebro, que siempre crea un relato a partir de los estímulos desordenados que recibe. Háblame del agua de clavito que cae sobre todas las raíces del jardín –raíces de clivias, raíces de yucas, raíces de colocasias, raíces de almeces, raíces de matas, raíces de palmeras– y las convierte en chupadoras de vida. Háblame de tu memoria que continuamente se inventa, se construye, transforma los acontecimientos vividos y modula la forma en que percibes el mundo que te rodea. Háblame de tus fervores. Háblame de tus nadas. ¡Háblame de ti!
MONICA VITTI, ‘MON AMOUR’! La veo con una media cabellera rubia peinada por sus manos o por el viento, unos ojos soñadores, azules, delineados por un lápiz negro, un cuerpo de mujer delgada y fuerte dentro de la pequeña 'robe noir' de Dior, y todo el peso pesado de un vacío existencial que arrastra en aquella trilogía formada por 'La aventura' (1960), 'El eclipse' (1961) y 'La noche' (1962), de Michelangelo Antonioni, que devoré, saboreé, disfruté y sufrí en las salas de arte y ensayo de Barcelona de mi juventud. "No sé si soy guapa. Siempre he sido diferente. Demasiado alta, demasiado delgada. Mi cabello era importante, y quizás mis ojos y mis piernas no estaban mal. Por suerte esta cuestión nunca me ha supuesto ningún problema. Tengo la voz grave, siempre me tocaba hacer de puta cuando estudiaba en la Academia Nacional de Arte Dramático". Y cuando un periodista le pidió que se describiera, contestó toda contenta: "Si me pusieran una pistola en la cabeza, empezaría así mi descripción: soy una rubia legítima, de verdad".
Vitti y Antonioni conseguían, en aquella prodigiosa simbiosis que formaron, mostrar las neurosis, las angustias, los dolores, las contradicciones, los enigmas, en una palabra, el alma, el interior de la mujer de los años 60 del siglo XX, y hacerla vivir en aquella pantalla donde el blanco y el negro del séptimo arte la inmortalizó como una de las formas de sentir en un tiempo incierto en el que todo se tambaleaba y la mujer era un maltratado objeto de deseo. Me recuerdo a mí mismo cuando salía del cine de ver 'El desierto rojo' (1964), contagiado de aquella ansiedad, paseándome, perdiéndome en esos "tiempos muertos" por Barcelona como si hubiera somatizado toda esa tristeza, misterio y turbación.
Pero Vitti era también una actriz de comedia. Y confesaba que "hacer reír a la gente es maravilloso. Descubrir cómo conseguirlo es cómo descubrir que eres hija de un rey". Hizo comedias muy diversas como 'Modesty Blaise' (1966), de Joseph Losey; 'La chica de la pistola' (1968), de Mario Monicelli; 'El demonio de los celos' (1970), de Ettore Scola; 'Camas calientes' (1979), de Luigi Zampa, y 'El cinturón' (1969), 'Esta rubia es mía' (1973) y 'Sé que sabes lo que yo sé' (1982), de Alberto Sordi. Y trabajó con todos los grandes actores italianos como Vittorio Gassman, Ugo Tognazzi, Nino Manfredi y Marcello Mastroianni. Apenas recuerda nadie que colaboró con Luis Buñuel en 'El fantasma de la libertad' (1974) con una serie de secuencias surrealistas. Desde 1973 vivía con Roberto Russo, director de cine y fotógrafo. En 2002, la actriz de las mil y una fisonomías, debido al alzhéimer, dejó su trabajo y la vida pública. Partió el 2 de febrero de 2022. ¡No la olvidaré nunca!
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