Opinión | LiterNatura
Violeta Serrano
Hojas y soledad
‘La lluvia amarilla’ pertenece a ese tiempo antiguo en el que nos deteníamos ante textos que eran pura poesía

El escritor Julio Llamazares. / EP
Hace muchos años, tantos como los que yo tengo, que Julio Llamazares publicó una de las novelas que más éxito cosechó: 'La lluvia amarilla'. Dice él mismo que le debe a esta obra más que a ninguna otra, no tanto por la fama, sino porque le ayudó a creer en sí mismo como escritor, a saber de lo que era capaz, a superar su propio reto, fundiendo en este texto sus «dos almas literarias: la poética y la narrativa». Y tiene razón. Es un trabajo que vale la pena releer para deleitarse con el pulso poético que atraviesa toda la narración.
Está estructurada con un ritmo delicioso en el que hay momentos cumbre que se te quedan grabados para siempre. Son, sobre todo, dos, y en ambos están implicados animales: una víbora y una perra, por razones muy distintas. Con la primera, el personaje, único, Andrés, solitario como solo se puede serlo en un pueblo desierto por la huida de todos sus habitantes menos él, tiene que reaccionar con la rapidez de quien se sabe abandonado a su suerte, literalmente. Con la segunda, es este mismo personaje, humano en su locura, el que provoca un resultado que, en la hipérbole de la crueldad, no puede ser, sin embargo, más compasivo. No desvelo las escenas porque el verdadero impacto emana de su aparición en el momento exacto que te asaltan en la lectura.
'La lluvia amarilla' es un monólogo interior sostenido por ese Andrés, que resiste a todo: a la huida de sus vecinos, a la muerte de sus seres queridos, a veces de pura vejez, pero otras por las consecuencias mismas de una vida así. Triste, solitaria y final. Pero Llamazares dice también que el hecho de haber puesto a su personaje en un pueblo abandonado, como tantos que han terminado por derruirse a sí mismos en el olvido de la propia naturaleza, no es privativo de este contexto. Hay muchos muertos en ciudades que desaparecen sin que nadie sepa de ellos hasta que una casualidad hace su trabajo.
El poemario 'Agosto 2045' de Esteban Beltrán, publicado el pasado año por Huerga y Fierro, partía de esa base. El autor llegó a una noticia en la que una mujer llamada Amanda había muerto en Madrid, y su cuerpo, sin embargo, no se había descubierto hasta cinco años después. No era una desconocida, sino una profesional, logopeda, con clientes y, sin embargo, nadie la echó en falta lo suficiente como para dar una señal de alarma. Desde ahí, Beltrán tejió todo un recorrido por la pregunta acerca de su propia muerte, algo que late sin piedad en las páginas de 'La lluvia amarilla' también.
Hace poco, Lola Larrumbe, de la librería Alberti, aseguraba que ya apenas leemos cosas complicadas. Y 'La lluvia amarilla' sí pertenece, tal vez, a ese tiempo antiguo en el que nos deteníamos ante textos que eran pura poesía y no por ello nos espantábamos. Yo releía sus páginas y ahora sí, sentía en mi propia mirada los ojos de Andrés que veía como las gotas, que eran las hojas del otoño, caían sobre su pueblo herido de muerte. Desde mi valle, primo hermano del origen leonés de Llamazares, veo también ahora, cada inicio de año, cómo las cigüeñas vienen a posarse sobre las mismas ruinas en las que dejaron sus nidos y siento que esas casas ahora son suyas, aunque un golpe de nieve, un peso fatal, pueda terminar también con su sustento.
Quedarán entonces los árboles, igual que en Anielle, el pueblo de Andrés, que resistirán incluso cuando ya no quede nadie, ni siquiera él. Es la España olvidada la que empezaba a retratarse en ese texto, una España que podría, sin embargo, ser hoy un lugar de reinvención en un nuevo escenario. Ya no es 1988 pero 'La lluvia amarilla' sigue siendo un libro sublime sobre un tema eterno: la soledad humana.
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