MANO DE PÁGINA
Millares, Cristino, Barcelona
Se cumplen cien años del nacimiento del creador de las arpilleras, en cuya proyección internacional fue determinante Joan Miró

El pintor Manolo Millares, fotografiado en la década de los años 60. / Eduardo Westerdhal
El 17 de febrero se cumplen cien años del nacimiento del pintor Manolo Millares (Las Palmas, 1926 – Madrid, 1972), desaparecido a sus 46, a causa de un tumor cerebral, y, hace apenas un mes, el 16 de enero, falleció -a los 94- su paisano y colega Cristino de Vera (Tenerife, 1931 – Madrid, 2026), como si el destino hubiese querido cruzar la efeméride de dos de los artistas españoles más importantes del siglo XX, vinculados, desde su procedencia insular, por el tema de la muerte. Solo que De Vera dibujaba en vertical, desde una aceptación espiritual, metafísica y mística, procedente de Buda y Zurbarán, mientras que Millares pintaba desde el desgarro, con un silencio sobrecogedor, procedente de 'El grito' de Munch y del Goya de 'Los fusilamientos'…, hilvanando al hombre de la camisa blanca con la venda de las momias guanches.
“La finalidad del arte es aprender a morir”, manifestaba el pintor de Tenerife, quien, convencido de que “el infinito está en nuestro interior”, buscaba, por eso, que la luz surgiera del propio cuadro. En realidad, pintaba esperanzado, en la juntura exacta entre la vida y la muerte, con cuadros sin ego alguno, y donde lo hierático no quita lo cálido y amable. Para el pintor de Las Palmas, en cambio, a más luz y a más blancor, más muerte, que le es, en sí misma, un homicidio.
Con ese mismo tono divergente, ambos son autores de ensayos y dietarios. En 'Memoria de una excavación urbana', Millares se revuelve contra la zarpa de “la aguardadora” y “dominadora muerte”, y sitúa su obra en la órbita de “una radiante herida de salud”. Cuarenta mil años atrás le merecen ahí la misma distancia que la noche anterior, y (“arqueólogo de la civilización del desperdicio’, según el crítico José-Augusto França) hace de su arpillera la mortaja de todos lo holocaustos. “Toda lucubración intelectual basada en lo inamovible deviene sombra sobre luz, drama sobre juego, muerte sobre vida”, advertirá también. “Mis cuadros están cada vez más rotos, pero no se trata de preocupaciones estéticas espaciales, sino de vacíos psíquicos que me embargan”, reconoce.
'Además de compartir su procedencia isleña y su fijación mortuoria, ambos artistas residieron la mayor parte de su vida en Madrid. Pero un aspecto menos divulgado es su conexión con el ambiente artístico de la Barcelona del tardofranquismo, más cosmopolita que el madrileño, según han reconocido. Aunque más episódica la relación en el caso de Cristino Vera, en sus apuntes de 'La palabra en el lienzo' habla del antes y después que le supuso su visita al Museo de Arte Románico de Barcelona. “Fui a ver la obra de Gaudí, y de un modo fortuito, me vi en aquel recinto sobrio y misterioso: su espíritu místico, fuerte y directo me conmovió”, dice, dando cuenta de que solo a partir de entonces se atrevió a plasmar ciertas figuraciones religiosas.
En el caso del cofundador del grupo El Paso, la relación con Barcelona fue más continuada y determinante. Aunque ausente, ahí celebra su primera exposición individual fuera de las Islas, en 1951. En seguida traba amistad con Ángel Ferrant y mantiene tempranas afinidades con componentes del grupo Dau al Set, sobre todo Antoni Tàpies, Modest Cuixart y Juan Eduardo Cirlot. Pero, tras renunciar bruscamente a su inicial admiración por Salvador Dalí, Millares sintió una firme predilección por Joan Miró. Como ha señalado su viuda, la poeta Elvireta Escobio, “Miró era muy generoso con los jóvenes a los que adivinaba con talento. No sólo le había influido en sus 'Pictografías', sino que fue él quien le habló a Pierre Matisse de los cuadros de este pintor canario, propiciando así que le fichara para su galería de Nueva York”. Otro personaje inolvidable fue el poeta Joan Brossa, que, de una muestra colectiva de Millares, escribió: “En vuestras obras truena seco el fuego de la vida”.
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