CRÍTICA
'Las jefas', de Esther García Llovet: el encierro como descanso
La autora cierra la ‘Trilogía de los países del Este’ con esta novela construida a partir de escenas

La escritora Esther García Llovet, autora de 'Las jefas'. / EP

Villajoyosa, provincia de Alicante. Hotel Zen Gardens, con mil y pico estrellas. Allí trabaja el Primo –que también es Super Mario, MacGyver o el Inspector Gadget, porque uno tiene tantos motes como amigos– en temporada baja. Al otro lado están Romana Romano y las hermanas Gran y Petit Navarro, tres mujeres que llevan seis semanas sin poner un pie fuera del complejo y que se dedican a jugar a las cartas, bañarse en la piscina y tomar cócteles. Este es, a grandes rasgos, el punto de partida de 'Las jefas', de Esther García Llovet (Málaga, 1963). La autora vuelve a una de sus señas de identidad: la renuncia a la trama tradicional. Pero aquí depura el planteamiento. No hay una historia que avance ni un conflicto que se despliegue: una fugaz relación entre el Primo y una de 'las jefas' actúa como hilo débil, casi anecdótico. La novela avanza a base de escenas, de imágenes sin jerarquía aparente.
De entrada, el lector puede sentirse desorientado en este resort de vegetación asiática, carritos de golf y espacios pensados para no salir nunca. Pero esa sensación no es un efecto colateral, sino el propio corazón del libro. 'Las jefas' se parece a esa experiencia vacacional en la que concentramos todos los ahorros en los únicos siete días que podemos permitirnos al año: instalados en una tumbona, observamos al vecino de habitación e inventamos su vida a partir de detalles mínimos –el color del bañador, la marca de la bolsa de playa, el tamaño de las gafas de sol–. La novela funciona así: como mirar por una mirilla que apenas abarca unos metros y que, además, deforma lo que vemos.
Paralelismos
El libro está poblado de ricos, de pijos con mucho dinero, de personas que se aburren sin saber qué hacer con un tiempo que les sobra. En ese sentido, el paralelismo entre el modelo vacacional que describe –recorrer cientos de kilómetros para quedarse encerrado entre los muros de un complejo– y nuestro día a día resulta evidente. Hoy podemos tenerlo todo sin salir de casa: desde una hamburguesa hasta un vestido de novia. En la novela se acumulan envoltorios y paquetes del mismo modo que en nuestras casas se amontonan las cajas de Amazon o Glovo: comprar para no mirar, llenar el espacio con cosas para evitar enfrentarse a la pregunta de qué es lo que, en realidad, no funciona.
La autora vuelve a una de sus señas de identidad: la renuncia a la trama tradicional
'Las jefas' también retrata un modelo de turismo insostenible: una suerte de torre de Babel donde nadie habla el mismo idioma y donde quienes sostienen el sistema no pueden permitirse un lugar digno donde vivir. Mientras hacen camas de dos por dos y sirven bufés rebosantes de comida, cenan en un Burger King. El contraste no se subraya; simplemente está ahí, expuesto.
En la parte final aparece la escena más larga del libro. Alcanzado este punto, más de un lector puede llegar a desear que el resto de la novela se hubiera construido así. Sin embargo, ese fragmento confirma que García Llovet no escribe de este modo por torpeza, sino por elección. Como sus espacios son no lugares –extrarradios, cámpings en temporada baja, 'resorts' donde nadie vive de verdad–, sus textos son no novelas: son poesía, son guiones de cine, son fragmentos de vidas que el lector deberá reconstruir mientras los lee. Un tipo de escritura que exige algo más que una lectura pasiva.

Las jefas
Esther García Llovet
Anagrama
160 páginas
18,90 euros
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