Opinión | EN PUNTAS DE PIE
Saray Encinoso
La literatura impaciente
No quiero vivir a toda prisa, ni leer a toda prisa, como si estuviera en una yincana que no sé a dónde conduce

Herman Melville, autor de 'Moby Dick'. / EP
Todos tenemos algún libro que se nos atragantó. Un clásico que teníamos que leer y cuyas páginas se nos resistieron durante días. Si yo tuviera que elegir una novela que cumpliera con esas características, retrocedería hasta mi tercer año de carrera y me vería leyendo 'Moby Dick' en mi piso de Sevilla.
Entre tanta descripción de barcos, tipos de ballena y utensilios para cazarla, me costaba avanzar en la historia de Ismael. Me sentía atrapada en un monte espeso, de esos en los que encontrar la luz que se cuela entre las ramas exige tanta paciencia que dan ganas de desistir y entregarse al bosque. O, lo que es lo mismo, de cerrar el libro.
He vuelto a ese instante escuchando la conversación que mantuvieron Inés Martín Rodrigo y Álex Salmon con la escritora mallorquina Carme Riera en 'Libros y Cosas', el pódcast del suplemento 'ABRIL'. Ella cuenta cómo, en sus últimas clases en la universidad, notó ya un cambio profundo en la forma de leer de sus alumnos. Si ella les proponía como lectura 'La desheredada', de Benito Pérez Galdós, ellos se quejaban del exceso de descripciones y le pedían una alternativa. "En las novelas de ahora –decía–, sobre todo en las de escritores jóvenes, lo que encuentras es diálogo, diálogo, diálogo; tanto diálogo que aparece alguien, dice buenas tardes y el otro le contesta buenas tardes".
Solemos atribuir esta transformación al dominio de la imagen, y algo de razón hay en eso. Las imágenes han modificado nuestra forma de escribir y de leer, incluso han alterado nuestra imaginación. Pero a veces me pregunto también hasta qué punto ha sido decisivo el ritmo de vida que llevamos.
Los novelones del siglo XVIII y XIX no volverán. Las historias de Herman Melville, en las que la acción se ve interrumpida por largos fragmentos más propios de un manual o de un libro de historia natural, parecen no tener sitio en nuestro presente. ¿Qué recursos estilísticos sustituyen hoy a las descripciones? ¿Qué perdemos y qué ganamos con tanto diálogo?
Topografía literaria
Decía Carme Riera en la misma conversación que ella no está de acuerdo con que una imagen valga más que mil palabras. A fin y al cabo, una imagen es solo esa imagen; las palabras, en cambio, vuelan. Nos llevan a lugares distintos a cada lector, a cada escritor. A veces me cuesta conectar con los personajes que me presentan algunos autores jóvenes y sospecho que esa distancia tiene que ver con la escasa importancia que le damos a describir lugares y personas.
Sus historias son potentes, ágiles, envolventes, pero echo de menos un retrato más pormenorizado de ellos y de los lugares que habitan. Extraño esa labor de topografía literaria y ese convencimiento de que el espacio también es un personaje. No leí 'Moby Dick' porque creyera que debía leerla. Lo hice porque alguien lo decidió por mí: la profesora que entonces impartía la asignatura de 'Crítica Literaria'.
Me costó. Algunos capítulos los leí en diagonal. Pero terminé entregando mi reseña. Se lo agradezco por razones obvias, también por estirar mi paciencia. Eso no ha impedido que hoy sea lectora de los nuevos miniformatos que muchas editoriales se han apresurado a publicar y que me permiten aproximarme a temas sobre los que tengo curiosidad, aunque todavía no pasión.
Son, probablemente, otra respuesta a cómo, cuándo y hasta por qué leemos. Ojalá no sean la única forma de hacerlo. No quiero vivir a toda prisa, ni leer a toda prisa, como si estuviera inmersa en una yincana lectora que no sé a dónde conduce. Ya sé que la vida a veces se parece a eso, a correr por un bosque oscuro, sin tiempo ni calma para buscar la luz. Pero la luz siempre aparece, muchas veces en forma de destellos, y para verlos hace falta detenerse.
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